Neurociencias para la parentalidad: el entorno importa

Son las seis de la tarde y estamos camino a casa, muy probablemente atascados en un tráfico que parece interminable, entre pitos y conductores que convierten una avenida de dos carriles en tres sin pensarlo mucho. Estar atrapados en el tráfico, algo que ya tenemos normalizado, le suma unas dos horas a nuestra jornada fuera de casa. Y con ello, tenemos que ser maestros zen para no llegar estresados y agotados. Pensemos que nuestros hijos, en su movilización hacia la escuela, han pasado también entre una y dos horas en lo mismo, gastando sus energías.

Ahora bien, ¿esto qué tiene que ver con el neurodesarrollo? Las investigaciones han confirmado que un cerebro no crece en el vacío: se moldea en el vínculo, la convivencia y el entorno físico del que dispone. La plasticidad cerebral está presente a lo largo de la vida, pero es extremadamente sensible a las condiciones del ambiente, que inciden positiva o negativamente en el desarrollo. Recordemos que el cerebro es expectante y dependiente de la experiencia, y que las experiencias ocurren en contextos específicos.

Y aquí está la clave de todo lo que sigue: el entorno no llega solo al cerebro de un niño, llega a través de nosotros. Un barrio, un horario o una casa afectan a nuestro hijo sobre todo por cómo inciden en los adultos que lo cuidamos.

Tres entornos

El concepto es amplio, y lo entendemos como ideológico, físico y relacional.

El ideológico parece lejano y no lo es: son los valores, las políticas y la cultura en que vivimos. Determina en qué creemos, cómo entendemos los roles de hombre y de mujer, qué se espera de la parentalidad, si damos por hecho que la justicia funciona o que la coima lo soluciona. Las ideas circulan y se impregnan: yo puedo creer en la relevancia de la vacuna y tener al lado a alguien de mi generación convencido de que las vacunas hacen daño. Moldea quiénes somos, y también nuestras prácticas de crianza.

El físico son los espacios construidos: la ciudad o la localidad donde vivimos, la urbanización, nuestra casa, la infraestructura escolar, los lugares para jugar al aire libre. Y también la naturaleza presente o ausente a nuestro alrededor. Puede ser un lugar de paz, con juegos cerca de la casa y transporte público que se toma sin temor. O puede estar contaminado, con exceso de polución y mala calidad del agua, lo que incidirá en si nuestros niños desarrollan asma o alergias, y en si pueden salir a jugar. También puede estar contaminado por la violencia: pese a tener un parque cerca, tenemos miedo de ir, y terminamos limitando las actividades de nuestros hijos porque vivimos en inseguridad.

El relacional es la calidad de las relaciones centrales para la familia: nosotros mismos, los abuelos, la familia extensa, los amigos de la casa, los profesores, las amistades de nuestros hijos. Aquí cuenta lo que existe y también lo que no. Podemos tener una vida familiar rica en apoyos, o relaciones escasas y poco frecuentes. En cualquiera de los dos casos el estrés puede aparecer: porque hay que cumplir con todo, porque el tío Lucas no te deja salir si no bebes, o porque la crianza entera descansa sobre los cuidadores principales.

¿Qué podemos hacer con los espacios físicos?

Como ciudadanos, exigirlos y ocupar los pocos que hay. El movimiento es central a cualquier edad y tiene un papel decisivo en el desarrollo de niños y adolescentes: las horas de pantalla, de transporte escolar y de aula deberían compensarse con al menos una hora diaria de movimiento libre. Y si entre semana no se puede, que sea el fin de semana.

Harvard (1) relaciona los espacios verdes seguros con menor estrés infantil y parental, y con menor riesgo de problemas del neurodesarrollo como la desatención. Pensemos entonces qué espacios seguros tenemos cerca. Identificaremos quizás los centros comerciales, o esos que se pagan por horas: valen como alternativa, no como única opción. Lo que buscamos es que nuestros hijos puedan armar su grupo de amigos, tres, cuatro, cinco al menos, con quienes compartir juego y desfogue, que de paso alivian a los papás (un día cuida uno, otro día cuidan otros) y nos dan compañía. Cuando lo logramos, y estamos ahí presentes y no viendo el celular, les estamos dando experiencias sensoriales, motrices y sociales que favorecen su neurodesarrollo.

El estrés: puente o quebrada

Muchos de esos factores del entorno físico e ideológico terminan cargando de estrés nuestras relaciones familiares, y a nuestros niños con ellas.

¿Y los bebés se estresan? Sí, desde muy temprano, cuando están en entornos donde no reciben respuesta. Dejarlo llorar para que fortalezca los pulmones, o para que no nos domine, dirían algunos familiares e incluso algunos profesionales.

Pero no todo el estrés daña. Existe el buen estrés, el que llega antes de un examen y nos apura a estudiar, o el de un cambio de vida que nos deja herramientas. Existe el tolerable: vamos atrasados, no aprendimos la lección, vemos a los padres irritables alguna vez, y la familia tiene sus maneras de no agravar la situación. Y existe el tóxico, el que determina la forma de la vida: tensión permanente, problemas que nos sobrepasan, chicos que empiezan a vivir en zozobra. Puede venir de la escuela, de un docente o de un sistema que genera una presión que no cede. Y puede venir del miedo: vivir en un barrio del que no se sale es un estresor que no da tregua.

Y aquí está la bisagra, que conviene leer despacio. Según la Academia Americana de Pediatría (2), el estrés se vuelve tóxico por una activación fuerte, frecuente o prolongada «ante la ausencia de la protección moderadora de una relación con un adulto que le brinde apoyo». Lo que separa el estrés que fortalece del que daña no es cuánto pesa: es si hay alguien. Un niño que atraviesa lo mismo con un adulto disponible y sensible a sus emociones, tiene una experiencia diferente.

Cuando esa protección falta y el estrés se sostiene, las investigaciones de largo plazo muestran cambios epigenéticos y una huella en el cuerpo: el sistema inmunológico también recibe ese estrés y lo procesa para mal. Y hay algo todavía más cercano a lo que nos ocupa. Como recogen Whittle y colegas (3), crecer en entornos adversos es un factor de riesgo para problemas de salud mental más adelante, y se acumula evidencia de que los cambios en la estructura misma del cerebro son parte de lo que explica esa relación.

Pero esa es solo la mitad de la historia, y es la mitad que más se repite. Los mismos autores subrayan que la influencia de los entornos positivos es igual de importante, y que la crianza cálida y de apoyo es un factor ambiental decisivo: tiene efectos demostrados en el desarrollo cognitivo, conductual y psicológico a lo largo de toda la vida. Dicho en corto: el entorno que hiere deja marca, y el entorno que cuida también la deja. Esa es la buena noticia de este artículo, y no es un consuelo: es el mismo cuerpo de evidencia.

Muchas veces quien no alcanza a amortiguar es un adulto sobrecargado, que además carga con su propia historia de crianza. Por eso la Academia Americana de Pediatría (2) propone cambiar la pregunta: en lugar de «¿qué te pasa?», preguntar «¿qué te sucedió?». No es lo mismo, y no señala a nadie.

Y ya que hablamos de estrés

Conviene decir algo más, porque es parte del mismo problema. Cuando vivimos con la sensación de que nuestro hijo «va atrasado», aparece enseguida la oferta: programas de estimulación temprana, paquetes que prometen adelantar el desarrollo, listas de lo que debería estar haciendo a cada edad. Esa presión por estimular es, ella misma, un estresor sobre nosotros. Y ya sabemos hacia dónde viaja el estrés de un adulto. Lo que construye el cerebro de un niño no se compra: es tiempo, respuesta y alguien disponible, y eso no viene en ningún paquete.

Para cerrar

Este artículo puede sonar fuerte: que no podemos cambiar la violencia para poder usar un parque, que el tiempo no alcanza, que manejar el estrés es fácil decirlo. Por eso, cuatro cosas concretas.

Hablemos del estrés en voz alta. Con la pareja, si la hay, o con alguien de confianza: cómo lo estamos llevando y cuánto de él está pasando a nuestros hijos, sin intención, o porque a veces parece la única manera de que nos hagan caso. Si nos sobrepasa, buscar ayuda no es un lujo.

Aprendamos a regularnos, y hagámoslo con ellos. Respirar, cantar bajito, rezar. El tiempo en el carro puede cambiar de sentido si lo usamos para eso, y para conversar, como decíamos el mes pasado.

Hagamos el inventario de los lugares. Dónde hay un parque al que podamos ir sin pagar y sin miedo, y llevémoslos: que caminen libres, fuera del ruido del mall.

Miremos nuestra propia crianza. Qué recibimos, qué queremos repetir y qué no. Es la manera de que nuestros hijos, cuando les toque, tengan de dónde sostener la suya.

Y lo digo como madre de 4 hijos adultos, 3 de ellos migrantes que hoy viven lejos: eso que en su momento pareció pesadísimo, el llevar y traer, el ir de la seca a la Meca, ahora resulta ser parte del hilo que sostiene nuestro vínculo, ese que nos ha ayudado a tejernos nuestra red amorosa en el corazón y en la memoria.

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Por Marcela Frugone J., PhD Docente e investigadora, Universidad Casa Grande mfrugone@casagrande.edu.ec

Referencias

  1. Consejo Científico Nacional del Desarrollo Infantil. (2023). El lugar es importante: el entorno que creamos define los pilares del desarrollo saludable (Documento de trabajo n.º 16). Center on the Developing Child, Universidad de Harvard. https://developingchild.harvard.edu
  2. Shonkoff, J. P. y Garner, A. S.; American Academy of Pediatrics. (2012). The lifelong effects of early childhood adversity and toxic stress. Pediatrics, 129(1), e232-e246.
  3. Whittle, S., Simmons, J. G., Dennison, M., Vijayakumar, N., Schwartz, O., Yap, M. B. H., Sheeber, L. y Allen, N. B. (2014). Positive parenting predicts the development of adolescent brain structure: A longitudinal study. Developmental Cognitive Neuroscience, 8, 7-17. https://doi.org/10.1016/j.dcn.2013.10.006