María Martínez Gómez, ex enfermera abortista. Un intento de suicidio, un viaje a Nepal y una Hermana de la Caridad la hicieron encontrarse con Dios y dedicar el resto de su vida a dar su testimonio.
Amaia Martínez Gómez (Barakaldo, 1973) había sido bautizada en la Iglesia católica. Cuarenta años después cambiará su nombre por el de María, pero antes tendrá que hacer una durísima travesía por el desierto, hasta volver a nacer de nuevo. Se distanció de la Iglesia hasta el punto de aborrecerla y de buscar la apostasía. Se volvió atea y se abrazó a la versión más radical del feminismo, experimentando así un odio visceral hacia los hombres y hacia la maternidad, y convirtiéndose en una defensora a ultranza del aborto en nombre de la liberación de las mujeres.
Con esos ideales, comenzó a ejercer como enfermera en una prestigiosa clínica abortista de Bilbao. Al poco de ser contratada, mientras arrojaba los restos de un bebé a la trituradora, vio un diminuto pie de unas ocho semanas. Por un momento se turbó y se preguntó qué estaba haciendo: “¿Y si ese pie es de una niña? ¿Así defiendo yo a las mujeres?”. Lo comentó con una compañera y esta le aconsejó: “Si quieres seguir trabajando aquí, eso que has visto es un coágulo de sangre”.
María reconoce que “gozaba de todo lo que había soñado tener”. Sin embargo, tenía un “grandísimo vacío que intentaba llenar” con escapadas a la montaña y coqueteando con el budismo. Aunque había empezado a trabajar en el abortorio “porque era donde más dinero podía ganar como enfermera”, acabó dejando el trabajo para montar una clínica de fisioterapia. Un día, tras casi dos décadas de matrimonio, su marido la dejó. El golpe fue tan fuerte que pensó en suicidarse. En ese momento, un amigo nepalí la llamó para pedirle que fuese como voluntaria a Nepal, para ayudar a los afectados en el terremoto de 2017. Buscaban personal sanitario preparado para la alta montaña, así que viajó al Himalaya como budista… y con la intención de morir de un modo altruista: “Pensaba dar un traspié –confiesa– y acabar con mi vida”.
“Él me mostró que en eso consiste la misericordia: solo importa lo que suceda de ahora en adelante juntos”
Pero Dios tenía otro plan. En el Himalaya, en un cruce de caminos, se topó con las Misioneras de la Caridad. Una de ellas se dirigió hacia ella sin mediar palabra y la invitó a su casa. Amaya no le hizo caso, pero no pudo dormir esa noche pensando en la religiosa. Finalmente, y con no pocas peripecias, acudió a primera hora de la mañana y las Misioneras le invitaron a la misa. Aunque les dijo que debía tratarse de un error (“era ateísta practicante, feminista radical y odiaba a la Iglesia”), accedió a entrar, hasta que la religiosa le aclarase qué quería de ella.
A los pocos minutos de comenzar la Eucaristía, Amaya escuchó una voz que le decía: “Bienvenida a casa”. “Pensé que la altitud me había afectado. Pero volví a escuchar: ‘Bienvenida a casa, cuánto has tardado en amarme’. Y supe que tenía que mirar a la cruz de Cristo. Caí de rodillas en el suelo, puse mi frente en la alfombra y lloré por la tristeza de haberme alejado del amor de mi Padre, mientras sentía una inmensa alegría al experimentar la misericordia de Dios”.
María entendió que cuanto había vivido era tan fuerte que no podía volver a la fisioterapia, sin más. Tenía que contar lo que le había sucedido. La primera vez que dio su testimonio fue en la diócesis de San Sebastián. El vídeo que se grabó ese día, explica, “Dios lo tocó y lo hizo viral”. Hoy acumula más de 600.000 visualizaciones en YouTube.
Desde entonces, su camino no ha sido sencillo, porque ha sufrido la persecución de la clínica en la que trabajó, aunque asegura no tener miedo porque sabe “de Quién va de la mano”. Y añade: “Hasta el último de mis días, proclamaré la verdad sobre la peste del aborto y del divorcio”.
fuente revista Misión









