La equidad comienza en mí: vivir lo que promuevo

Hay una pregunta que considero indispensable antes de facilitar cualquier proceso de formación: ¿cómo vivo aquello que voy a compartir? Al participar como facilitadora del programa “Equidad y valor en el trabajo”, de LAIMED Consultores, esta pregunta adquiere un significado especial. Hablar de igualdad salarial, oportunidades y respeto me invita a mirar primero mi propia manera de actuar. Creo que la credibilidad de quienes acompañamos a otros en su aprendizaje se construye cuando nuestras palabras encuentran respaldo en nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra disposición a seguir aprendiendo.

Durante mis años de experiencia en Recursos Humanos, he tenido la oportunidad de acompañar personas y participar en decisiones que impactan sus vidas. Esa trayectoria me ha enseñado que cada proceso tiene una dimensión humana. Detrás de una contratación hay expectativas; detrás de una remuneración, necesidades y proyectos; detrás de una oportunidad de desarrollo, alguien que espera demostrar su capacidad.

Por eso, la equidad representa para mí una responsabilidad cotidiana que debe reflejarse en cómo escuchamos, evaluamos, reconocemos y tratamos a quienes forman parte de una organización.

Desde mi formación como psicóloga y coach ontológico, entiendo que nuestra manera de observar influye en nuestra manera de actuar. Todos hemos construido creencias sobre el trabajo, el liderazgo, las mujeres y los hombres. Algunas pueden limitar nuestras decisiones sin que lo advirtamos. Ser coherente con lo que promuevo implica reconocer que yo también necesito revisar mis interpretaciones. Me corresponde preguntarme si estoy valorando capacidades o respondiendo a una idea preconcebida; si escucho con apertura o si ya he elaborado una conclusión antes de conocer a la persona.

Esta reflexión cobra especial importancia en la selección de personal. Si afirmo que el talento merece oportunidades, debo procurar que los criterios de contratación se relacionen con las exigencias del cargo. También necesito revisar las preguntas que hago, las expectativas que tengo y las razones por las que descarto una candidatura. La edad, el género o las responsabilidades familiares pueden activar suposiciones que requieren ser cuestionadas. Mi compromiso consiste en promover evaluaciones fundamentadas y reconocer cuándo hace falta detenernos para mirar con mayor objetividad una decisión.

La igualdad salarial exige esa misma coherencia. Hablar de remuneración justa supone comprender qué aporta cada puesto, cuáles son sus responsabilidades y qué competencias demanda. También requiere examinar cómo se establecen las diferencias y si existen razones objetivas que las expliquen. Desde Talento Humano, considero necesario impulsar conversaciones sustentadas en información y criterios claros. Ser lo que promulgo significa estar dispuesta a revisar prácticas conocidas, plantear inquietudes con respeto y contribuir a encontrar alternativas cuando identificamos situaciones que merecen atención. La costumbre también necesita ser evaluada.

El respeto se expresa, además, en nuestro lenguaje y en la forma de relacionarnos. Una política puede declarar principios valiosos, pero las personas experimentan la cultura en las conversaciones diarias. La viven cuando plantean una preocupación, cometen un error o necesitan apoyo. Por eso, promover ambientes seguros me compromete a cuidar mis palabras, evitar comentarios que descalifiquen y tomar en serio aquello que alguien comunica. También me exige reconocer que una conducta puede afectar a otra persona, aunque quien la realiza no haya tenido esa intención.

En el liderazgo encuentro otra oportunidad para practicar esta coherencia. Si invito a escuchar, necesito escuchar incluso cuando la opinión es distinta de la mía. Si hablo de bienestar, debo considerar cómo las decisiones y las cargas de trabajo afectan a las personas. Si promuevo responsabilidad, me corresponde reconocer mis errores y corregirlos. Sé que gestionar implica atender objetivos, recursos y necesidades diversas.

Precisamente por eso, valoro un liderazgo capaz de sostener conversaciones difíciles con claridad y respeto, sin perder de vista la dignidad de nadie.

Al facilitar este programa, quiero acompañar a los participantes a relacionar los contenidos con su realidad. El marco legal, la comunicación inclusiva, la selección, la valoración de puestos, el análisis de brechas y la prevención del acoso adquieren sentido cuando orientan acciones concretas. Me interesa que podamos reconocer oportunidades de mejora y asumir compromisos posibles de cumplir. También quiero aprender de las experiencias del grupo. Mi responsabilidad como facilitadora incluye preparar el contenido, escuchar preguntas y crear condiciones para una reflexión honesta que pueda traducirse en cambios sostenidos.

Para mí, vivir lo que promuevo es un compromiso que se renueva diariamente. Incluye reconocer el valor de mi propio trabajo, seguir preparándome y aceptar que siempre habrá aspectos por mejorar. Deseo compartir este curso desde esa honestidad y desde mi convicción de que las organizaciones más humanas se construyen con decisiones conscientes. Aspiro a dejar una huella que motive a otros a revisar sus prácticas, mientras continúo revisando las mías. Porque la equidad que deseo impulsar también debe hacerse visible en mi manera de trabajar, relacionarme y liderar.

Por: Psc. Patricia Rugel – Consultor Asociado/LAIMED CONSULTORES
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