Borja Salcedo

Los Borja Salcedo, la vida siempre encuentra formas de sorprendernos

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Estar frente a Carlos Alberto y Luisiana es entrar a un mundo mágico donde vas descubriendo cosas que te asombran y admiran, no sin pasar por sufrimientos y vicisitudes.

Aquí surgen muchas preguntas uque les pedí compartan con nuestros lectores como por ejemplo ¿Cuándo y cómo comenzó su historia juntos?, ¿cuántos hijos tienen?, ¿porqué dejaste de ejercer la medicina? ¿cuáles son sus profesiones actuales? ¿cómo creen que deberían ser educados los hijos en un entorno así? Y muchas más que iremos compartiendo.

La historia romántica comenzó con un «Cupido» amigo de Luisiana, quien decidió presentarle a Carlos Alberto, un joven estudiante de medicina. Según cuenta Luisiana de forma divertida: “Mi amigo vio que me estaba quedando en la percha y me presentó a Carlos. Hasta el día de hoy no entiendo bien por qué lo hizo.” Carlos recuerda que estaba en los últimos años de su carrera de medicina cuando ese amigo en común le pidió que visitara a su mamá para revisarla en casa. Fue en esa visita donde conoció a Luisiana. “Así nació nuestra amistad”—cuenta él. A partir de ahí comenzaron a salir y a compartir intereses. “Nos gustaba ir a tomar fotografías, eso era algo que disfrutábamos mucho juntos,” explica Carlos.

Para él, hubo un momento extraordinario que lo marcó: “Comprendí que ella era la indicada porque me escuchaba atentamente mientras le contaba mis historias juveniles e incluso me daba consejos sobre mis relaciones pasadas. Era como una asesora emocional.” La conexión creció con pequeños gestos cotidianos. Recuerda especialmente un detalle: “Estábamos organizando una convivencia y necesitaba ayuda con las fotos y música. Ella se ofreció a colaborar y compartimos horas increíbles preparando todo eso.” Sin embargo, hubo tensiones iniciales que revelaron cuán importantes eran el uno para el otro. Carlos narra una ocasión donde no encontraba a Luisiana por ningún lado: “Perdí la paciencia buscándola; estaba indignado sin saber bien por qué. Resultó que solo estaba en casa de una amiga. Creo que ahí me di cuenta realmente de cuánto me importaba.”

La relación se fue fortaleciendo con el tiempo. Carlos recuerda un evento clave cuando iban juntos al policentro: “Un grupo de alemanes se había perdido, y Luisiana, sin dudarlo, los ayudó dándoles indicaciones. Fue entonces cuando pensé: eso es lo que quiero en mi vida.” La pareja compartía actividades muy sencillas pero llenas de significado. “A ella le encantaba andar en bicicleta; yo la acompañaba corriendo detrás porque no sabía montar,” comenta con una sonrisa. Y así llegó el momento decisivo: pedirle matrimonio. “Le propuse casarnos dos años después de conocernos. Nuestro amor no podía esperar más; era intenso y apasionado.” El año previo al matrimonio estuvo lleno de preparativos y muchos sacrificios. “Compramos todo, hasta endeudándonos. Ahora llevamos 43 años casados; nos conocimos hace ya 45 años y lo celebramos el 15 de octubre,” recuerda Carlos con cariño.

Sobre esa fecha tan especial agrega: “Ese día fue mágico. Habíamos planeado cenar y presentar a Luisiana con mi director espiritual, el padre José Luis Nieto. Resultó que ninguno de nosotros había asistido aún a misa ese día, así que él improvisó una ceremonia privada para nosotros. Fue la primera misa privada a la que asistí en mi vida.” De esta manera, construyeron juntos una vida basada en valores compartidos, amor y perseverancia—aquellos detalles extraordinarios de los momentos más simples que consolidan una unión tan duradera como admirable.

Claro, la lectura de ese día, el 15 de octubre, era dedicada a Santa Teresa de Ávila, Doctora de la Iglesia. En la ceremonia se mencionó una frase: «Y esta mujer te acompañará y será la fuente de vida», en referencia a la descripción tradicional de la Iglesia como madre y de Cristo como esposo. En ese contexto, el mensaje resonó profundamente. Al cabo de dos años exactos de casados, llegaron los hijos. En total tuvimos ocho embarazos: siete hijos que nos acompañan aquí y uno que está en el cielo. El mayor es Carlos Andrés, quien estudió psicología aunque no terminó, pero encontró su vocación como fotógrafo. Luego está Pablo, chef y apasionado por el performance, lo que lo ha llevado a caminos poco tradicionales en cuanto a estudios. Después viene María Belén, ingeniera en recursos humanos con especialización en marketing en este ámbito; también tiene una maestría en marketing y moda, que cursó tras un cambio de planes mientras estudiaba en España. María Cristina es psicopedagoga con una maestría en administración escolar. Javier, por su parte, es ingeniero comercial con mención en marketing, algo que siempre recalca. María José estudió nutrición en Argentina y es una profesional certificada en yoga, enfocándose en yoga terapéutico y con varios másteres relacionados. Juan Diego es sacerdote y también filósofo. Finalmente, el octavo hijo partió antes de nacer, a los cinco meses de gestación. Criar a siete hijos fue todo un desafío.

En los primeros años de matrimonio, Carlos aún estaba terminando los estudios universitarios. Luisiana trabajaba en el Banco del Pacífico y sostenía gran parte del hogar económicamente; ganaba mucho mejor Carlos quien apenas tenía ingresos esporádicos como profesor asistente y haciendo guardias médicas.

Estos años fueron una etapa en la que ella cubría alrededor del 60 % de nuestras necesidades económicas mientras yo buscaba estabilizarme profesionalmente. Con los años, logré obtener mejores oportunidades laborales como médico y docente, estableciendo finalmente un consultorio propio. Durante este tiempo compartimos las responsabilidades económicas hombro con hombro. Eventualmente, mi actividad profesional creció lo suficiente como para invertir los papeles financieros del hogar. Sin embargo, ella continuó trabajando durante al menos quince años más, principalmente por vocación. Se dedicó a la educación y formación con una profunda pasión. Uno de los momentos más formativos fue cuando los hijos comenzaron a llegar y nuestras expectativas económicas no crecían al mismo ritmo. Recuerdo haber ido donde mi director espiritual para expresar mi frustración porque “los hijos no llegaron con el pan bajo el brazo». Él, sin embargo, con gran serenidad y confianza inquebrantable, nos animó a comenzar la construcción de nuestra casa con lo poco que tuviéramos. Teníamos unos treinta años entonces y apenas habíamos ahorrado 900 dólares después de diez años de trabajo. El dinero no alcanzaba para mucho: pensiones escolares para siete chicos, uniformes, zapatos… Parecía un reto insuperable. Sin embargo, obedecimos. Un querido amigo arquitecto nos ayudó sin cobrarnos los planos y solo tuvimos que asumir los costos del trabajo de los dibujantes. Con esfuerzo y fe comenzamos a edificar. Más que un techo físico, esa casa se convirtió en el refugio donde toda esa numerosa familia se fortaleció ante cada prueba. Así nos enfrentamos a los desafíos: transformando limitaciones en oportunidades y siempre confiando que lo esencial iba más allá de lo material, expresa Carlos Alberto.

La decisión de tener una familia numerosa no fue algo planeado desde el inicio, sino el resultado de una combinación de amor, fe y circunstancias inesperadas. La idea original era tener dos hijos, pero mi esposo siempre decía que quería cinco, y yo, por amor, acepté esa posibilidad. Sin embargo, las cosas tomaron un rumbo distinto, y finalmente llegaron ocho hijos. Lo curioso es que después del octavo fui declarada estéril por los médicos, aunque eso no evitó que surgieran nuestras circunstancias particulares. Tener tantos hijos ha sido tanto un reto como una bendición, y nunca llegamos a tomar la decisión de «cerrar la fábrica» porque el crecimiento de nuestra familia se dio de manera natural. Criar una familia numerosa tiene sus dinámicas únicas. Desde el principio, los mayores aprendieron a ayudar con la educación de los menores y los pequeños observaban cómo eran guiados por sus hermanos mayores. A veces, esto implicaba que los niños tuvieran que compartir más y ceder en ciertas cosas, lo cual definió su carácter. Esa capacidad de sacrificio y adaptación dio frutos increíbles, como cuando uno de mis hijos, Juan Diego, decidió seguir el camino del sacerdocio. En una conversación, él me comentó que lo que más le ayudó fue el acostumbrarse desde pequeño a vivir en conjunto, a dividir tareas y a renunciar a ciertas comodidades por el bienestar común.

Económicamente, mantener una familia numerosa no es sencillo. Me vi en la necesidad de hacer algunos sacrificios importantes. Dejé mi profesión como cardiólogo después de diez años para buscar otras oportunidades que me permitieran garantizar casa, comida y educación para los chicos. Este tipo de decisiones no fueron fáciles, pero al mirar hacia atrás, estoy convencido de que fueron necesarias y valiosas. En cuanto a relaciones personales, no tengo hijos favoritos. Hay algunos con quienes tengo una mejor conexión o conversación fluida, pero no podría decir que exista favoritismo como tal. De hecho, con mis hijas tengo una relación especial y profunda; mi amor por ellas es indescriptible. Incluso armé un pequeño museo personal con recuerdos significativos de mi vida y familia, y aunque no fue intencionado, los únicos cuadros visibles en ese espacio pertenecen a mi esposa y a Juan Diego. Este último hijo representa algo muy especial para mí. Su vocación al sacerdocio fue como una respuesta a oraciones que tanto mi esposa como yo hicimos durante años. Fue una experiencia llena de pruebas y sufrimientos que nos enseñaron mucho sobre la vida, el amor y la fe. En su caso, sentimos que su vocación fue «gestada en la cruz», una forma de materializar muchos sacrificios previos que nos ayudaron a formar a cada uno de nuestros hijos. A veces la gente nos pregunta cómo logramos criar tantos hijos o cómo se llega a tener una familia así. Mi respuesta siempre se remonta a las vivencias llenas de lucha, aprendizaje y devoción acumuladas en más de cuatro décadas de matrimonio. Aunque el camino fue desafiante, la recompensa ha sido inconmensurable; cada hijo nos ha transformado y nos ha llenado de propósito, mostrando cómo las circunstancias inesperadas pueden convertirse en regalos inimaginables de la vida.

¿Son abuelos? Sí, tienen cuatro nietos de tres hijos. Aunque no parecen tantos para el número de hijos; hay que mejorar el promedio. Sobre las luchas vividas, me parece clave compartir esas experiencias, pues son parte esencial de nuestro matrimonio. Hemos enfrentado importantes retos: cuatro aneurismas graves —tres intracraneales y uno aórtico—, un infarto, un síncope y hasta un diagnóstico incierto. Las cosas ocurren cuando deben ocurrir, aunque la palabra «aneurisma» suele causar impresión al mencionarla. La vida, siempre encuentra formas de sorprendernos y desviarnos del camino que imaginábamos, finaliza Carlos Alberto.

Por Arcadio Arosemena Robles

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