Esta es la crónica de medio siglo de vida compartida por Azucena Margarita Mendoza Rodríguez y Carlos Humberto Garcés Velázquez, una historia que demuestra que, a veces, los mejores capítulos de la vida comienzan con un pequeño tropiezo.
Un encuentro escrito en los libros
Todo comenzó entre 1967 y 1968 con una curiosa jugada del destino: Carlos se quedó suspenso en la asignatura de Literatura durante su tercer año de secundaria. Mientras su familia viajaba a Bahía en Semana Santa, él tuvo que quedarse estudiando para un examen. Sin embargo, el compromiso era que viajaría en julio por la semana del estudiante, y fue precisamente en ese viaje donde sus caminos se cruzaron gracias a unas amigas del barrio. Desde ese primer encuentro en las fiestas de julio, algo especial nació entre ellos, aunque en aquel entonces todo era mucho más reservado que hoy.
El misterio de la carta perdida
La relación avanzó entre Guayaquil y Bahía hasta llegar al sexto año, cuando Carlos decidió dar un paso valiente: le envió a Azucena una carta confesando sus sentimientos. Ella, emocionada, le contestó aceptando sus palabras de amor, pero la respuesta nunca llegó. ¿El motivo? Carlos había pedido que la correspondencia llegara a la dirección de un amigo para evitar que en casa de Margarita se enteraran. Ese amigo, pensando que el amor lo distraería de sus estudios, guardó la carta y no se la entregó hasta enero, después de la graduación. Al enterarse de que el «sí» había llegado meses tarde, la indignación de Carlos fue memorable, pero el destino aún les tenía preparada una segunda oportunidad.
Entre pasillos universitarios y electrodomésticos escondidos
Ya en la universidad, ella estudiando Psicología y él Ingeniería Química, volvieron a coincidir. Carlos solía cruzar por las facultades solo para verla, hasta que un día decidió acompañarla hasta su casa, marcando el inicio formal de un noviazgo que ya suma décadas. A los 22 años, siendo aún estudiantes de tercer año pero ambos ya con trabajo, decidieron casarse.
Fue una época de desafíos, pues las familias no estaban del todo convencidas por su juventud. Aun así, la ilusión era tal que, antes de la boda, compraron un refrigerador y una cocina que tuvieron que esconder en casa de una prima en el sur de Guayaquil para ir armando su futuro hogar. Finalmente, el 28 de febrero de 1976, se dieron el «sí, acepto» en el Santuario de María Auxiliadora.

Manta y el título que se convirtió en hija
La vida no se detuvo tras la boda. Tras el nacimiento de su primer hijo, Carlos Javier, la pareja se mudó a Manta en 1979 para emprender en una fábrica de curtiembre. Azucena recuerda con especial cariño el año de su graduación: terminó sus estudios de Psicología en febrero, pero en septiembre, justo el día en que debía recibir su título profesional, nació su hija Ana María. Margarita no pudo ir a la ceremonia, pero cambió el diploma por el regalo de la vida. Con el tiempo llegaron Roberto Andrés y Daniel Alejandro, transformando a esa pareja inicial en una familia que hoy cuenta con catorce integrantes.
La fe como el motor de la resiliencia
A lo largo de estos 50 años, han enfrentado pruebas que pusieron a prueba su temple, como la tentación de mudarse a Estados Unidos por una oferta laboral que finalmente rechazaron, o las duras crisis económicas de 1999 y 2000. Carlos y Margarita pasaron de una vida social muy activa en el Club de Leones a un camino de profunda espiritualidad a través de los cursillos de cristiandad.
Para ellos, el secreto de llegar a las Bodas de Oro no ha sido la ausencia de problemas, sino la paciencia, la resiliencia y el compromiso de poner a Dios en el centro. Como bien dice Carlos al mirar atrás, la mano de Dios ha estado presente en cada paso, desde aquel examen de literatura reprobado hasta el día de hoy, celebrando una historia que aún quieren seguir escribiendo juntos.
Texto y fotos Arcadio Arosemena R.









