El nuevo Papa llega por primera vez al Congreso de una gran democracia occidental, y aprovecha para hablar de defensa de la vida desde la concepción, de respeto a la dignidad de cada persona (también las migrantes) y de respeto a la legalidad internacional y a la diplomacia.
Y en un Congreso lleno de diputados pro-aborto y pro-eutanasia (han aprobado leyes sobre ello en años recientes) todos se levantaron y aplaudieron durante unos larguísimos e insólitos 7 minutos, en crescendo y con gente gritando «viva el Papa». Cuando viaje a Francia, Inglaterra o Estados Unidos, sus políticos se preguntarán cuánto debe durar su ovación.
En España no había precedentes porque nunca antes un Papa había hablado en el Congreso de los Diputados, ante senadores y diputados. Solo faltaban el diputado del Bloque Nacionalista Galego y una representación de Podemos (en desacuerdo con la visita), pero allí estaban los de la izquierda radical de Sumar, aliados del PSOE de Pedro Sánchez en el Gobierno.
Temas valientes del Papa: discurso rico
El Papa hizo un discurso muy rico, suave en la forma pero fuerte en el contenido, que dará para muchos análisis sociales y políticos. Comentamos brevemente algunas ideas.
Lo acabó invocando que «sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera», mencionando los dos grandes patronos de España.
Al aplicar a los políticos el lema de su visita («alzar la mirada», palabras de Jesús a los apóstoles) lo concretó en «recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír».
Añadió: «Junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral».
Limitar el poder político
Sobre limitar el poder político dijo: «Toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida».
Y sobre el laicismo: «La legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública».
Legalidad internacional, usar la diplomacia
Sobre la paz internacional recordó «la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar». Propuso «redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza».
Migrantes y dignidad de la persona
Sobre los migrantes dijo: «La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática».
Defensa de la familia, la libertad educativa y la vida «desde la concepción a la muerte natural»
También defendió la familia: «La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer». Y lo ligó al «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas».
No usó las palabras «aborto» ni «eutanasia» pero dijo que la dignidad de cada persona «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables» y que «si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?»
E insistió: «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Más aún, «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».
El discurso dará mucho fruto y se analizará hasta la saciedad, pero la imagen de un Congreso lleno de políticos de todos los signos que no se atrevían a dejar de aplaudir (sólo pararon porque el Papa salía de la sala) va a dar mucho más que hablar, y tendrá consecuencias internacionales.
Fuente Religión en Libertad
Foto captura de pantalla Vatican News








