El papel insustituible de la persona

No sé nada de futbol y siempre he estado a favor del uso incremental de la tecnología, pero en este último Mundial me quede con la impresión de que estamos removiendo del deporte mucho del elemento humano. En cámara lenta, a 30 cuadros por segundo en resolución 8K, todo perece una falta. Sin la asistencia del VAR tantos los jugadores como el árbitro tendrían que confiar en su limitación física intrínseca para juzgar en tiempo real si una jugada fue penalty o cómo disfrazarla / hacerla pasar por sancionable. Sin los sensores de inercia en los balones y las cámaras semiautomatizadas, seguiríamos dependiendo de los jueces de línea para definir un fuera de lugar o adjudicar el gol.

Esta percepción me llevó a estar atento a situaciones similares. La sospechosa más obvia es la IA. Y no ha defraudado: como profesor universitario he presenciado cómo los estudiantes recurren a sus laptops y tablets inmediatamente de darles una consigna en clase y, al revisar sus ensayos, me encuentro con un lenguaje y coherencia estructural que no escucho en el salón cuando hablan, pero que mágicamente aparece en sus escritos. No falta el que no revisa las expresiones traducidas literalmente y que no tienen sentido alguno en español o los que copian y pegan toda la conversación que tuvieron con la IA, incluyendo los pedidos de corrección o las animadas felicitaciones que reciben de su asistente virtual por tener ideas tan fantásticas.

En el plano profesional he visto, de primera mano, cómo empresarios tratan de suplir las deficiencias cognitivas y de habilidades de su personal de perfil inferior “poniendo orden” en algunos procesos, con la ilusión de que la IA haga lo que a los cerebros humanos no se les ha ocurrido o no tienen la disciplina y el entrenamiento para hacerlo. Como me decía un consultor de ERP en Brasil hace 25 años, lo que no estás haciendo en papel y lápiz, el sistema no lo va a hacer por ti.   Tenemos la falsa idea de que la tecnología puede sustituir nuestras carencias (por eso proliferan las amigas virtuales), pero la realidad demuestra que eso no sucede ni en lo personal, académico ni laboral.

En su encíclica Magnifica Humanidad, el Papa León XIV habla del “papel insustituible de la persona” (MH §152) y me pregunto si las corporaciones que dependen de clientes humanos son conscientes de la paradoja que crean al desplazar precisamente la esencia humana de sus soluciones. Hace unos años trabajaba para una multinacional de tecnología que, entre otras, ofrecía equipos de imágenes para diagnóstico y en sus predicciones veían un mundo donde un algoritmo podía detectar e identificar una anomalía con mayor rapidez y exactitud que un médico con varias décadas de experiencia, pues la máquina no solamente tendría como referencia cientos de miles o millones de casos para comparar, sino que además los acotaría según sexo, raza, edad y otras variables relevantes para este paciente. Un doctor jamás podría competir con ello. Pero si les quitamos la oportunidad de diagnosticar, ¿cómo esperamos que desarrollen nuevos tratamientos y eleven la medicina a otro nivel? Y ¿Quién tomará la mano del paciente al darle la noticia y explicarle las alternativas?

Todos los días leo comentarios de postulantes a vacantes de empleo, que son descartados por un sistema preconfigurado que busca palabras especificas en la hoja de vida y que, al no encontrarlas, “decide” que no eres adecuado para la posición, sin la cognición que un ser humano agrega al proceso de filtrado, tanto en la lectura de tu currículo como en la entrevista donde se evidencian experiencias o capacitaciones que pueden ser más relevantes para la contratación.  No todo proceso que se pueda automatizar debería automatizarse. El gran dilema ético que el hombre ha enfrentado en toda su historia ha sido ¿debo hacer algo simplemente porque puedo? 

De nuevo, no estoy contra la tecnología. Tempranamente adopté varios Echo Dots en mi casa, de manera que le puedo pedir a Alexa que encienda o apague tal luz o acondicionador de aire o que ponga cierta película en determinada plataforma del TV o que verifique si la puerta principal está con seguro o que reproduzca alguna playlist en especial en toda la casa. Salvado el detalle de que Amazon me está escuchando (y grabando) todo el tiempo, hay una conveniencia práctica más allá de vencer la pereza de caminar 2 metros: puedo controlar todos esos dispositivos remotamente, sin estar en casa. Pero el sistema no piensa por mí.   

Crecí en la era de la TV, cuando nuestros adultos se angustiaban por la influencia que esa caja mágica tendría sobre nosotros y si nos estábamos volviendo brutos de tanto mirarla. Al final no resultamos una generación de zombies, quizás fuimos la última en salvarse.  Como muchos desafíos del mundo, la tecnología hoy requiere madurez y entereza para aprender a dominarla sin dejarnos dominar. No es fácil, la IA generativa es omnipresente en todas las apps del teléfono y del computador; aunque no pretendas usarla al buscar algo, ella igual te responde primero y te invita a usarla casi sin darte cuenta.

Resistirte a usarla siempre, sobre todo para las tareas sencillas, es el primer paso para liberarte de una nueva forma de esclavitud, que niega tu creatividad y capacidad de razonamiento, que limita tu potencial y te malacostumbra a ser hiper dependiente de un agente inhumano. Como con muchos vicios, lo cómodo es ir con la corriente y justificarte. El crecimiento y la superación son frutos del auto dominio.

Pablo Moysam D.
Foto www.magnific.com