El Podocarpus-Yacuri se convirtió en agosto de 2025 en el corredor ecológico más grande de Ecuador.
Sus 738 000 hectáreas, reconocidas por el Ministerio de Ambiente, albergan 28 ecosistemas, agrupados principalmente en bosques nativos, secos, montanos y páramos; además de una fauna endémica abundante que los científicos aún no conocen con total detalle.
Este nuevo corredor está ubicado en el sur del país, dentro de la Reserva de Biósfera Podocarpus-El Cóndor, declarada por la Unesco en 2007. El 80 % del Podocarpus-Yacuri se ubica en la provincia de Zamora Chinchipe, en la Amazonía ecuatoriana, y el 20 % restante en Loja, provincia de la Sierra que limita con la cuenca amazónica.
Este paso completa un ciclo importante: en cinco años, Ecuador ha reconocido seis corredores ecológicos de conectividad. El primero fue el Sangay-Podocarpus, en 2020, con 567 000 hectáreas. Luego vinieron el Llanganates-Sangay, con 90 000 hectáreas; el Andes del Norte, con 273 000; el Cuyabeno-Yasuní, con 275 000; el Palora-Pastaza, con 316 000; y ahora el Podocarpus-Yacuri.
El país supera así los dos millones y medio de hectáreas resguardadas bajo este modelo, complementario al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), lo que representa un 10 % de su territorio nacional.
Un corredor ecológico es una extensión de terreno que conecta varias áreas naturales que gozan de algún tipo de protección, a partir de grandes núcleos que, en este caso, son los parques nacionales Podocarpus y Yacuri, que constan dentro del SNAP.
La conexión se da a través de zonas más pequeñas, protegidas por normativas locales —municipales o provinciales— que las delimitan y les otorgan planes de conservación: evitan la tala y la expansión de la frontera agrícola, recuperan costumbres ancestrales que favorecen al cuidado del ambiente y favorecen actividades productivas que reemplacen y frenen el extractivismo. Si se le mira como un rompecabezas, cada una de las áreas es una pieza que encaja con la siguiente para formar un todo.
Estos territorios representan, por tanto, verdaderos santuarios de biodiversidad. Dentro del Podocarpus-Yacuri, además se encuentra la reserva ecológica Cerro Plateado —considerada un tercer núcleo—, pero también cuatro áreas de protección hídrica (APH), ocho áreas de conservación y uso sostenible (ACUS) municipales y una provincial (la de Zamora), además de 17 áreas claves para la biodiversidad (KBA, por sus siglas en inglés), un reconocimiento otorgado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
¿Cómo se ve el Podocarpus-Yacuri?
De pie sobre el primer mirador del Podocarpus, en Loja, bajo un sol prodigioso pero entre la niebla de la copa de la montaña, Rodrigo Cisneros lo narra así: “Miramos hacia el suroccidente. Desde aquí podemos ver, primero, la parte norte del bosque protector Colambo-Yacuri; y hacia el sur, la unión del Podocarpus con el Yacuri, a través del Nudo de Sabanilla, y, luego, el Parque Nacional Yacuri”.
En efecto, la imagen hacia el fondo es de un verdor que lo abarca todo: un manto de bosque que se extiende hasta donde alcanza la mirada. Para llegar hasta este mirador, hace falta una hora de caminata desde el edificio administrativo del Podocarpus, a través de un bosque en el que los troncos de los árboles están humedecidos por el agua y el musgo, hay tantos insectos que pareciera que todos se funden en un solo zumbido, aves revolotean en el camino y otros animales se camuflan entre las ramas.
Rodrigo Cisneros es biólogo, docente investigador de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) y especialista en investigación con mamíferos. Desde hace 25 años hace monitoreo del oso andino y ha estado trabajando de forma intensiva en la zona del Podocarpus-Yacuri al menos los últimos 15 años.
“Al día de hoy: hay especies descubiertas en el Podocarpus que aún no tienen nombre”, dice el experto. “Si la pregunta fuera estricta: ¿cuántas especies hay en el parque? La respuesta correcta sería: no sabemos. El botánico David Neill, investigador de la Universidad Amazónica —que trabajó en esta zona durante años—, dijo ‘yo me voy a morir y muchas de las colecciones que tengo no van a tener nombre todavía’. Y, en efecto, así fue”. Neill murió en febrero de 2025.
Cisneros domina nombres, sectores y datos. El sur de Ecuador es tan biodiverso por causas geológicas, explica, señalando con su brazo extendido: “Aquí tenemos esta depresión, donde bajan los Andes, la depresión de Huancabamba, que empieza en Ecuador y termina en el norte de Perú. Es como un ‘gran cañón’: de estar a más de 3 000 metros sobre el nivel del mar, la cordillera baja hasta los 1 900. Y se genera un mosaico de microambientes brutal: primero bosque seco, y luego una gradiente hacia bosques montanos y páramos”.
Esta variedad de microclimas produce lo que el experto llama “endemismos extremos”. Hectáreas dentro del parque con especies únicas, de todos los grupos taxonómicos. Hay porciones del Podocarpus que albergan poblaciones únicas que en el resto del parque no están. Y pasa lo mismo en el Yacuri.
Según información del Ministerio de Ambiente, sólo en el Podocarpus se estima que hay entre 3000 y 4000 especies de plantas. Se destacan los bosques achaparrados, junto a árboles de pituca, soda, carunga, cashco, duco, latero, algunas variedades de romerillo y cascarilla.
Entre los animales con más registros están mamíferos como el ciervo enano, pumas, venados, lobos de páramo, osos de anteojos, monos araña y tapires. Y al menos 80 especies de anfibios y 34 de reptiles. En cuanto a aves, se habla de entre 630 y 700 especies: colibríes, pájaro paraguas, gallo de la peña, tucanes, tangaras, pavas y aves rapaces.
Cisneros ve un subregistro: “En aves, a nivel nacional, ya superamos las 1700 especies, pero en el Podocarpus y alrededores, ya estamos seguramente sobre las 1000. En mamíferos tenemos un endemismo junto al Yacuri: la vizcacha ecuatoriana (Lagidium ahuacaense), un roedor con 17 poblaciones inventariadas afuera del parque. Ese es un endemismo icónico”.
Diego Armijos Ojeda, investigador del Museo de Zoología de la UTPL, habla de una “fauna microendémica” por su localización restringida. Incluso han encontrado especies de ranas con una distribución de menos de 5 kilómetros cuadrados.
“Donde empieza este corredor, está la reserva de Numbala [una ACU municipal]”, dice Armijos. “En la parte alta está Cerro Toledo, donde tuvimos algo muy especial hace cuatro años. Cuando hacíamos la línea base biológica, encontramos una rana del género Pristimantis. Al verla, dijimos que era algo raro, que no habíamos visto. Hicimos pruebas genéticas y era una especie nueva. Empezamos a hacer más trabajo de campo, fuimos a la otra cara de la misma montaña y encontramos otro individuo. Pensamos que eran de la misma especie, pero era diferente”.
La sorpresa de los investigadores fue que en las dos caras de la montaña hallaron especies hermanas, pero que no eran la misma. “Y luego, en Tapichalaca —otra reserva, muy cercana—, hallamos una tercera especie. Es decir, casi en la misma montaña, tres especies distintas. Es algo único que nos asombra como especialistas”, agrega Armijos.
El investigador del Museo de Zoología de la UTPL luce emocionado, como si fuera un juglar contándole un cuento a un niño. Explica que los cantos de cada rana sirven para diferenciar entre especies. “Esto muestra grandeza en términos de biodiversidad”.
La importancia de los corredores
La historia del corredor ecológico Podocarpus-Yacuri inició en 2004, en Loja, justo en los alrededores del parque nacional Podocarpus. Eso lo sabe bien Fabián Rodas, coordinador del Corredor Transfronterizo Andino-Amazónico, en la fundación Naturaleza y Cultura Internacional (NCI), organización que además del Podocarpus-Yacuri concibió el primer corredor —el Sangay-Podocarpus—, y que ha impulsado este modelo en el país a través de acuerdos con municipios, otras ONG, la academia y otros actores locales.
“En el sur de Ecuador, históricamente ha habido pocas áreas protegidas”, dice Rodas. Explica que al ser una zona con gran cantidad de minerales siempre ha sido vista por el Estado como propicia para la minería. “Empezamos a inventar nuevas formas de conservación”, agrega.
En 2007 llegó otro hito: el reconocimiento por parte de la Unesco de la reserva de biósfera Podocarpus-El Cóndor. Y, al poco tiempo, con ese impulso nacieron las ACUS: áreas de conservación y uso sostenible: acuerdos con gobiernos locales para proteger zonas biodiversas que no constan en el SNAP. Al principio se llamaban reservas municipales o áreas ecológicas, pero, en suma, eran ecosistemas protegidos por normativas locales.
Las Metas de Aichi y posteriormente las metas del Acuerdo Kunming – Montreal, establecen que para 2030 los países deberían tener al menos el 30 % de su territorio en áreas protegidas y conectadas. Fue entonces cuando los biólogos y activistas comenzaron a pensar en el sistema de corredores.
Rodas lo explica con detalle: “Desde la ecología sabemos que, aunque tengas un área protegida, las especies empiezan a desaparecer y a alterar sus ciclos o su genética si no tienen conexión con otras poblaciones de otros espacios. Entonces, las áreas protegidas no funcionan si las vemos como islas, por separado. Por eso se incorpora este concepto de conectividad, científicamente comprobado”. El experto menciona que en el caso de las reservas de biósfera, sus áreas núcleo están separadas: el Podocarpus, el Yacuri, el Cerro Plateado, “pero, ¿qué tenemos entre estas áreas? Ecosistemas que deberían ser conservados”.
En 2012 se plantearon por primera vez la posibilidad de crear el corredor Sangay-Podocarpus. Durante seis años fueron creando ACUS locales en la zona y en 2018 llevaron el proyecto al Ministerio de Ambiente.
“Nos dijeron que estaba bonito, pero no podían reconocerlo porque no tenían legislación. Así que nos pusimos a trabajar en ello”, recuerda Rodas. Dos años después, en 2020, lograron que se expidieran los ‘Lineamientos para el diseño, reconocimiento y gestión de los corredores de conectividad en Ecuador’, a través del acuerdo ministerial 019. Ese documento ha sido la base para todo lo que vino después.
“Desde mi punto de vista, los corredores tienen dos funciones. Primero, son un espacio geográfico delimitado, con coherencia ecosistémica, formado por varias unidades de conservación y destinado a proteger la biodiversidad. Segundo, un espacio de colaboración interinstitucional, una plataforma de trabajo para juntar actores locales: ONG, universidades, municipios, ministerio, cooperación internacional”, dice Rodas.
Nancy Hilgert, directora zonal del Ministerio de Ambiente en Loja, tiene su oficina en la entrada del Podocarpus. Sentada en un comedor ubicado en el segundo piso, sirve café. Usa ropa de campo porque pronto saldrá a hacer un recorrido por el parque.
“La importancia de estos corredores no es solamente por la biodiversidad, sino también por el agua”, dice, mientras sirve un recipiente con pan para acompañar el café. “Aquí en el Podocarpus está el nacimiento de la cuenca del río Puyango y del Catamayo que se vuelve Chira en Perú. Proveemos el agua para miles de personas. En cada una de estas quebraditas, de estas hojas, en los árboles, hay agua. Entonces, mientras más áreas de conservación tengamos, más agua”.
Trascender la frontera
Una vez reconocido el corredor ecológico Podocarpus-Yacuri, se debe construir su modelo de gestión. Lo urgente, según Cisneros, es fortalecer este grupo de reservas que están cerca de los parques nacionales. Pero también luchar contra la minería ilegal.
“Para ayer [inmediatamente] deberíamos solucionar lo del Podocarpus: la erradicación de los 4000 mineros. Hace falta una intervención. ¿De qué corredor estamos hablando si tienes mineros ahí? En el Yacuri no es tan grave, pero tienes a un ladito una concesión. E, igual, hay reportes de campamentos fuera del área”, dice.
El Podocarpus-Yacuri también es un hito importante para algo más grande: el ‘Corredor de conservación transfronterizo andino-amazónico para la conectividad ecológica Ecuador-Perú’; el primer corredor binacional, que abarca más de dos millones de hectáreas entre el sur de Ecuador y el norte de Perú.
Esta propuesta transnacional está conformada por tres corredores nacionales: el Sangay-Podocarpus y el Podocarpus-Yacuri, en Ecuador, y el Andes del Norte, en Perú. El proyecto es impulsado por la NCI y otras organizaciones, como Bios, en Perú, y tiene el aval de los ministerios del Ambiente de ambos países. Entre los tres corredores se cuentan 58 unidades de conservación, con el 56 % del territorio protegido y 23 áreas claves para la biodiversidad (KBA).
Los gobiernos de Ecuador y Perú —en un encuentro bilateral — reconocieron oficialmente este corredor este 15 de diciembre; e instruyeron a sus instituciones a coordinar e implementar acciones permanentes que impulsen la investigación científica, la conectividad ecológica y el desarrollo armónico de los habitantes de la zona.
Para Fabián Rodas, la conexión de estos tres corredores es fundamental: “Toda la Cordillera de Los Andes comparte ecosistemas, especies, cuencas hidrográficas. En este espacio nacen tres cuencas binacionales. Además del tema biodiversidad, hay un tema de agua muy importante. Por eso, no podíamos ver al corredor Sangay-Podocarpus o al Podocarpus-Yacuri como aislados, teníamos que mantener esa conexión con Perú”.
Y Diego Armijos, el investigador del Museo de Zoología de la UTPL, tiene una razón aún más profunda: “Las especies no siguen las barreras políticas, ocupan hábitats y ecosistemas, que son continuos. El corredor binacional es una oportunidad de entender que el funcionamiento de la naturaleza no se restringe a los países; y que los esfuerzos de conservación pueden ser más eficaces si se hacen en escala más grande. La conservación tiene mucho más peso así”.
Por Antonio Paz Cardona/ via Mongabay.com
Foto: Alexis Serrano Carmona









