Quien ha tenido múltiples parejas sexuales antes de comprometerse con alguien para toda la vida o para “lo que dure” la prueba de manejo, difícilmente va a conseguir ser fiel en cada detalle de su vida.
En los últimos meses he conocido de cerca la historia de tres parejas, dos de ellas cohabitan y la tercera, aunque ya tienen planes de casarse, piensan convivir primero. Cada caso tiene sus particularidades, pero todos comparten el desconocimiento y la confusión que lleva hoy a muchos jóvenes a evitar el Matrimonio o cometer errores, tanto en la elección de su compañero de vida como en las decisiones que llevan o no a un matrimonio estable y duradero.
Uno de los casos es de un profesional que apenas con 3 meses de enamoramiento decide invitar a su enamorada a vivir juntos, pero arrepintiéndose de esa propuesta solamente 6 meses después. Su dilema es que, aunque sabe que la relación no está funcionando, sobre todo por falta de comunicación y transparencia, siente culpa de sincerarse porque -además del rompimiento amoroso- dejaría a la otra persona en la calle.
Otra pareja cohabita en la casa de los padres de uno de ellos. Tienen planes de casarse el próximo año y les parece la transición ideal y lógica antes del matrimonio. Aparentemente no hay conflictos que lamentar y la relación sería estable y encaminada a la unión permanente, no dejan de interferir las tentaciones lógicas.
El tercer caso es el de dos jóvenes que se han comprometido para casarse en un año y que decidieron adelantar el matrimonio civil para los próximos meses y, claro está, cohabitar desde entonces. Al parecer, el compromiso con la futura boda eclesiástica les es suficiente para justificar vivir juntos.
A pesar de todas las ideas que el mundo les propone, a pesar de las metas académicas y profesionales que todos sienten la presión de cumplir antes de los 30, a pesar de la mala propaganda que se le hace a la vida matrimonial y familiar, a tener y criar hijos, resulta que encontrar una pareja con quien se pueda trazar una ruta común sigue siendo una aspiración genuina y poderosa para la mayoría de los jóvenes.
Pero los desafíos que enfrentan hoy son más numerosos y complejos que los que generaciones anteriores tuvieron que encarar. La presión económica hace parecer imposible la tarea de formar una familia antes de alcanzar un título profesional y una carrera consolidada. Por supuesto, también hay sueños personales, como viajes y experiencias que muchos quieren vivir antes de comprometerse con una vida matrimonial. Metas académicas y profesionales suelen ser prioritarias antes de los 30, por lo que la idea del matrimonio y los hijos se pospone.
También está la experiencia adquirida al crecer rodeado de amigos cuyos padres se divorciaron. O peor aún, venir de un hogar roto donde fueron víctimas primarias del divorcio. Y para aquellos que crecieron con la suerte de tener a sus padres bajo el mismo techo, de todas maneras, la experiencia no siempre fue la mejor. Bien sea por las discusiones constantes o por la falta de afecto manifiesto entre sus padres, al final, la conclusión lógica a la que llegan es que el Matrimonio simplemente no vale la pena.
Mientras tanto, el mundo sigue vendiendo la idea de que los hijos son una carga innecesaria, que cuestan demasiado y traen más problemas que beneficios. Al mismo tiempo se pregona que es irresponsable traer al mundo a niños que tendrán que convivir con guerras, delincuencia, “crisis climática” y “sobrepoblación”. Inclusive el concepto del Matrimonio se presenta como una carga social, no un objetivo aspiracional. Unir tu vida de manera estable y permanente con otra persona parecería más una apuesta que una decisión razonable. La cohabitación suena como una alternativa lógica, que permite experimentar la convivencia sin el compromiso definitivo a largo plazo.
Un estudio del 2022 del Instituto para Estudios sobre la Familia en EE.UU. determinó que -contrario a la creencia popular- las parejas que cohabitaron tienen 48% más probabilidad de separarse que las que esperaron al matrimonio. Hacer la “prueba de manejo” no mejora el resultado de esas uniones. El matrimonio es un compromiso diario, estable, a largo plazo de un hombre y una mujer dispuestos a hacer una donación libre, total, fiel y fecunda de sí mismos. Eso es lo que no terminamos de comprender respecto al vínculo y lo sustituimos por nuestra versión licuada.
Y si por un lado los padres no hemos dado buen ejemplo de lo que es el Matrimonio, tampoco nos hemos preocupado en educar a nuestros hijos en esa materia, quizás, la más importante de sus vidas: cómo prepararse para ser los mejores esposos y padres, sanando sus heridas primero, trabajando en sí mismos adquiriendo virtudes como la prudencia y la templanza, ejercitando el auto control y el buen hábito de retrasar o rechazar la auto gratificación, como colocar el largo plazo sobre lo inmediato, lo eterno sobre lo temporal, lo sagrado sobre lo mundano.
La materia también debe incluir un módulo sobre cómo escoger a tu futuro cónyuge, no buscando la “perfección” que uno tampoco ofrece, sino identificando creencias y valores comunes, similar visión del mundo y expectativas de la vida; sin eso, todo lo demás es pasajero y sujeto a cambios drásticos. Tal vez todo comienza por dónde se conoce a la pareja, bajo qué circunstancias y entorno, pues eso muchas veces dicta su perfil. Por ello, saber elegir a los amigos es fundamental, pues la vida social y -por ende- la afectiva gira en torno a las amistades. Si comparten tus creencias y valores, visión del mundo y expectativas de la vida, es más probable que quien elijas también las comparta.
Pero la “persona correcta” no es suficiente, ambos deben trabajar en construir un amor libre, total, fiel y fecundo; san Pablo VI lo define muy bien en su encíclica Humanae Vitae (1968):
Libre: un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón.
Total: una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas.
Fiel: el vínculo matrimonial es exclusivo hasta la muerte, así lo asumen esposo y esposa libremente y con plena conciencia de ser manantial de felicidad profunda y duradera.
Fecundo: no se agota en la comunión entre los esposos pues los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres.
Cuando son factores económicos, familiares o inclusive sexuales los que te mueven a cohabitar, no estás tomando verdaderamente una decisión libre. Cuando pretendemos unimos a alguien arrastrando nuestros vacíos y carencias no resueltas, inclinaciones y pasiones no controladas, no somos enteramente libres. Y quien no es dueño de sí mismo, no puede donarse por completo a la otra persona.
La totalidad de corazón, mente y cuerpo es indispensable; pero cuando no se comparten las finanzas, cuando se esteriliza artificialmente la sexualidad, no hay entrega total. Una de las parejas a las que hice referencia al inicio no fue abierta sobre el manejo del dinero: aunque se desnudaban en la cama, no lo hacían con sus finanzas. El Matrimonio es mucho más que sólo vivir juntos.
Quien ha tenido múltiples parejas sexuales antes de comprometerse con alguien para toda la vida o para “lo que dure” la prueba de manejo, difícilmente va a conseguir ser fiel en cada detalle de su vida, incluyendo la vida en línea. Igual que en el campo laboral, las competencias que uno necesita para ser exitoso no se adquieren por arte de magia cuando firmas el contrato o te casas; debes trabajarlas desde antes.
Los hijos requieren sacrificio, sin duda, hace falta entereza para anteponerlos a nuestra propia indulgencia. La disciplina que no les inculcamos es en realidad nuestra propia indisciplina que no estamos dispuestos a rendir, porque privilegiamos nuestra comodidad, placer y paz. Los hijos cuestan, sí; implican sacrificios, también; pueden y van a sufrir, sin duda. Pero ninguno de esos es motivo para evitarlos. Ser padre ha sido el rol más enriquecedor de mi vida, del que recibo las mayores alegrías y, aunque hay preocupaciones y hasta dolor algunas veces, nada se compara a sufrir por quien uno ama.
Por eso mi llamado a otros padres a reconocer la necesidad imperiosa de educar a sus hijos en el amor, aunque hayan fallado en el ejemplo con sus propios cónyuges, nunca es tarde para enrumbar a quien aún están en el camino de descubrir quiénes son y qué quieren de la vida. La voz de sus padres en casa, aunque parezca ensordecida por el grito del mundo, se escucha en sus mentes y corazones y eventualmente echará raíces. Necesitamos ser persistentes porque sus vidas dependen de aquello.
Pablo Moysam D.
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