Diste por hecho que ibas a despertar hoy. Normalmente eso no nos lo cuestionamos.
Esta semana, un incendio en un bar de Bangkok se llevó la vida de 28 personas en cuestión de minutos. Estaban ahí, como cualquier otra noche, sin sospechar que esa sería la última.
Al mismo tiempo, el Papa León XIV pidió que este mes de julio recemos por el respeto y la protección de la vida humana en todas sus etapas.
Dos noticias que, leídas juntas, dicen algo que preferimos no escuchar: no tenemos el mañana garantizado.
Vivimos como si sí lo tuviéramos. Planeamos, posponemos, aplazamos lo importante para «después», convencidos de que habrá tiempo de sobra. Pero la vida no funciona con esa lógica. Cabe en un instante. Y descubrir esa fragilidad no está para asustarte –ya tienes suficiente miedo en el corazón–, sino para despertarte.
Piénsalo: el café de esta mañana, el tráfico que te sacó una queja, el abrazo de siempre al llegar a casa. Nada de eso lo merecías. Todo lo que hoy viviste, ordinario y repetido, es un don que no pediste y que tampoco fabricaste. Cuando reconoces la vida como regalo, dejas de exigir y empiezas a agradecer.
Por eso me encanta esta oración de los salmos:
«Enséñanos a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio» (Sal 90,12).
El salmista no pedía más días. Pedía saber contar los que tiene.
¿Te animas a intentarlo? Antes de dormir hoy, nombra en voz alta tres cosas ordinarias de este día por las que puedas dar gracias. El café, el tráfico, el abrazo –lo que sea–. Verás cómo lo pequeño se vuelve sagrado cuando dejas de darlo por hecho.
Por Padre Adolfo-Elartedevivir.org
Foto www.magnific.com








