​«La gracia de Dios va más allá de los análisis estadísticos»: el mensaje de esperanza del Papa León XIV en la Francia secularizada

El Pontífice se reúne en el Instituto Católico de París con la Asamblea Sinodal Provincial, catecúmenos y neófitos para impulsar una Iglesia en «estado de iniciación»

Este sábado, 26 de septiembre de 2026, en el marco de dicha visita, el Santo Padre mantuvo un encuentro con los miembros de la Asamblea Sinodal Provincial, catecúmenos y neófitos en las instalaciones del Instituto Católico de París.

Acogido por Mons. Laurent Ulrich, Arzobispo de París, el Pontífice agradeció la entrega del Instrumentum Laboris, fruto de un proceso de escucha recíproca y sinodalidad dentro del Pueblo de Dios. Durante su intervención en esta institución académica —definida por el Papa como una encrucijada entre la ciencia y la fe—, León XIV destacó la paradójica realidad de un número creciente de adultos que buscan los sacramentos de la iniciación cristiana y regresan a los umbrales de la fe dentro de una sociedad fuertemente secularizada.

Superar el pesimismo en una sociedad secular

Refiriéndose a los testimonios presentados por Josué, Marielle y Sophie, el Santo Padre subrayó que este fenómeno contradictorio a todo análisis estadístico y actitud derrotista —lo que el Papa Francisco denominó «pesimismo estéril»— debe acogerse con responsabilidad, cercanía, compasión y ternura pastoral.

Para responder a esta dinámica, León XIV exhortó a la comunidad eclesial a imaginarse y encarnarse como una Iglesia en «estado de iniciación». Un concepto impulsado por el episcopado francés desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y reforzado en 1996 con la Carta a los católicos de Francia y el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos.

Respuestas concretas frente al «vacío postbautismal»

El Papa hizo hincapié en la necesidad de evitar lo que la propia Marielle planteó en su testimonio como el «vacío postbautismal». Para ello, planteó las siguientes pautas de actuación pastoral:

  • Integración y formación integral: Acompañar a los neófitos tras el Bautismo ofreciendo espacios familiares, sólida formación bíblica y teológica, y profundización en el actuar moral y los fundamentos de la fe.
  • La liturgia como vía de entrada: Reconocer la celebración litúrgica no como un paso posterior a la catequesis, sino como un acontecimiento clave que manifiesta el Misterio Pascual y forma parte del proceso de conversión.
  •  Preparación de formadores y padrinos: Capacitar agentes pastorales y padrinos no solo en el ámbito teológico y espiritual, sino en cualidades humanas para discernir y acompañar historias de vida complejas o marcadas por el dolor y la soledad.

Una promesa de fecundidad para la Iglesia

Recordando el ejemplo de San Agustín, introducido en la fe por San Ambrosio, el Pontífice remarcó cómo una pequeña semilla puede multiplicarse hasta dar sombra y consuelo a muchos. Finalmente, animó a los nuevos bautizados a ser misioneros en la sociedad actual, apoyándose en el ejemplo de grandes figuras locales como Santa Teresa del Niño Jesús, San Martín de Tours, Santa Genoveva y San Dionisio, bajo la protección materna de la Virgen María, Patrona principal de Francia.

Texto completo:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD A FRANCIA

Y VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS

PARA LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA (UNESCO)

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026

ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DE LA ASAMBLEA SINODAL PROVINCIAL, LOS CATECÚMENOS Y LOS NEOFÍTOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Instituto Católico de París

Sábado, 26 de septiembre de 2026

 

Excelencias,

queridos sacerdotes y personas consagradas,

queridos miembros de la Asamblea sinodal,

queridos catecúmenos y neófitos, hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme con vosotros y poder detenerme, en el contexto de este Viaje Apostólico, en el camino que estáis llevando adelante en la Asamblea Eclesial Provincial.

Agradezco a Su Excelencia Mons. Laurent Ulrich, Arzobispo de París, que ha recordado la importancia histórica y espiritual del lugar en el que nos encontramos, recordando también al Hermano Lorenzo de la Resurrección, que marcó profundamente mi camino de fe con su mística de lo cotidiano. Pero, sobre todo, expreso mi gratitud por el Instrumentum Laboris que me habéis entregado, expresión de un camino eclesial en el que ha sido involucrado el Pueblo de Dios, con un estilo de escucha recíproca y de sinodalidad.

Hoy nos acoge el Institut Catholique de Paris, una institución situada en la encrucijada entre la ciencia y la fe, que desde hace siglos contribuye a formar las mentes y los corazones al servicio del Evangelio. Saludo a los profesores, a los estudiantes, al personal de esta universidad, pero también a todos los miembros de esta Asamblea Provincial, comprometidos en reflexionar sobre las perspectivas pastorales para la acogida de los neófitos y de los catecúmenos, así como sobre la vida de la Iglesia.

Observando de cerca el trabajo que estáis llevando a cabo, pero sobre todo escuchando los testimonios de Josué, de Marielle y de Sophie, siento ante todo mucha gratitud por la imprevisible obra de Dios. Como vosotros y junto a vosotros, estoy admirado por el número de personas que vuelven a asomarse a los umbrales de la fe y por cuántos adultos piden los sacramentos de la iniciación cristiana.

Puede parecer paradójico que este fenómeno, por el cual tantas personas redescubren el Evangelio y abrazan la fe, se sitúe en el contexto de una sociedad como la francesa, marcada por una cultura fuertemente secularizada. Vuestra experiencia y vuestro testimonio, queridos catecúmenos y neófitos, son el signo tangible de la obra de la gracia de Dios, que va más allá de los análisis estadísticos y sociológicos. Este fenómeno, que contradice toda actitud derrotista y lo que el Papa Francisco llamaba «pesimismo estéril» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 84-86), debe ser acogido con espíritu de responsabilidad.

Estamos, en efecto, llamados a dirigirnos a nuestros hermanos y a nuestras hermanas, redescubriendo el estilo propio de Dios, hecho de cercanía, compasión y ternura. Con ternura pastoral y caridad fraterna, debemos reconocer, acoger y custodiar la pequeña llama que el Espíritu Santo ha encendido en la oscuridad de la noche, la pequeña semilla que aspira a crecer incluso en medio de las zarzas.

El asombro ante lo que está sucediendo a tantos hermanos y hermanas nuestros no debe cerrarnos en una dichosa ingenuidad; al contrario, debemos comprometernos, buscar, hacernos preguntas e emprender acciones pastorales concretas. Este es el Espíritu que anima vuestra Asamblea sinodal y, más en general, el camino de la Iglesia en Francia: maravillados por la obra imprevisible de Dios, ¿qué debemos hacer y hacia dónde nos impulsa el Espíritu para acompañar a los catecúmenos, a los neófitos, a los «recomenzantes»?

Ante todo, me gusta recordar una expresión usada por el Episcopado francés hace unos años, y exhortaros a imaginar e encarnar una Iglesia en «estado de iniciación», que cuida el recorrido de los catecúmenos, de los neófitos y de los recomenzantes, ofreciéndoles, a lo largo del tiempo, un acompañamiento sólido y constante. La iniciación cristiana en su conjunto ha estado, en efecto, en el centro de la solicitud de los Pastores desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Había ya entonces numerosas solicitudes y el fermento teológico y litúrgico de aquellos años contribuyó en gran medida a la renovación de los recorridos del catecumenado que se realizó durante el Concilio Vaticano II. Aunque hoy el contexto sea diferente, podéis remitiros a esta tradición pastoral bien arraigada sobre el acompañamiento de los catecúmenos. No olvidemos, además, que esta práctica ya en marcha fue revitalizada a partir de 1996, año en que vieron la luz la Carta a los católicos de Francia y, al mismo tiempo, la última edición francesa del Rito de Iniciación Cristiana de Adultos.

Queridos hermanos y hermanas, estar «en estado de iniciación» significa acoger a los nuevos buscadores de Dios descubriendo en ello una oportunidad y una misión: la oportunidad reside en el hecho de que, gracias a ellos, también la comunidad de los creyentes renueva su propio camino de fe y experimenta de un modo nuevo la alegría del Evangelio. La misión, a este respecto, consiste en cuidar de ellos y en actuar como guía, incluso después de que hayan recibido los Sacramentos. Es necesario acoger con alegría a quien se presenta, partir de su experiencia espiritual, respetar su historia y favorecer un anuncio esencial del kerygma, también a través de las fórmulas conocidas en el camino personal o de comunidad. Sin embargo, no olvidemos que en muchas de estas personas surge después la pregunta que escuchamos en el testimonio de Marielle: ¿cómo evitar el vacío postbautismal?

Es necesario, por tanto, acompañar e integrar plenamente a estas personas en nuestras comunidades y en nuestras asambleas orantes después del Bautismo, ofreciéndoles un espacio familiar y una formación lo más integral posible, capaz de abarcar los diversos aspectos de la vida cristiana y favorecer la unificación entre su fe y su vida. Los neófitos, en efecto, necesitan profundizar en los fundamentos de la fe cristiana, ser adecuadamente formados desde el punto de vista bíblico y teológico, descubrir cada vez más la riqueza de la doctrina y las diversas dimensiones del actuar moral cristiano vinculado a la profesión de fe.

Por último, pero no menos importante, también necesitan ser iniciados e introducidos en la vida litúrgica de la Iglesia. También en los testimonios hemos escuchado cómo la celebración de los ritos litúrgicos ha sido para algunos una puerta de entrada al misterio mismo de la fe. Se trata de un ámbito fundamental de la vida de la Iglesia, que requiere una atención pastoral arraigada en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. La liturgia, en efecto, no puede ser entendida como una realidad «posterior» a la catequesis, en la que aplicar lo que se ha aprendido a lo largo del camino. Al contrario, manifiesta y actualiza el Misterio de la Pascua de Cristo y, por tanto, es un acontecimiento capaz de desvelar el sentido de la Buena Noticia y la vida misma de Dios. Con sus ritmos, sus lenguajes y sus ritos, la liturgia es parte del camino mismo de conversión y de preparación a los Sacramentos.

Para llevar adelante esta misión es de fundamental importancia el papel de los formadores. Como nos enseña la antigua tradición de la Iglesia, se trata de preparar padrinos y madrinas, expresión de la comunidad, especialmente formados para iniciar a los neófitos. En el marco de esta formación, deseo recomendar un conocimiento profundo del Rito de Iniciación Cristiana de Adultos. Al mismo tiempo, es necesario que los agentes pastorales estén formados –no solo en el plano bíblico, teológico, litúrgico y de la vida espiritual, sino también desde el punto de vista de las cualidades humanas– para saber discernir y acompañar a quienes tienen recorridos de vida más complejos y menos lineales. Lo hemos escuchado hace un momento: algunos llegan con una simple sed espiritual, una búsqueda de sentido y una atracción hacia el Evangelio, mientras que otros llegan marcados por experiencias dolorosas, por situaciones de soledad y dificultades profundas. Es aquí donde el estilo de la cercanía, de la compasión y de la ternura asume todo su significado: es necesario encontrar un sabio equilibrio para acogerlos, escucharlos y, al mismo tiempo, animarlos a afrontar los exigentes desafíos de la fe. Se trata de un camino en el que es necesario respetar el ritmo del otro, avanzando con gradualidad, atención y en un acompañamiento fraterno. Se trata de asumir el estilo del «caminar juntos». En los senderos de la fe cristiana nos enriquecemos mutuamente, crecemos juntos: sacerdotes y laicos, padrinos, madrinas y catecúmenos, animadores pastorales y neófitos.

Pienso en lo que le sucedió a uno de los catecúmenos más famosos de la historia, san Agustín. Fue introducido en la fe por san Ambrosio y su fe era solo una pequeña semilla cuando fue bautizado. Pero esa semilla creció y se multiplicó, convirtiéndose en un árbol tan grande que, bajo su copa, aún hoy podemos encontrar consuelo.

Mirándoos a vosotros, queridos catecúmenos y neófitos, no veo solo el fruto del Espíritu que os ha puesto en camino, sino también una promesa de fecundidad para la Iglesia en Francia. ¡A vuestra vez, sed misioneros del Evangelio en esta sociedad!

Que los grandes testigos de esta tierra amada os sostengan en vuestro recorrido. Pienso en Santa Teresa del Niño Jesús que, con su «caminito», nos enseña cómo la confianza abre las puertas de la gracia; pienso en San Martín de Tours, figura emblemática de la compartición y de la caridad fraterna. Junto a tantos otros santos y santas procedentes de esta tierra de Francia, nos recuerdan que la misión se construye hoy, preservando ante todo la presencia del Señor en la vida cotidiana.

Acogiéndoos los unos a los otros, podáis formar todos juntos el pueblo vivo de la Iglesia en Francia, capaz de transmitir la fe. Invocando la protección materna de la Virgen María, Patrona principal de Francia, y la intercesión de Santa Genoveva y de San Dionisio, protectores de esta ciudad, os imparto de todo corazón mi bendición.

¡Gracias y buen camino!

Fuente Exaudi.org
Foto Vatican News