Un testimonio crudo, honesto y profundamente humano que recuerda que ninguna vida está perdida cuando hay fe, familia y acompañamiento.
Charles Jonathan Sancán Tumbaco habla sin rodeos y relata su historia con profunda sinceridad. Originario de Guayaquil, hoy a sus 36 años de edad, comparte cómo su trayecto marcado por la adicción, la calle, la pérdida y, finalmente, la recuperación, ha sido una historia de esas que sacuden, pero también reconcilian con la esperanza; su vida es testimonio vivo de que la gracia puede abrirse paso incluso en los escenarios más oscuros.
Charles comenzó a consumir sustancias a los 12 años, una edad en la que la infancia debería estar protegida, no expuesta. “Probé por influencia de amistades”, cuenta, y ese primer contacto fue suficiente para iniciar una dependencia que se profundizó con el tiempo. Al inicio fue marihuana; años después, entre los 18 y 20, llegó la “H”, ese fue el punto de quiebre más grave de mi vida”, reconoce. El consumo lo llevó a tocar fondo, dejándolo en situación de calle, rodeado de personas que compartían estos mismos hábitos. El deterioro físico, la tristeza y la desesperación se volvieron visibles incluso para quienes lo cruzaban en la calle. “Recogía basura para conseguir unos dólares y comprar droga”, recuerda con angustia. No era solo pobreza material: era una profunda ruptura interior.
Cuando el dolor se vuelve llamado
Dos muertes marcaron un antes y un después. Dos amigos cercanos fallecieron por consumo de drogas. Ese golpe lo confrontó con una posibilidad real: terminar igual. “Ahí empecé a pedirle ayuda a Dios”, dice. El miedo a la muerte se transformó en una súplica silenciosa, casi desesperada, pero auténtica. La respuesta llegó a través de su familia. Su padre, al verlo al límite, intervino: buscó a una especialista e ingresó a Charles en un programa ambulatorio de rehabilitación. El proceso fue duro. Un año sin celular, sin pareja, con terapias constantes y reuniones obligatorias. “Adaptarme fue muy complicado”, admite. Pero ese orden externo fue necesario para empezar a reconstruir lo interno.
Reintegrarse a la vida cotidiana tampoco fue inmediato. Pasaron tres años antes de lograr estabilidad laboral y volver a usar el transporte público con normalidad. Reconstruir hábitos, rutinas e identidad fue doloroso, pero imprescindible. En medio de todo, Charles tomó una decisión clave: terminar la escuela en un sistema nocturno, complementando su rehabilitación con deporte, trabajo honesto, disciplina y apoyo familiar.
“Para mí, soy un verdadero milagro”
Mi resurgir
Charles pone palabras lo que significa volver a vivir: “Imagínese vivir así durante uno, dos, tres años… y luego conseguir un trabajo, una tarjeta de débito, ganar 300 o 400 dólares al mes. ¿Qué siento ahora? Me siento pleno”, comenta. La plenitud, aclara, no depende del dinero ni del empleo. “Hoy disfruto mi vida, independientemente de si tengo trabajo. Me levanto tranquilo, sabiendo que ya no arrastro ningún problema relacionado con las drogas”. La sobriedad no es solo abstinencia: es paz.
Cada día agradece a Dios y a quienes lo ayudaron cuando más lo necesitaba. El 2 de enero celebró siete años limpio, una fecha que lo invita a mirar atrás y reconocer cuánto ha cambiado su vida. “Mirar a mi mamá y saber que está tranquila por mí llena mi corazón”, confiesa. Y añade una frase que resume todo: “Para mí, soy un verdadero milagro”.
Un amigo le dijo una vez algo que lo marcó profundamente: tal vez las personas que perdió murieron para que él pudiera vivir. Charles no intenta entenderlo todo, pero sí agradecer. “Solo puedo estar agradecido con Dios por el regalo de estar vivo”.
El papel insustituible de la familia
Actualmente vive con su mamá y sus hermanos. Su padre falleció cuando Charles llevaba un año y medio limpio. “Murió en paz porque pudo verme bien”, dice con emoción. Durante el proceso de rehabilitación, su papá fue un apoyo constante: lo acompañaba a las terapias, hablaba con los especialistas, celebraba cada prueba antidrogas negativa. “Incluso me tomaba de la mano camino a las terapias, como si yo fuera un niño”.
Hoy, Charles es un pilar para su familia. Ayuda en lo económico, organiza las finanzas y procura mantener el equilibrio del hogar. “Siento que este era el propósito que mi papá tenía para mí”, reflexiona. La familia no solo lo sostuvo: ahora él sostiene.
“Me recuperé para no volver a drogarme nunca jamás.”
Sobriedad: una decisión diaria
La rutina, la reflexión y la humildad son su ancla. Ve en la calle reflejos de su pasado y eso refuerza su decisión. No desde el miedo, sino desde la conciencia. Charles es claro: la recuperación no termina nunca. “Uno nunca deja de ser adicto”, afirma. Por eso asiste a reuniones de apoyo y se recuerda constantemente de dónde viene. “Mi mente a veces intenta convencerme de que puedo tomar una cerveza, pero me detengo. Sé que ese camino no lleva a nada bueno”.
Si bien, hoy trabaja principalmente en construcción, no tiene un empleo fijo, pero tampoco se queda quieto. “Siempre hay algo”, dice. Vive el presente con responsabilidad y el futuro con esperanza. Está soltero y sueña, si Dios lo permite, con formar una familia algún día. Ahora que lleva bastante tiempo limpio siente que su familia está tranquila sabiendo dónde está y cómo lleva adelante su vida. “Mi mamá ya no se preocupa como antes gracias a todo lo que he logrado”.
Psicología, prevención y servicio
Uno de sus grandes anhelos es estudiar Psicología. No solo como profesión, sino como camino de autoconocimiento. “Quiero entenderme mejor y aprender sobre adicciones”, explica. También desea ayudar a otros. Y ya lo hace, Charles comparte su testimonio con jóvenes, adultos, consumidores y no consumidores. “Hablar de esto es prevención”, asegura. Ha visitado colegios y participado en charlas, advirtiendo con claridad: “Si alguien te ofrece drogas, di que no. No sabes las consecuencias”.
Desde su experiencia, insiste en que la prevención debe empezar desde la infancia y que las adicciones deben abordarse como un problema de salud pública. Pero, sobre todo, subraya algo esencial: nadie se recupera solo. “El acompañamiento familiar es fundamental, especialmente al inicio del proceso, porque mantenerse sobrio es un reto grande y difícil de afrontar estando solo”, afirma. Añade, además que “una familia presente puede ser el pilar que evite recaídas y asegure un mejor futuro para quien está luchando por recuperarse”.
La historia de Charles no es solo un relato de superación personal. Es un llamado urgente a mirar con compasión, a no rendirse ante el estigma, a creer que la vida siempre puede renacer. Con fe, apoyo y decisión, incluso el abismo puede convertirse en camino.
Por Arcadio Arosemena Robles









