No hacer también es hacer

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Vivimos en un mundo donde muchas veces valemos por lo que hacemos, por lo que producimos, por lo que estudiamos o acumulamos. Un mundo que mide el tiempo en resultados visibles y el servicio en acción constante.

Hoy escribo estas líneas desde un cerro, al norte de Argentina. La señal es escasa, el acceso a “producir” es limitado y el ritmo se desacelera casi por obligación. Y en ese silencio, una pregunta aparece una y otra vez: ¿Estoy desperdiciando mi tiempo? ¿Estoy realmente poniéndome al servicio?

Mi mente responde rápido, con exigencia. Pero algo más profundo ,mi espíritu, me invita a quedarme. A estar. A habitar este presente tal como es, sin apurarlo, sin justificarlo.

Y entonces recuerdo algo que Jesús enseñaba una y otra vez, siempre a través de imágenes simples, cotidianas, cercanas a la vida: “El Reino de los Cielos es semejante a una semilla que un hombre sembró en la tierra; duerme y despierta, y la semilla crece sin que él sepa cómo.” (Marcos 4, 26-27)

La semilla crece en silencio. Bajo la tierra. Sin testigos. Sin aplausos. Sin resultados inmediatos. Y sin embargo, todo está ocurriendo.

Así sucede en la naturaleza, así sucede en la gestación de un bebé, así sucede también en nuestros procesos internos. Depositamos la semilla y por un tiempo, pareciera que no pasa nada. No vemos, no tocamos, no medimos. Y creemos equivocadamente, que no estamos haciendo.

Pero el cuerpo sabe, la tierra sabe, la vida sabe.

Durante el embarazo, muchas madres sienten que “no hacen nada”, cuando en realidad están creando vida. Célula por célula. Latido a latido. En el silencio del vientre, sin forzar tiempos. Lo mismo ocurre en la maternidad, en la crianza y en el acompañamiento amoroso de la primera infancia: sostener una mirada, ofrecer presencia, estar disponibles con ternura y límite a la vez, es un acto profundo de servicio, aunque no siempre sea visible.

A veces, ese gran amor se expresa en el “no hacer”: No intervenir de más, no llenar cada silencio, no correr procesos que necesitan su propio ritmo. En la naturaleza, el descanso no es pérdida de tiempo. Existen estaciones, pausas, inviernos. La tierra también se repliega para luego florecer. No es casual que la vida nos regale vacaciones, recesos, noches, sueños. Es en ese vacío aparente donde el “todo” se gesta.

Hoy empiezo a hacerme otra pregunta, más honesta y más amorosa: ¿Cuánta presencia le estoy dedicando a este instante? ¿Cuánto amor hay en la forma en que habito mi hoy?

Porque la calidad de esa presencia será el reflejo de cómo continúe luego mi propósito en la tierra. Acompañar desde el sentir, generar espacios que conecten desde el alma, sostener procesos de maternidad, embarazo y primera infancia no siempre implica hacer más, sino estar mejor.

Quizás, como adultos, necesitamos reaprender algo que los niños saben muy bien: que no todo se trata de producir, que el juego, el aburrimiento y la pausa también son terreno fértil.

Por eso, si hoy sientes que no estás “haciendo suficiente”, te dejo una invitación sencilla y profunda: abúrrete, detente y quédate un rato más.

Porque tal vez, en una de esas pausas que parecían vacías, aparezca la magia. Y ahí, sin darte cuenta, esté ocurriendo el todo.

Camila Soriano Rodríguez

Puericultora y acompañante en maternidad, primera infancia y procesos de reconexión con el sentir
Instagram: @amor_naciente
Correo: amornaciente6@gmail.com
Foto www.freepik.es
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