Raíces que sostienen: la importancia de recordar de dónde venimos

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Hay momentos en la vida en los que el pasado nos llama. A veces basta una foto antigua, una frase o un aroma que nos transporta a otro tiempo.

En abril, durante una visita al centro de Guayaquil, recordé a mi Nonno, Carlín Frugone. Inmediatamente recordé que este año se cumplen cuarenta años de su fallecimiento, y pensé, con pesar,  que mis hijos —su cuarta generación— apenas saben de él más que su nombre y que tuvo el Almacén Carlín. 
Sentí la urgencia de recuperar su historia, de reconstruir la memoria familiar. Invité a mis primas, que guardan recuerdos más nítidos, y a mi tía, lúcida y entusiasta a sus noventa años a reconstruir su historia.  Fotos iban y venían y versiones diversas que con ayuda de mi amigo el Chat GPT se fueron comparando y construyendo los contextos históricos.  Finalmente hace unas semanas nos reunimos en mi casa después de una misa familiar y conectamos por Zoom con los que viven fuera. Compartimos una presentación que recogía nuestro incipiente oficio de historiadoras familaires, la que hilaba la historia del Nonno, ubicándola en su contexto: el joven de Liguria, 8vo hijo de una familia campesina,  que llegó a Ecuador a los 14 años, un 13 de junio del 1913 en plena Revolución Liberal, en un Guayaquil cosmopolita abierto a los extranjeros. El Nonno formó parte de la gran ola de migración italiana que empezó a finales en las dos últimas décadas del Siglo XIX y que explican la gran descendencia italiana en Argentina, Uruguay, Brasil, menos pero también importante, en Ecuador. 
En ese evento de compartir la historia del Nonno, comprendimos que rescatar esa historia era más que un homenaje: era un modo de entendernos. En su esfuerzo y su solidaridad reconocimos la raíz de muchos valores que seguimos cultivando. Y al ver a los jóvenes de la familia emigrar hoy hacia Europa —tomando, sin saberlo, el camino de regreso del Nonno— sentimos la fuerza de esa continuidad: buscar nuevos horizontes, pero llevando siempre las raíces dentro.

La historia como ancla y brújula

Desde la psicología del desarrollo sabemos que la identidad no se construye solo con lo que vivimos, sino también con los relatos que nos contienen. Somos las historias que nos contaron —y las que elegimos seguir contando. 
Cuando un niño conoce de dónde vienen sus abuelos, qué oficios tuvieron o cómo se formó su familia, se siente parte de una trama más amplia. Esa conciencia le da lugar y sentido. Las familias que conservan relatos compartidos suelen tener una identidad más sólida, porque recordar es también reconocerse. 
En cada generación esos relatos se transforman, pero mantienen su esencia: nos orientan sobre lo que valoramos y sobre lo que no queremos repetir. Recordar no nos ata al pasado; nos ayuda a entender cómo llegamos hasta aquí y qué parte de nosotros proviene de esa historia.

La historia compartida fortalece los vínculos

Contar y escuchar historias familiares es una manera de querernos. Cuando un abuelo narra su infancia o una madre recuerda la llegada de su primer hijo, no transmite solo datos, sino emociones, valores y formas de mirar el mundo. 
En tiempos donde las conversaciones se dispersan entre pantallas, las historias familiares se vuelven un refugio. Ver fotos antiguas, cocinar una receta de antaño o preguntar por el origen de un apellido son gestos sencillos que alimentan la pertenencia. 
No hacen falta ocasiones solemnes: basta una sobremesa larga o una tarde tranquila. Escuchar a los mayores nos acerca, nos ayuda a entenderlos y también a comprendernos. Cada familia guarda en su memoria una manera de decir “nosotros”, y ese “nosotros” sostiene el sentido de continuidad que necesitamos para sentirnos parte.

Reconstruir también es sanar

No todas las historias familiares son luminosas. Algunas están marcadas por silencios o heridas que cuesta nombrar. Sin embargo, incluso esas merecen ser contadas, con compasión y sin juicios. 
Mirar el pasado con empatía nos permite comprender las condiciones en las que vivieron nuestros antepasados. Un padre distante o una abuela rígida pueden entenderse mejor cuando pensamos en las dificultades, las pérdidas o los modelos de crianza de su tiempo. Humanizar no es justificar: es reconocer que muchos hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. 
En psicología se habla de integración narrativa: dar sentido a lo vivido, reconocer luces y sombras, y transformar el dolor en aprendizaje. Cuando ponemos palabras a lo que antes fue silencio, ese peso se aligera y deja espacio para una mirada nueva. 
Reconstruir también puede sanar vínculos. Nos permite romper círculos, elegir otras formas de relacionarnos y transmitir a las nuevas generaciones historias más conscientes. No se trata de idealizar el pasado, sino de reconciliarnos con él.

Transmitir lo que somos

Cada familia es un puente entre lo que fue y lo que será. Honrar a quienes vinieron antes no significa vivir mirando atrás, sino reconocer que estamos hechos de su materia: de sus manos, decisiones y silencios. 
Las nuevas generaciones crecen en un mundo veloz, donde todo se fotografía y se comparte, pero a veces se olvida mirar lo que nos une. Hablar de la historia familiar no es enseñar fechas, sino transmitir sentido. Una conversación con un abuelo, una carta guardada o una foto explicada con calma son gestos pequeños y profundos que nos conectan con nuestra historia. 
Contar las historias también es un acto de esperanza: confiar en que lo que fuimos tiene algo que decir al futuro. Podemos narrarlas desde la gratitud o desde la reflexión, incluso las que duelen, para que no se repitan. Recordar y compartir nos hace parte de algo más grande: una continuidad que nos da sostén.

Raíces vivas

Pensar en el Nonno me ayudó a entender que las raíces no son anclas que detienen, sino raíces vivas que nos sostienen. Su historia —como la de tantos abuelos y abuelas— sigue creciendo a través de las generaciones, no por lo que poseemos, sino por lo que aprendimos: la dignidad del trabajo, la palabra dada, la alegría de los vínculos y la capacidad de reinventarse ante los desafíos. 
En una época fugaz, rescatar la historia familiar es un acto de amor. Nos invita a mirar con gratitud y a reconocer que lo que somos no nació de la nada: se construyó con los sueños, los gestos y los silencios de quienes nos precedieron. 
Quizás por eso, cuando contamos una historia familiar, en realidad decimos: “Aquí sigo, sigo siendo parte de ustedes.” Y en ese hilo invisible entre generaciones encontramos un refugio, una raíz y un sentido. Porque cuando recordamos de dónde venimos, no caminamos solos.

Marcela Frugone J.

PhD en Psicología del Aprendizaje. Docente e investigadora.

Pienso el desarrollo humano desde lo cotidiano. Escribo para abrir conversaciones y sostener vínculos. La ciencia también se vive.

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