De unas grandes oraciones cristianas a la misteriosa tercera y final edad de la historia
Entre las innumerables oraciones que ha producido el cristianismo, hay dos invocaciones al Espíritu Santo que, por su belleza y complementariedad, merecerían figurar juntas en cualquier devocionario.
La primera se atribuye al cardenal francés Jean Verdier (1864-1940). Su primera parte pide al Espíritu Santo que ilumine nuestros pensamientos, palabras y acciones; la segunda recoge una antigua oración de santo Tomás de Aquino, que solicita inteligencia, memoria, discernimiento y elocuencia.
Por su extraordinaria belleza, merece la pena reproducirla íntegramente:
¡Oh, Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo! Inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer, para la gloria de Dios, el bien de las almas y mi propia santificación.
Espíritu Santo, dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar, gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar. Amén.
La otra oración, atribuida al cardenal belga Désiré-Joseph Mercier (1851-1926), posee un carácter diferente, más íntimo y confiado. La reproducimos en una traducción adaptada del francés:
¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro! Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame. Dime qué debo hacer y muéstrame el camino que debo seguir.
Te prometo someterme a todo lo que desees de mí y aceptar todo lo que permitas que me suceda. Hazme tan solo conocer tu voluntad. Amén.
El secreto de la santidad y de la felicidad
Mercier acompañaba esta breve oración con una recomendación que, según él, encerraba la clave para alcanzar la felicidad y la santidad, y que merece la pena conocer. Proponía dedicar diariamente cinco minutos al silencio y al recogimiento interior, cerrando los ojos a las distracciones del mundo y acallando la imaginación para entrar en el santuario de nuestra propia alma, que, por el bautismo, es templo del Espíritu Santo.
Allí, en esa intimidad, recomendaba dirigirse al Espíritu con las palabras de su oración, convencido de que quien se abandonase sinceramente a su voluntad encontraría la serenidad, incluso consuelo en medio de los sufrimientos, porque recibiría la gracia necesaria para afrontar las pruebas.
Y concluía:
«Esta sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad».
Resulta interesante la semejanza exterior de este ejercicio de recogimiento con algunas prácticas contemporáneas de meditación, como el mindfulness. Pero la tradición contemplativa cristiana es mucho más antigua y tiene una finalidad esencialmente distinta: no busca solamente la serenidad psicológica o el conocimiento de uno mismo, sino el encuentro personal con Dios.
Dos oraciones complementarias
Hay una diferencia esencial entre las dos invocaciones que acabamos de reproducir.
Verdier pide al Espíritu Santo que le enseñe a pensar, hablar y actuar; Mercier le pide que le enseñe a escuchar, aceptar y obedecer.
La primera es una oración de discernimiento y sabiduría para obrar; la segunda, de humildad y confianza para abandonarse en Dios.
Sin embargo, nos encontramos ante las dos caras de una misma espiritualidad: discernir la voluntad divina y tener el valor de cumplirla.
No son, naturalmente, las únicas invocaciones memorables. La Iglesia conserva desde hace siglos el Veni Creator Spiritus, tradicionalmente atribuido a Rabano Mauro, que comienza implorando la visita del Espíritu creador, y el bellísimo Veni Sancte Spiritus, secuencia de Pentecostés que lo invoca como padre de los pobres, luz de los corazones y dulce huésped del alma.
Por su extensión, reproducimos ambas oraciones completas al final de este artículo, junto con la breve invocación tradicional que comienza «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles».
Pero hay algo que merece una reflexión más profunda: ¿por qué parece que, precisamente en nuestra época, estamos redescubriendo al Espíritu Santo?
El gran desconocido de la Trinidad
Durante siglos, la piedad popular cristiana se concentró especialmente en Dios Padre, en Jesucristo, en la Virgen María y en los santos. El Espíritu Santo, sin dejar jamás de ser adorado por la Iglesia, permanecía acaso más presente en la liturgia y en los tratados teológicos que en las devociones personales de muchos fieles.
Era, por así decirlo, el gran desconocido de la Trinidad.
Un profesor amigo, con bastante sentido del humor, me decía que Dios Padre había tenido el protagonismo durante la Antigüedad; Dios Hijo, durante los tres años de su vida pública; y el Espíritu Santo llevaba casi dos mil años trabajando incansablemente desde Pentecostés…
La ocurrencia, teológicamente no muy precisa, encierra sin embargo una intuición interesante.
Algo comenzó a cambiar de manera particularmente visible en la época contemporánea. Ya León XIII, en su encíclica Divinum illud munus, de 1897, reclamaba una mayor devoción al Espíritu Santo. El Concilio Vaticano II subrayó la importancia de sus dones y carismas, y la Renovación Carismática Católica, surgida en 1967, extendió por numerosos países nuevas formas de oración, alabanza y experiencia espiritual.
Algunas de estas prácticas recuperaban manifestaciones que encontramos descritas en los Hechos de los Apóstoles, mientras que otras recibieron, tal vez, una influencia directa de los movimientos pentecostales protestantes, particularmente en sus comienzos estadounidenses.
El papa Francisco llegaría a reconocer en aquella renovación una «corriente de gracia» para toda la Iglesia.
¿Se trata solamente de una transformación de las sensibilidades religiosas? ¿O podríamos estar asistiendo a algo de mayor trascendencia?
Las tres edades de la historia
En el siglo XII, un singular abad calabrés, Joaquín de Fiore (hacia 1135-1202), elaboró una interpretación de la historia que ejercería una influencia extraordinaria sobre el pensamiento religioso occidental aunque hoy ya no es muy conocida.
Según su visión, la humanidad atravesaría tres grandes edades, correspondientes a las tres personas de la Santísima Trinidad.
La primera, la Edad del Padre, correspondería fundamentalmente al Antiguo Testamento, al predominio de la Ley, la obediencia y la autoridad divina.
La segunda, la Edad del Hijo, comenzaría con Cristo y estaría caracterizada por el Evangelio, la fe y la organización visible de la Iglesia.
La tercera, la Edad del Espíritu Santo, constituiría la culminación espiritual de la historia: un tiempo de mayor libertad interior, amor, fraternidad y conocimiento de Dios, en el que la ley dejaría de sentirse principalmente como una imposición exterior para convertirse en una realidad viva en los corazones.
No se trataría de tres períodos enteramente separados, sino de etapas parcialmente superpuestas en las que se manifestaría con especial intensidad la acción de cada persona divina.
Joaquín creyó que esa tercera edad debía comenzar hacia 1260, aunque no fijó con la misma precisión su duración. Sus expectativas cronológicas no se cumplieron y la doctrina de las tres edades nunca fue asumida por la Iglesia. Algunas de sus tesis teológicas, así como posteriores interpretaciones radicales del joaquinismo, fueron expresamente condenadas.1
El cristianismo sostiene, además, que el Espíritu Santo actúa desde Pentecostés y que ninguna nueva edad histórica puede sustituir o superar la revelación definitiva de Jesucristo.
Pero, descartadas sus pretensiones cronológicas y sus desviaciones doctrinales, permanece una intuición fascinante: ¿podría la historia de la humanidad avanzar hacia una manifestación cada vez más profunda de la acción del Espíritu?
Esta pregunta adquiere un interés singular en nuestros días.
Vivimos una época de prodigiosos avances científicos y tecnológicos, de inteligencias artificiales capaces de imitar el razonamiento humano y de instrumentos que ponen en nuestras manos un poder inimaginable para nuestros antepasados.
Y, sin embargo, no parece que hayamos progresado en sabiduría moral al mismo ritmo que en conocimientos científicos. Sabemos hacer cada vez más cosas, pero quizá sabemos cada vez menos cuáles deberíamos hacer y para qué.
Precisamente aquí cobran actualidad las oraciones de Verdier y Mercier. La primera nos recuerda que la inteligencia necesita discernimiento y dirección; la segunda, que la voluntad necesita humildad.
¿De qué serviría alcanzar un poder casi ilimitado sobre la materia si perdiéramos la capacidad de distinguir el bien del mal?
El Espíritu Santo y la Virgen María
Y en esta perspectiva aparece también la Virgen María.
Una antigua tradición espiritual, recogida por san Francisco de Asís y recordada por diversos pontífices, la llama Esposa del Espíritu Santo. No se trata, naturalmente, de un matrimonio en sentido humano, sino de una expresión mística que alude a su relación singular con el Espíritu en la Encarnación.
María aparece en los dos grandes momentos iniciales de esta historia espiritual: en la Anunciación, cuando el Espíritu Santo desciende sobre ella para hacer posible la Encarnación, y en Pentecostés, cuando acompaña a los apóstoles que esperan su venida.
No es difícil comprender por qué algunos autores de espiritualidad mariana han relacionado su presencia con los últimos tiempos.
La relación entre María y el Espíritu Santo encierra, en cualquier caso, una extraordinaria profundidad espiritual.
Si el Espíritu Santo es quien santifica, María representa de manera eminente la criatura que se deja transformar por Él.
Su respuesta al ángel, «Hágase en mí según tu palabra», es probablemente la expresión más perfecta de aquella entrega que Mercier solicita en su oración.
¿Significa todo esto que estamos entrando en una nueva edad del Espíritu Santo y de María, acaso la última de la historia como sostienen algunos conocidos divulgadores católicos contemporáneos?
No lo sabemos.
Sería temerario convertir las intuiciones místicas en calendarios proféticos. Tampoco podemos confundir el verdadero despertar espiritual con cualquier entusiasmo religioso, fenómeno extraordinario o pretendida revelación. El discernimiento continúa siendo indispensable.
Pero quizá la pregunta más importante no sea cuándo comenzará esa última edad, sino qué clase de humanidad seríamos capaces de construir si nos dejáramos realmente transformar por el Espíritu Santo.
Una humanidad en la que la inteligencia estuviera al servicio de la verdad, el poder al servicio de la justicia, la libertad unida a la responsabilidad y el amor dejara de ser una hermosa palabra para convertirse en el principio de nuestra convivencia.
Tal vez ahí resida el significado más profundo de esta renovada invocación al Espíritu Santo en nuestros tiempos: no esperar necesariamente señales espectaculares en el cielo, sino reconocer que la transformación decisiva del mundo ha de comenzar en el interior del hombre.
Porque, después de dos mil años de cristianismo, quizá el gran acontecimiento que aguardamos no sea que el Espíritu Santo comience por fin a hablar, sino que nosotros aprendamos, por fin, a escucharlo.
Nota histórica
1 El escritor y pensador religioso ruso Dmitri Merezhkovski (1865-1941), influido por Joaquín de Fiore, elaboró la teoría de un «Tercer Testamento», correspondiente a una futura edad del Espíritu Santo. En su peculiar interpretación de la Trinidad concibió a la tercera persona como Madre-Espíritu, asociando su dimensión femenina y maternal con la figura de la Virgen María. Llegó así a proponer una Trinidad de Padre, Madre-Espíritu, Hijo, aunque María representaría simbólicamente esa maternidad divina y no sería literalmente idéntica al Espíritu Santo.
Anexo. Las grandes invocaciones litúrgicas al Espíritu Santo
Se reproducen a continuación las dos composiciones litúrgicas completas en versión castellana, con traducción de sentido a partir de los originales latinos.
I. VENI CREATOR SPIRITUS
Ven, Espíritu Creador. Himno del siglo IX, tradicionalmente atribuido a Rabano Mauro.
Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles;
llena con tu gracia celestial
los corazones que tú creaste.
Tú, a quien llamamos Paráclito,
don del Dios altísimo,
fuente viva, fuego y amor,
unción espiritual.
Tú derramas los siete dones;
eres el dedo de la diestra del Padre,
su promesa cumplida,
quien da palabras a nuestros labios.
Enciende una luz en nuestros sentidos,
infunde el amor en nuestros corazones
y fortalece con tu virtud constante
la fragilidad de nuestro cuerpo.
Aleja lejos al enemigo
y concédenos pronto tu paz;
que, bajo tu dirección,
evitemos todo mal.
Haz que por ti conozcamos al Padre
y conozcamos también al Hijo;
y que creamos siempre en ti,
Espíritu de ambos.
Gloria al Padre
y al Hijo resucitado
y al Espíritu Consolador,
por todos los siglos.
Amén.
II. VENI SANCTE SPIRITUS
Ven, Espíritu Santo. Secuencia de Pentecostés, tradicionalmente atribuida a Esteban Langton (siglos XII-XIII).
Ven, Espíritu Santo,
envía desde el cielo
un rayo de tu luz.
Ven, Padre de los pobres,
ven, dispensador de dones,
ven, luz de los corazones.
Consolador excelente,
dulce huésped del alma,
dulce refrigerio.
En el esfuerzo, descanso;
en el calor, alivio;
en el llanto, consuelo.
¡Oh luz bienaventurada!,
llena lo más íntimo
del corazón de tus fieles.
Sin tu presencia divina
nada hay de bueno en el hombre,
nada permanece sin daño.
Lava cuanto está manchado,
riega cuanto está reseco,
sana cuanto está herido.
Doblega lo que es rígido,
da calor a lo que está frío,
encamina al extraviado.
Concede a tus fieles,
que confían en ti,
tus siete sagrados dones.
Premia la virtud,
concede la salvación
y la alegría sin fin.
Amén.
III. INVOCACIÓN BREVE AL ESPÍRITU SANTO
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía, Señor, tu Espíritu
y todo será creado.
Y renovarás la faz de la tierra.








