Es la pregunta que, cada vez más, jóvenes se hacen. Mariolina Ceriotti Migliarese —neuropsiquiatra infantil, psicoterapeuta familiar y madre de seis hijos— responde con un mapa de tres claves para entender qué necesita un hombre para serlo de verdad, y qué pasa cuando le falta alguna.
La pregunta no es un golpe bajo: es un síntoma. Algo se ha roto en la forma en que entendemos la masculinidad de tal manera que la palabra misma nos parece tener una cierta connotación negativa. La lucha contra el abuso de poder masculino, justificada y necesaria, ha provocado que el péndulo cultural se mueva tanto que hoy la fuerza, la iniciativa y la protección —atributos masculinos legítimos— se miran con la misma sospecha que el abuso que se quería combatir. Como consecuencia, muchos hombres ya no saben qué significa, en la práctica, ser uno.
Mariolina Ceriotti Migliarese lleva años escuchando esa confusión en su consulta de Milán. En su libro Masculino. Fuerza, eros, ternura (Rialp), sostiene que ser hombre se sostiene sobre tres pilares que deben vivirse integrados. Cuando uno falta, o se desborda sin los otros dos, la masculinidad se deforma, y con ella se resiente todo lo que depende de ese hombre: su esposa, sus hijos, su trabajo.
La fuerza: iniciativa que se hace cargo
La fuerza no es músculo ni autoridad impuesta: es la capacidad de tomar la iniciativa y asumir la responsabilidad que de ella se deriva. Cuando un hombre no la ejerce, no desaparece sin más: se transforma en impotencia —pasividad, ausencia, indecisión crónica— o se desborda en prepotencia —control, dureza, imposición.
Se nota en lo cotidiano más que en los grandes gestos. Es el esposo que toma la iniciativa de resolver un conflicto en lugar de dejarlo enquistarse por orgullo, el que protege una cita de pareja sin pantallas, el que se anticipa a las necesidades de su esposa en lugar de esperar a que ella se lo pida todo. Con los hijos, es tener presencia real de tiempo —no solo proveer— y poner límites con firmeza y cariño a la vez.
El eros: la energía que da vida, no la que se consume
El eros, es la energía vital, el deseo que mueve a un hombre hacia algo o hacia alguien, lo que da entusiasmo y capacidad generativa a lo que hace. El cuerpo del hombre refleja su verdad: el hombre es donación. Su contrario no es la castidad, sino dos desviaciones: el eros apagado —rutina sin vida, trabajo sin pasión, deseo conyugal que se diluye— y el eros narcisista, que se repliega sobre uno mismo en busca de gratificación propia en lugar de orientarse al otro.
En el matrimonio es donde más se nota. Mantener viva la atracción hacia la esposa a través de los años —incluso en etapas de agotamiento extremo con hijos pequeños, o cuando la intimidad está limitada por salud— no depende de grandes gestos, sino de cómo se miran, se hablan y se buscan. En la paternidad, el eros sano se reconoce en el gusto genuino por ver crecer a los hijos y enseñarles algo de uno mismo, no en vivirlos como una obligación o como una extensión de los propios logros.
La ternura: la fuerza que se permite ser vulnerable
El tercer pilar suele ser el más difícil de aceptar, porque a muchos hombres se les enseñó que mostrar vulnerabilidad «no es de hombres». Ceriotti la define como la capacidad de cercanía, contacto y vulnerabilidad. Si desaparece, la masculinidad se vuelve fría y funcional. Si se confunde con falta de estructura, degenera en permisividad o en una dependencia emocional excesiva.
Se ve en gestos pequeños: el padre que juega en el suelo y consuela directamente a sus hijos sin delegarlo todo a la madre, el esposo que reconoce ante su familia que no tiene todo resuelto sin sentir que eso lo disminuye, el que escucha con empatía real a un colega sin reducirlo a un número de resultados.
Para que esta ternura aparezca, alguien debe crear antes el espacio seguro donde sea posible mostrarla. Si la respuesta a la vulnerabilidad masculina es el desprecio, la comparación con otros o hacerse cargo emocionalmente de inmediato, el hombre se retrae y vuelve a esconderse detrás de la fuerza o el silencio.
Por qué esto no es un capricho personal
Integrar estas tres dimensiones no tiene que ver con la «autorrealización» del varón, sino con algo más concreto: las consecuencias de vivirlas —o no— recaen directamente sobre quienes dependen de él. Un esposo con fuerza pero sin ternura genera seguridad sin cercanía. Uno con ternura pero sin fuerza genera cercanía sin protección ni estructura. Y un matrimonio sin eros integrado se convierte, tarde o temprano, en una sociedad de gestión doméstica compartida, sin vida propia como pareja.
Para los hijos, el efecto es todavía más decisivo, porque con el ejemplo de sus padres forman su primera imagen de lo que es «ser hombre». Un padre que decide, protege, está presente afectivamente y disfruta genuinamente de ellos les ofrece un modelo integrado, muy distinto del padre solo proveedor, solo autoritario o solo «amigo».
El diagnóstico de Ceriotti apunta más lejos todavía: si los varones no recuperan esta masculinidad integrada, el costo no se queda en lo privado. Las familias sin un padre presente en sus tres dimensiones tienden a reproducir, generación tras generación, los mismos patrones de impotencia o prepotencia que hoy se cuestionan. Romper ese ciclo empieza en casa.








