El Compromiso Social de Educar para Vivir Juntos
En un mundo convulsionado por la incertidumbre, la fragmentación, la desigualdad, la intolerancia y la violencia, el papel de la escuela se vuelve más urgente que nunca. No alcanza con transmitir conocimientos ni preparar a las nuevas generaciones para el mercado laboral: la escuela está llamada a ser una institución clave en la reconstrucción del tejido social, y para ello, debe asumir con claridad y decisión su responsabilidad y compromiso social.
Este compromiso no es un añadido a su misión, sino el corazón mismo de su existencia. Educar es, en última instancia, un acto profundamente político, ético y humano: implica tomar posición sobre qué tipo de sociedad queremos construir, qué ciudadanos queremos formar y el tipo de humanidad que deseamos forjar. En este sentido, la escuela no puede ser neutral. Su tarea no se limita al aula ni al currículo; se extiende al barrio, a la comunidad, al país y al mundo. Su compromiso es con la justicia, la inclusión y la convivencia.
Ya han pasado muchos años (desde 1996) en que Jacques Delors, en su célebre informe La educación encierra un tesoro, propuso cuatro pilares fundamentales para la educación del siglo XXI. Uno de ellos, quizás el más olvidado y al mismo tiempo el más urgente: “aprender a vivir juntos, aprender a vivir con los demás”. Este pilar nos invitaba a poner en el centro de la experiencia educativa el diálogo, la empatía, la solidaridad y el reconocimiento del otro como legítimo diferente, sin importar razas, color de la piel, status social, religión, ideología política, modos de ver la vida, entre otros.
Básicamente no se trata solo de evitar el conflicto, sino de construir activamente una cultura de paz y cooperación. En tiempos donde resurgen discursos de odio, exclusión y autoritarismo, enseñar a vivir juntos se convierte en un acto de resistencia y esperanza.
La escuela, entonces, debe ser un espacio donde se aprenda a convivir en la diversidad, donde el respeto y la participación democrática no sean contenidos aislados, sino prácticas cotidianas. El aula debe ser un laboratorio de ciudadanía y humanidad, donde se ensayen formas de relación basadas en la justicia, la equidad y la responsabilidad colectiva.
Pero este compromiso social exige también revisar nuestras propias prácticas como educadores y como sistema educativo. ¿Estamos promoviendo la participación real de los estudiantes en la vida escolar? ¿Estamos escuchando sus voces? ¿Estamos tendiendo puentes con las familias y las comunidades? ¿Estamos formando a nuestros docentes para que puedan ser verdaderos agentes de transformación y compromiso social?
La responsabilidad social de la escuela no puede quedar reducida a proyectos aislados o a iniciativas de buena voluntad. Debe formar parte de una política educativa integral que reconozca el potencial de la educación como bien público y derecho humano. Necesitamos una escuela presente en cada barrio, en cada comunidad, conectada con las realidades locales, capaz de construir redes de cuidado, aprendizaje y transformación.
Como tantas veces hemos aprendido en la historia de América Latina, la escuela puede ser una trinchera contra la exclusión y el olvido, un lugar donde la dignidad se enseñe con el ejemplo y la esperanza se construya con conocimiento. Porque educar para vivir juntos es, en el fondo, educar para no dejar a nadie atrás. Nadie puede ser descartado en este mundo, pues todos somos valiosos y preciosos a los ojos de Dios, nos alentaba nuestro recordado Papa Francisco.
Recordemos que el hombre al llegar a este mundo no es más que un ser humano desnudo y la más indefensa de las criaturas, sin embargo, es en el contacto con otros humanos que descubrirá que no está solo, otros le enseñarán a sobrevivir, le proveerán de un cúmulo de experiencias y conocimientos que lo elevarán y le harán capaz hasta de convertirse en el más poderoso de las especies. Pero, para ello, deberá aprender. La educación es el factor decisivo que separa al hombre de la bestia, aprovecha de su inteligencia y le descubre el mundo, la realidad y su misión vital.
Finalmente, estoy convencido de que es obligación de todos rescatar estos principios vitales que le dan sentido a la presencia de la escuela como ente formador de las nuevas generaciones. Sí, la escuela está para educar, hacer humanidad y crear tejidos de esperanza. Hoy más que nunca, es necesario reafirmar que el compromiso social de la escuela es defender la posibilidad de un futuro más justo, más humano y solidario. Y para ello, no basta con discursos, hacen falta decisiones políticas radicales, recursos sostenidos y una convicción profunda de que, como dijo el gran pedagogo Paulo Freire, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.
Por Mgs. Teodoro Cárdenas N. / Educador y Psicopedagogo
Reseña bibliográfica:
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Delors, Jacques (1996). La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. Ediciones UNESCO.
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Freire, Paulo (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
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Filmus, Daniel (2001). Educar en la sociedad del conocimiento: reflexiones y propuestas. Editorial Planeta.
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Nussbaum, Martha (2010). Sin fines de lucro: por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores.
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Tedesco, Juan Carlos (2005). Educación y justicia social en América Latina. Siglo XXI Editores.
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Bolívar, Antonio (2021). Educar para la ciudadanía global: entre la responsabilidad social y la justicia educativa. Editorial Octaedro.









