Durante años, la psicología ha enfocado gran parte de su atención en aquello que sucede tras el nacimiento: los primeros vínculos, el apego, las experiencias de la infancia y la manera en que estas van configurando nuestra arquitectura emocional. Sin embargo, la ciencia nos revela cada vez con mayor claridad un fenómeno fascinante: la relación entre una madre y su hijo comienza mucho antes del primer llanto.
Tuve el enorme privilegio de recibir clases personalmente de la Dra. Natalia López-Moratalla, investigadora y catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra. Guardo una profunda gratitud por su generosidad al compartir décadas de investigación y, de manera especial, por su don para traducir conocimientos científicos complejos a un lenguaje que, desde la psicología clínica, podemos comprender y aplicar para sanar y acompañar.
Uno de los pilares que más marcó mi formación fue descubrir la asombrosa profundidad de la comunicación materno-filial durante la gestación.
La relación entre madre e hijo no inicia en el quirófano ni en la sala de parto. Tampoco emerge de repente cuando el bebé ya puede escuchar la voz materna o responder a estímulos externos. Desde etapas muy tempranas, existe un auténtico e incesante intercambio biológico entre ambos.
La Dra. López-Moratalla describe este fenómeno como un verdadero “diálogo molecular” entre el embrión y el organismo materno. Desde los primeros días de gestación se despliega una red de señales moleculares, hormonales e inmunológicas indispensables para que la vida abra paso y se desarrolle. Con el avance del embarazo, este intercambio alcanza un nivel celular asombroso a través del microquimerismo fetal: células del hijo atraviesan la placenta, se integran en el cuerpo de la madre y permanecen en sus tejidos incluso durante décadas. De igual forma, existe un tráfico celular en sentido inverso, de la madre hacia el hijo.
Como psicóloga, esta realidad científica guarda un significado profundamente conmovedor: antes de que existan las palabras, ya existe la comunicación.
Cuando un recién nacido llora, la madre aprende intuitivamente a interpretar si necesita alimento, calor, consuelo o presencia. Ese llanto es un lenguaje primario. Sin embargo, la conversación no empezó ese día. Durante nueve meses existió un lenguaje previo: silencioso, biológico, celular y extraordinariamente complejo.
Esta certeza científica nos exige girar la mirada hacia la salud emocional de la mujer embarazada.
La gestación jamás debe entenderse únicamente como una transformación física. Es una vivencia donde convergen reajustes hormonales, emocionales y psíquicos de gran calado. Con frecuencia, el entorno simplifica esta vulnerabilidad con un ligero: “está sensible porque está embarazada”. No obstante, al tratarse de una etapa de metamorfosis tan profunda, el acompañamiento psicológico perinatal no debería ser un lujo, sino un eje fundamental dentro del cuidado integral de la maternidad.
No todas las mujeres transitan la gestación desde el mismo lugar. Algunas cuentan con una pareja amorosa, estabilidad emocional y una red familiar protectora. Otras reciben la noticia en medio del miedo, el abandono, la fragilidad económica, el conflicto o el rechazo de quien debió acompañarlas.
Por eso, la psicología y la sociedad no pueden juzgar ni generalizar.
Es cierto que la investigación contemporánea ha encontrado correlaciones entre el estrés crónico o severo durante el embarazo y determinados aspectos del desarrollo neuroconductual del niño. Sin embargo, estos hallazgos jamás deben interpretarse desde un determinismo rígido: la plasticidad biológica, la red social y las experiencias posteriores al parto juegan un rol determinante.
Resalto esto porque el conocimiento científico no debe convertirse en una carga de culpa para la madre. Una mujer embarazada tiene derecho a sentir miedo, a llorar, a atravesar duelos e incertidumbres. No necesita transitar nueve meses en un estado de felicidad idealizada; lo que realmente necesita es no sentirse sola frente al sufrimiento.
Ahí radica la misión trascendental del padre. Un esposo afectivo, presente y comprensivo, que abraza el misterio de la vida que su mujer gesta en su interior, transforma la atmósfera del hogar. Cuando sostiene, protege y respeta a la madre, no solo la está amando a ella: está edificando el nicho emocional en el que se moldea el alma de su hijo. Así se funda una familia.
Pero cuando el padre no está, cuando hay rechazo o cuando la mujer enfrenta un embarazo inesperado en soledad, nuestra respuesta como sociedad —y de manera muy especial como comunidad cristiana— jamás puede ser el señalamiento ni la condena.
Nuestra respuesta debe ser la acogida.
Una mujer vulnerada por el miedo necesita encontrar un refugio donde sentirse a salvo: una hermana, un amigo, sus padres o cualquier ser humano capaz de ofrecerle un afecto seguro. Encuentra también un sostén invaluable en la psicoterapia y, desde la fe, en la guía de un sacerdote o acompañante espiritual que camine a su lado sin juzgar.
Como católica y como psicóloga clínica, estoy convencida de que defender la vida exige defender, cuidar y dignificar a la mujer que la lleva en su vientre.
Desde la concepción se inicia una vida humana única e irrepetible. Será pequeña y frágil en sus inicios, pero ya transita su propia historia. La biología nos permite admirar la majestuosidad de este vínculo; la psicología nos recuerda la importancia vital del entorno emocional; y la fe nos llama a transformar la verdad en amor concreto.
Quizás por eso las palabras de Jesús cobran aquí un eco tan profundo y conmovedor:
“Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”
— Mateo 25, 40
Acoger al más pequeño implica, por necesidad de amor, acoger a su madre. Una comunidad que protege a ambos desde el origen no solo cuida vidas; está edificando familias verdaderas y sociedades profundamente más humanas.








