Mucho se habla sobre los jóvenes que están graduados con un título universitario de tercer nivel, en algunos casos inclusive una maestría y no consiguen trabajo.
Esto, por supuesto, se da a toda edad. Acabo de conversar con un viejo colega que me dice que a sus 54 años tampoco consigue un trabajo fijo hace muchos años. Pero la tendencia es pensar que las empresas prefieren profesionales jóvenes a los que además les exigen una educación de cuarto nivel para siquiera considerar sus hojas de vida. Las estadísticas, empero, reflejan que 80% de los jóvenes con título profesional no consigue un trabajo fijo mientras que 2 de cada 5 jóvenes no trabaja ni estudia (es “nini”).
Hay mucho que se puede decir al respecto, por supuesto que el mercado laboral se contrae cuando la economía está estancada y no hay inversión privada que genere empleo ni obra pública que mueva el mercado de bienes y servicios. La realidad es que una economía pequeña, de menos de veinte millones de habitantes siempre enfrentará desafíos en la escala. Es muy difícil para cualquier industria florecer cuando el mercado local es pequeño y el consumo es limitado. Esto se agrava en una sociedad que ha decidido envejecer, primero, y reducir su población en el mediano y largo plazo. Con una tasa de natalidad de 1.8 hijos por mujer adulta en edad fértil la población ecuatoriana está condenada a la reducción y con ello se achica el consumo, la inversión y la economía en general.
Sin embargo, hay acciones que las familias también pueden adoptar para contrarrestar este problema estructural. Además de fomentar el matrimonio y las familias grandes, también es necesario adaptar nuestra mentalidad sobre la crianza de nuestros hijos, de tal manera que los preparemos para el nuevo mundo. Las realidades que enfrentan hoy son muy distintas de las que nosotros tuvimos que encarar cuando tuvimos su edad. Y en nuestro afán por proveerles de una mejor vida que la que nosotros tuvimos, terminamos perjudicándolos porque no les damos ni las herramientas ni las oportunidades para que se paren sobre sus propios pies.
El excolega con el que conversaba me contaba cómo su hijo de 22 años estudia en la universidad y que su plan es seguir apoyándolo financieramente, inclusive hasta la maestría. Por supuesto, como es común en nuestras sociedades latinoamericanas, los hijos solteros siguen viviendo con nosotros hasta que se casan, si es que lo hacen. Y eso está bien en la mayoría de los casos. La pregunta es, ¿por qué nos cuesta tanto dejarlos levantar vuelo, abrirse camino y eventualmente estrellarse, para que de los fracasos y las derrotas puedan aprender lecciones importantes? Decimos buscar un mejor futuro para ellos, y aunque eso parece reducirse solamente a lo material, la realidad del mercado es que eso no siempre es factible. La aspiración es conseguir un trabajo de oficina con aire acondicionado mientras que se descartan los oficios manuales.
Técnicos en electricidad, soldadura o mecánica industrial, carpintería, plomería, electrónica o refrigeración son muy necesarios en varias industrias locales y oficios altamente apetecidos en mercados extranjeros. No obstante, no es la primera opción de la mayoría de las familias y ciertamente, no hay políticas públicas desde el Estado que promuevan estos oficios manuales. Todos los años faltan cupos en las universidades estatales para carreras tradicionales que, lamentablemente, no tienen la demanda suficiente para colocar a esos jóvenes cuando se gradúen. Vale cuestionarse si sigue siendo legítimo financiar carreras universitarias gratuitas para todos los jóvenes que las requieran. El ejemplo de países desarrollados es que no todos los jóvenes acceden a educación superior, por el simple hecho de que no todos tienen los méritos académicos ni el mercado necesita tantos profesionales. En Estados Unidos, la deuda total por créditos estudiantiles sobrepasa 1.6 trillones de dólares, mientras que la mitad de los graduados, después de 10 años, tiene un empleo que no requiere de título universitario.
Hace poco, un joven que recientemente se graduó de una universidad en el extranjero me contaba entusiasmado que al fin tenía ya un trabajo a tiempo completo. Durante sus años de estudio había tenido empleos a medio tiempo, usualmente en ventas en local, mientras balanceaba sus horas de estudio y clases. Ahora consiguió un trabajo en una multinacional muy reconocida y pensé que sería en las oficinas administrativas donde habría encontrado un puesto vinculado a su carrera. Pero no, resulta que sigue en ventas en un local, sólo que, a tiempo completo. Y aunque muchos luchan por una plaza laboral, él no pudo dejar de quejarse del hecho de que tiene que trabajar 8 horas. En sus cuentas le suma además las 2 de transporte de ida y vuelta desde su casa y la hora del almuerzo. Esto suman 11 horas que -en sus palabras- “pierde” por no poder hacer otras cosas que quiere. Esta es la juventud de hoy.
Obtienen un título de pregrado y a veces de posgrado, no necesariamente porque esto se enmarca en un plan a 15 o 20 años, donde visualizan una carrera profesional que requiere de esa formación universitaria. No. Simplemente cumplen con la norma social de estudiar una carrera. Es un paso más en la cronología de sus vidas. Siempre he aconsejado a los jóvenes que buscan orientación a no apresurarse a cursar una maestría inmediatamente después de graduarse de la universidad. Esto es un despropósito. Para elegir y aprovechar adecuadamente una maestría son necesarios al menos 3 o 5 años de experiencia laboral, que me permitan conocer la industria, comprender lo que me gusta y lo que no, en qué soy bueno y en qué no, pero, sobre todo, los nichos desatendidos, donde hace falta una especialidad.
Los estudios muestran que las generaciones Y y Z (millennials y centennials) no solamente tienen una alta rotación de empleos (usualmente se cambian de empresa después de 5 años) sino que también hay una rotación de profesiones. A diferencia de la generación X y los Baby Boomers, ellos no buscan hacer carrera por 20 años en una misma industria y peor en una misma empresa. Después de un tiempo, sus intereses cambian y también su actividad profesional o económica. Esto sustenta todavía más la necesidad de replantearnos los estudios universitarios de nuestros hijos y ayudarlos a decidir si una carrera de 4 o 5 años es el mejor curso de acción, dada las nuevas dinámicas y actitudes frente a la vida. También, repensar nuestra propia actitud frente a estos adultos jóvenes que siguen viviendo parcial o totalmente a nuestra costa, sin la necesidad inminente de valerse por sí mismos.









