Las mujeres de mi vida

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Mi vida ha cambiado mucho en el último año y gran parte tiene que ver con cómo me relaciono con las mujeres de mi vida. Es indiscutible que no hay nada más lindo en este mundo que la mujer y aunque combato el feminismo radical que la eleva a un pedestal a costa de reducir al hombre a su mínima y peor expresión, no es menos cierto que -aún en igualdad de dignidad- es la mujer quien le pone color a la vida con su ternura y belleza, con su capacidad multifacética y el don de la maternidad, con su misterio y complejidad.

Mi hija adolescente, siempre risueña y llena de energía, se ha vuelto más independiente y su vida social se ha multiplicado, además -por supuesto- está el enamorado que ocupa su atención. Yo he aprendido a adaptarme a que siempre tiene un plan, por lo que nuestro tiempo juntos es más ocasional, lo que también me ha dado oportunidad para otros proyectos y personas en mi vida.

Hace poco veía un video que parodiaba lo que hubiese sido equivalente a dar un celular a un joven hace 30 años: permitirle hablar por teléfono con un adulto que se hace pasar por otro adolescente, ponerle un televisor con reproductor de VHS y una cantidad ilimitada de videos de extraños haciendo payadas o darle una caja de revistas pornográficas que se supone no debe abrir. Todo eso ponemos en sus manos y esperamos que su relación con nosotros no cambie.

Cuando mis hijas eran pequeñas me inventaba decenas de juegos simples que no requerían más que mis dedos y una voz graciosa, una pizza de juguete o las sábanas en que ‘accidentalmente’ las metía a la lavadora (de mentira, ¡hacía falta mucha imaginación!). Pero hoy ya no puedo conectar con ellas de esa manera.

Con la menor me relaciono ahora viendo películas, enseñándole a manejar o compartiendo nuestra fe.  Ella me conoce como nadie y en un segundo tiene una lectura precisa de mi estado de ánimo y las motivaciones detrás de algo que digo o algo, inclusive un gesto. Ella, que los Salmos llaman “regalo del Señor”, se ha convertido en mi valiosa compañera, de cuya vida participo, pero cada vez más especto.

Luego está mi mamá que hasta recientemente ha enfrentado el paso de los años con mucha independencia, encargándose de sus cosas, saliendo a resolver los asuntos diarios y contentándose con su vida de jubilada. Ahora, un cambio drástico pero necesario ha sido pasar a vivir en un hogar para personas mayores, una práctica poco común en nuestra sociedad, pero en casos como este, esencial. A la inversa de mi hija menor, mi mamá se volvió extremadamente dependiente de mí pues, aunque cuidan de ella donde vive, de pronto recayó en mí estar pendiente de si necesita más ropa o si no encuentra el control remoto.

Dicen que la relación de un hombre con su madre dice mucho sobre ese hombre. Yo, sin duda, hay mucho que pude haber hecho mejor en estos años. Ser hijo único me dio la bendición de contar con toda su atención y dedicación hasta que emprendí mi propia vida, pero también los roces naturales de tener toda su atención y dedicación (y esperar la mía) cuando yo ya tenía mi propia vida. Y su independencia hasta esta edad resultaba en que haya poco de lo que yo tenía que encargarme.

Mi mamá me enseñó con su ejemplo el equilibro entre disciplinar y ‘tirarte al suelo a jugar’ y fue así que crie a mis hijas, o al menos lo intenté. De ella aprendí la importancia del orden en mi cuarto y mi casa, que luego se refleje en todos los aspectos de mi vida, especialmente la moral. Mi mamá es quien me inculcó la radicalidad de la verdad que he defendido toda mi vida y tratado de aplicar en otras virtudes. Proverbios, Mateo y la 1ra de Timoteo hablan de maneras prácticas de honrar a quien te dio la vida. Hoy tengo una nueva oportunidad de responder con caridad.

Finalmente, hay alguien que se ha vuelto muy importante en mi vida, que le pone emoción y misterio a mis días y, a veces, no ve lo que yo veo: una mujer fuerte, de una fortaleza que no necesita alardear porque vive su fe sin reparos, que trabaja con una ética profesional envidiable, heredada de su padre, sin poses ni necesidad de reconocimiento externo, aun cuando se trata de empresa familiar; y eso habla de una integridad profunda, de alguien que hace las cosas bien porque es lo correcto, no porque alguien la esté mirando.

Ambos somos muy independientes y, sin embargo, de diversas maneras nos hemos vuelto interdependientes, bien por cómo nos buscamos a toda hora y nos escuchamos con interés y atención cada detalle de nuestro día, bien por el tiempo que compartimos juntos disfrutando la compañía y haciendo más planes. Me queda claro que esa interdependencia nos produce paz porque, como escribió san Juan “En el amor no hay lugar para el temor”.

La vida es muy corta para no arriesgarte a adaptar tus planes a la nueva felicidad que tienes en frente. Sea aceptar que los hijos crecen y uno se alegra de verlos volar, que los padres envejecen y uno tiene la oportunidad cuidarlos para que sigan sonriendo o que Dios tiene un mejor Plan que el tuyo, uno que te da alegrías que no habías experimentado antes.

En el Día Internacional de la Mujer festejo a las mujeres de mi vida, las que veo recorrer sus propios caminos con ilusión, la que me hizo ser quien soy y la que me inspira a ser la mejor versión de mí mismo.

Por Pablo Moysam D.
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Foto www.freepik.es
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