¿Qué error cometen los padres cuando sus hijos crecen (y cómo evitarlo)?

Una vez escuché que los padres tienen la misión de educar a sus hijos, luego – a partir de cierta edad – acompañarlos y, finalmente – cuando alcanzan la adultez -, rezar por ellos. El comercial de Lay’s que hoy te quiero compartir («Last Harvest») cuenta una historia sobre el legado familiar… pero también sobre el momento en que toca «dejar ir».

La herencia que un padre deja a sus hijos no es una lista de mandatos ni un manual de expectativas rígidas, sino una presencia que acompaña y una autoridad que impulsa la libertad.

Se trata de un acto de amor complejo pero necesario: soltar cuando los hijos ya no puede vivir dependiendo de sus padres, sino desde su propia vocación. Al fin y al cabo, la Providencia divina opera de la misma manera: no anula nuestra libertad; la forma, la respeta y busca siempre nuestro bien esencial.

1. Padres e hijos: una presencia que acompaña

En su exhortación Amoris Laetitia, el Papa Francisco explica que un padre debe estar cerca de sus hijos mientras crecen, pero advierte con claridad sobre el riesgo de confundir el cuidado con la posesión: ser un padre presente no significa ser controlador, ya que el exceso de control eclipsa a los hijos y no los deja desarrollarse.

Cuando la autoridad paterna madura, deja atrás el «me obedeces porque lo digo yo» y se transforma en un «yo te acompaño, te escucho y respeto tu espacio».

Esta manera de educar tiene que adaptarse con flexibilidad a cada etapa. Durante la infancia, el padre ofrece un sostén que enseña límites con ternura; en la adolescencia, aprende a escuchar más de lo que dicta para ayudar a gestionar los miedos y deseos de esa edad; y en la juventud, orienta sin imponer ni quitar la libertad de elección.

2. El valor de soltar cuando el amor ya no dirige

Llega un punto en que el amor de un padre se mide por su capacidad de no sustituir a sus hijos en sus propias elecciones. Aunque el hecho de dejarlos ir, seguir sus caminos, se sienta a veces como una pérdida o un vacío, desde el punto de vista de la fe es el mayor acto de confianza posible.

Lo mismo hace Dios con nosotros. Su Providencia no consiste en eliminar mágicamente los problemas o la incertidumbre del camino, sino en confiar y respetar nuestra propia libertad. Dios no nos salva quitándonos el protagonismo de nuestra historia – incluso cuando quisiéramos que lo hiciera, ¿no sería más fácil, no nos ahorraría muchos problemas? -, sino invitándonos a actuar por el bien del otro, confiando en nuestras libres elecciones.

Cuando a los padres ya no les corresponde dirigir la vida de sus hijos, su papel pasa a ser – como decía al comienzo – el de rezar por ellos, bendecirlos, sostenerlos desde una distancia sana.

3. Dejar ir… ¿qué significa en realidad?

Soltar no es lo mismo que volverse indiferente, frío o desentenderse de los hijos. Al contrario, es aceptar que Dios trabaja a través de la historia real de las personas, donde incluso los errores y las dificultades pueden ser asumidos y superados.

¿Te has preguntado alguna vez si estás amando a tus hijos para que sean libres o por la necesidad de sentir que todavía dependen de ti? ¿Estás dispuesto a aceptar que el bienestar y el proyecto de vida de tus hijos pueden ser muy diferentes a lo que tú habías planeado? Porque el amor paterno verdadero deja a un lado sus propias expectativas para permitir que la vocación auténtica de un hija pueda surgir, realizarse, plenificarse.

Y una paternidad que deja huella es la que forma para la vida real a través de una presencia sin control y un consejo sin presión… en la intimidad de la respuesta de los hijos al plan que Dios les propone y señala.

Por María Belén Andrada-Catholic Link
 

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