¿Quién ha dicho que no se pueda tener muchos hijos?, Berta Lamas madre de 10

Berta, el alma de la cuenta @12encasa, cuenta cómo la muerte de su madre en la pandemia le enseñó a desapegarse de las cosas, qué hizo cuando uno de sus hijos se marchó de casa y por qué cree que el marido va antes que los hijos.

Berta tiene diez hijos, cinco de ellos ya casados, diez nietos y dos más en camino. Vive en Albacete con su marido, Eric, y es la cara visible de «12 en casa», una cuenta de Instagram que sus hijos abrieron durante la pandemia y que se ha hecho viral mostrando el día a día de una familia numerosa católica. 

Ella, curiosamente, no tiene redes personales, sino que es su familia la que muestra su vida cotidiana. En una larga entrevista en Rebeldes Podcast ha hablado de fe, de crianza y de crisis, y de una escena que, según confiesa, le dio la vuelta al corazón: el día en que abrió la urna con las cenizas de su madre.

Lo de los diez hijos se lo preguntan tanto que ya tiene la respuesta de memoria. “¿Quién ha dicho que no se pueda tener muchos hijos? ¿Por qué tengo que estar yo continuamente explicando a todo el mundo por qué? Porque Dios me los ha regalado, porque queremos, porque teníamos un proyecto en común mi marido y yo”. 

Viene de una familia “hipernumerosa” como ella misma dice, con abuelos que tuvieron once hijos y ochenta primos hermanos, y no ve motivo para pedir perdón. Tampoco lo pinta de color de rosa: las dos pequeñas llegaron cuando ella tenía 45 y 48 años, y reconoce que pasó “una crisis” viendo a sus amigas libres mientras ella volvía al parque. “Pero al final los ves a todos, ves a estas niñas, y son lo mejor que hemos hecho”.

«Aquí no están tus joyas, mamá»

Su madre, gallega y “una enamorada de la belleza”, ingresó en el hospital el 17 de marzo de 2020, el día en que cerraron los colegios. El 13 de abril llamaron a Berta para decirle que había muerto sola en la UCI. No pudo despedirse. Su madre siempre había querido ser enterrada de cuerpo presente en Galicia; diez días después, a Berta le entregaron una urna con las cenizas.

Se sentó en el sillón de su cuarto y la abrió. “Ostras, esto es mi madre. Aquí no están tus joyas, mamá. No están tus cortinas, ni tus nietos que adorabas, ni tus hortensias. No hay nada”. Lloró, y algo se movió por dentro. “Pensé que te vas sin nada, que se queda todo aquí. Que lo único que te llevas es lo que te llevas al cielo”.

Lo que vino después lo llama su desasimiento: pintó la casa, quitó cuadros, se deshizo de collares y vació armarios. Sus hijos quisieron repetir el gesto de la urna, cada uno con su propio encuentro con la abuela, y en casa el desapego se ha convertido en broma recurrente: “Mamá, esos CD son míos, déjame que me desasa yo”. 

No tienen casa en propiedad ni la echan de menos. “Os vamos a dejar la fe y lo que habéis vivido en casa. Esa es la mejor herencia”, les repite. Una urna pesa poco, pero hay lecciones que no caben en ningún testamento.

Móvil a los 16 y la puerta cerrada a las tres

Sobre la fe en casa, Berta no se anda con rodeos. Se propone, no se impone, pero con un chaval de 15 años “no se elige”: “Yo no doy guantazos para que vayan a misa, pero se va a misa. Lo saben”. Ella responde con los hechos: sus cinco hijos casados salieron de casa libres para elegir, y los cinco han elegido la fe.

La disciplina tiene capítulos muy concretos. Ninguno de sus hijos tuvo móvil hasta los 16 años, porque darle uno antes a un niño es, dice, ponerle “un arma nuclear de destrucción masiva en las manos”. 

Nacho, uno de los pequeños, le acaba de contar que sus amigos le envidian todo lo que él no se perdió de su infancia. También había hora de llegada, y pasadas las tres de la madrugada Eric, de puntualidad germánica, echaba la llave.

También contó en el podcast que hubo un hijo que se marchó porque no quería vivir con esas normas. Se fue, volvió con condiciones, se volvió a ir, con la ropa en bolsas de basura porque “las maletas son mías”, explica Berta. Cuando regresó de verdad, le prepararon su comida favorita y le hicieron una fiesta “como al hijo pródigo”. Hoy está casado, se ha comprado un piso y va a ser padre. “¿Dónde estaban los amigos? ¿Dónde estaban las ideologías de las redes sociales? Al final, quien estaba era la familia”.

Un bizcocho de amapola en el hospital

El matrimonio es, para Berta, la primera trinchera. Se casó con 20 años; Eric, hijo de madre alemana y padre valenciano, tenía 25 y era católico no practicante. Para seguir adelante tuvo que hacer las catequesis del Camino Neocatecumenal “libremente”, una fórmula que todavía arranca carcajadas en la familia. Hoy es salmista y no sale de casa sin la guitarra.

Hace poco lo operaron tres veces en ocho días. El hombre que nunca se ponía enfermo acabó en una cama de hospital, y ella descubrió todo lo que daba por hecho: quién hacía la cena, quién llevaba a la niña a tenis, quién bajaba la basura. 

Cada tarde, a la misma hora, le llevaba un café de la calle y un bizcocho de semillas de amapola. “Él con su pijama lleno de tubos y yo con nuestro bizcocho. Era nuestra cita. Ahí nos hemos reencontrado como matrimonio”.

De ahí sale un consejo: “Que los matrimonios cuiden mucho más su relación que a los hijos”. Los hijos se van, recuerda; el que se queda es el de al lado, y si no lo has cuidado, “te va a dar hasta miedo”. A quienes están a punto de tirar la toalla les pide que no lo hagan y que busquen ayuda en un sacerdote, en la Iglesia o en los cursos de orientación familiar.

Si pudiera colgar una pancarta en el cielo, ya sabe qué pondría: “El amor lo cura todo”. Su hijo Carlos lo ha llevado un paso más allá y ha estampado unas sudaderas con una cruz, una sonrisa y dos palabras: amor y humor. Con diez hijos en casa, sospecho que no existe otra receta que funcione.

Fuente religión en Libertad
Foto IG 12encasa