Es hora de dejar el potencial

Compartir:

Vivimos muchas veces con la mente instalada en una vida futura: la que «debería» llegar, la que imaginamos más plena, más acompañada, más alineada con nuestros deseos.

Y sin darnos cuenta, ese anhelo se vuelve una forma sofisticada de ausencia. Porque mientras pensamos la vida que nos gustaría tener, dejamos de habitar la única vida que está ocurriendo ahora mismo. No por falta de gratitud, sino por una expectativa constante que nos mantiene en suspenso, como si lo verdadero empezara más adelante.

El problema no es desear. Desear es humano y necesario. El problema aparece cuando el deseo se transforma en un refugio mental que nos aleja del presente. Cuando la vida actual se vuelve un «mientras tanto» incómodo, algo que hay que atravesar hasta que llegue lo que sí valga la pena. Allí empezamos a vivir en borrador: postergamos el disfrute, la entrega, el compromiso emocional, esperando una versión mejorada de nosotros mismos o de nuestras circunstancias.

Esta forma de vivir también impacta profundamente en cómo nos vinculamos. Si yo no estoy del todo presente en mi propia vida, tampoco puedo estarlo en los vínculos reales. Entonces aparecen conexiones livianas, fragmentadas, muchas veces mediadas por pantallas, donde puedo mostrar solo lo que quiero, editarme, desaparecer sin consecuencias. Lo virtual se vuelve atractivo porque no exige el riesgo que sí implica el encuentro real: ser visto, escuchar, tolerar diferencias, sostener silencios.

La fantasía de la vida ideal y la hiperconexión virtual suelen ir de la mano. Ambas prometen algo sin incomodarnos demasiado. En la pantalla puedo sentirme acompañado sin exponerme del todo; en la fantasía puedo sentir esperanza sin tener que actuar. Pero el costo es alto: perdemos densidad emocional, profundidad vincular y la sensación de pertenencia genuina que solo se construye en la experiencia compartida, imperfecta y real.

Conectar de verdad con los pares implica aceptar que la vida no ocurre en condiciones ideales. Ocurre así como es: con tiempos desparejos, con personas que no siempre encajan con nuestra imagen soñada, con momentos de vacío y de torpeza. Y sin embargo, es ahí donde se teje lo humano. Cuando dejamos de esperar la vida correcta, empezamos a participar activamente de la vida posible. Y eso requiere presencia, no proyección.

Tal vez el giro más profundo sea este: dejar de preguntarnos cuándo llegará la vida que queremos y empezar a preguntarnos cómo estamos habitando la que ya tenemos. Volver al cuerpo, a la conversación cara a cara, al vínculo sostenido en el tiempo. Menos idealización, menos simulacro. Más encuentro. Porque la vida no se vive en potencial, se vive en acto. Y siempre, inevitablemente, es ahora.

Por Diego Bernardini/ lasegundamitad.org
Foto www.freepik.es
Compartir:

arte-ipac-navidad