“Ya madurará” es una frase habitual pero, ¿está frenando el aprendizaje? La reflexión de un maestro con la que muchos han coincidido
El post de Instagram se titula “Los niños no son tomates” y su foto es un tomate rojo enorme. A simple vista, podría parecer una frase provocadora más en redes sociales. Pero basta con leer unas pocas líneas de lo que cuenta el maestro Alberto Fuertes Rojas (@nuestraclasedeprimero) para entender por qué ha generado tanto debate —y tanto consenso— entre docentes y familias.
Porque detrás de esa metáfora hay una advertencia importante sobre cómo entendemos el aprendizaje infantil… y sobre una frase que repetimos casi sin pensar cuando no sabemos muy bien qué hacer o qué decir: “ya madurará”.
Cuando “ya madurará” se convierte en un problema
Este maestro arranca su reflexión con una pregunta tan sencilla como incómoda: “¿Cuántas veces hemos escuchado la frase ‘ya madurará’ para referirse a un niño?”
Dicha así, parece incluso bienintencionada porque nadie duda de que cada niño tiene su propio ritmo ni de que comparar o forzar aprendizajes puede ser dañino. El propio Fuertes lo deja claro: respetar el punto de partida y ajustar las propuestas es fundamental.
El problema aparece cuando ese respeto se confunde con inacción. Porque, como advierte en su publicación, “el aprendizaje no se produce solo por el simple paso del tiempo”. Detrás de la frase «ya madurará» hay poca proactividad y muchas ganas de no ponerse manos a la obra, por el motivo que sea.
Y aquí es donde la metáfora del tomate cobra sentido.
Esperar a que un niño madure puede ignorar oportunidades de aprendizaje
“La lectoescritura no madura por arte de magia”, explica este maestro. Aprender a leer y escribir no es como esperar a que algo crezca solo. No basta con dejar pasar los meses ni con confiar en que “ya llegará”.
La lectoescritura necesita estimulación, práctica y acompañamiento adulto. Necesita experiencias pensadas, juegos con sonidos, manipulación de palabras, lectura compartida o escritura cotidiana. Por eso, no tiene sentido simplemente esperar a que un niño madure, como si fuera un tomate.
En palabras del propio maestro: “Aprender a leer y a escribir requiere entrenamiento específico: leer, escribir, jugar con sonidos, manipular palabras, practicar…”.
“Esperar sin intervenir no es respetar el ritmo; es dejar pasar oportunidades de aprendizaje”, concluye.
Este matiz es el que ha generado más comentarios —y más asentimientos— en Instagram. En la publicación, numerosos docentes y padres han coincidido en señalar que durante años se ha entendido mal el concepto de “respetar los ritmos infantiles”.
Uno de los comentarios más destacados lo resume así: “Una cosa es respetar el ritmo de cada niño/a y otra es no ofrecer actividades que le permitan ir dando pasitos.” Otro mensaje va en la misma línea: “Creo que lo de respetar los ritmos y la intervención se han llevado mal en la escuela durante muchos años.”
Y es que respetar el ritmo no significa renunciar a enseñar, sino ajustar cómo, cuándo y con qué apoyos lo hacemos. Significa observar, acompañar y, si hace falta, intervenir para que ese niño no se quede atrás por falta de oportunidades.
Efectivamente, los niños no son tomates (y eso es una buena noticia)
La frase final del post se ha convertido casi en un lema que debería acompañarnos: “Porque los niños no son tomates. No basta con esperar a que ‘maduren’. Necesitan experiencias, práctica y adultos que sepan cómo acompañar ese proceso.”
Este mensaje alivia culpas, porque no todo depende del niño, pero también nos devuelve responsabilidad como adultos. El desarrollo infantil no es pasivo, ni ocurre solo. Se construye día a día, en la escuela y en casa, con propuestas intencionadas, acompañamiento y con una mirada atenta y respetuosa.
Respetar la infancia no es cruzarse de brazos, es implicarse mejor, con más empatía y con más respeto, sin pasar por alto las necesidades infantiles. ¿Cómo acompañas a tu hijo?
Por María Machado/via ser padres
foto www.freepik.es









