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Mary Poppins es una de las películas más antiguas de Disney y una de las que más lecciones de vida nos ha transmitido.

Cuenta la leyenda familiar que mi mamá, que por la fecha del estreno tendría unos siete u ocho años, fue a ver Mary Poppins (Disney, 1964) al cine más de cinco veces. No me atrevo a decir exactamente la cantidad, pero a todos en mi familia nos quedó claro que fueron muchas.

¡Y cómo no habrían de serlo! La magia de los efectos especiales, la gloriosa música, las intensas actuaciones, lo colorido del vestuario, los decorados que te transportan a una Londres muy particular… Todo ello lo justificaría perfectamente, y de hecho, hace que esta sea también una de mis películas favoritas.

Pero, ¿qué sería de estos elementos si estuvieran aislados, si no se articularan para contar una maravillosa historia, llena de profundas reflexiones para nuestra cotidianidad? En este clásico del cine (no sólo) para niños, podemos encontrar numerosos momentos que nos invitan a pensar en la educación, en el amor, en el realismo y en la vida en familia.

 

 

Enseñanzas de Mary Poppins

En el artículo de hoy quiero compartirte tres de las muchísimas enseñanzas que Mary Poppins tiene para dejarnos, y aclaro desde ya que hay muchas más. ¡Espero que las disfrutes!

La educación nace del asombro

Uno de los momentos claves en la historia —que tengo entendido que varía respecto del libro original de Pamela Travers (1934), en el cual Disney se ha basado para su película— es el de la llegada de Mary al hogar de los Banks.

Ante el pedido de niñera que el padre de Jane y Michael había difundido en el periódico, se han reunido a su puerta muchas niñeras, aparentemente experimentadas, y seguramente serias y rigurosas. De pronto, ante los asombrados ojos del perro Andrew y de los niños, un viento fortísimo se lleva a aquella “tripulación de brujas”, y del lugar del que provenía el viendo desciende, como un ángel con paraguas, Mary Poppins.

Los niños la contemplan, alumbrada por un aura salvadora, y Michael, sin saber qué decir, comenta: “Parece que es una bruja”. Sin embargo, su hermana Jane le responde señalando lo obvio: “No puede serlo: las brujas traen escobas”.

De este modo, la presencia de la magia se instala en la casa con feliz naturalidad, pues los niños, un poco al modo de Chesterton —para quien “el reino de las hadas no es más que el luminoso reino del sentido común”—, la asumen como algo real, pero no por ello menos maravilloso: es tan maravillosa como todo lo real. Este asombro inicial, suscitado por la belleza que supone para los pequeños contar con un adulto que les enseñe y al mismo tiempo los acompañe, resulta el primer paso hacia una verdadera educación.

 

 

El amor es fructífero

La película de Disney muestra una encantadora escena en la que se explota cierto romanticismo entre Mary y su coprotagonista masculino, el deshollinador Bert. En ella, Bert ha dibujado un hermoso paisaje de la campiña inglesa, y Mary logra con su magia que tanto ellos como los niños entren al cuadro.

Mientras los niños juegan, Mary y Bert tienen su canción romántica, “Jolly holiday”. La ternura de la amistad en la que se basa este momento de romance se luce en las grotescas bromas de Bert, en los atinados elogios que le hace Mary y en cómo todo el entorno natural —las tortugas, los paraguas que vuelan unidos, los pingüinos…— acompaña ese amor.

Pero, ¡un momento! Digo aquí “entorno natural”, cuando en realidad se trata de una naturaleza que Bert ha pintado, y a la que Mary ha dado vida mágicamente. Por ello, no resulta sorprendente que todo lo que Mary y Bert hacen dentro del cuadro contagie esa hermosa alegría con la que empezó su cita: primero, a los niños; luego, a animales como la zorra rescatada, y finalmente, a toda la compañía de personajes que se une para cantar con ellos “Supercalifragilisticoespialidoso”.

En efecto, Bert y Mary, dentro del cuadro, muestran que, al decir de Santo Tomás, el bien es difusivo. Pero no sólo lo muestran en lo que hacen allí adentro, sino que el mismo hecho de que estén dentro del cuadro es el mejor ejemplo de ello: la nodriza mágica y el talentoso deshollinador han unido sus talentos y habilidades para hacer algo bello. ¡Qué gran ejemplo para que lo tomemos todas las parejas que a veces, en el trajín cotidiano, olvidamos cuánto mejores podemos ser si trabajamos juntos!

 

 

Las pequeñas cosas pueden ser las más importantes

Se trata de una de las enseñanzas más importantes de la película, que en su segunda secuencia —como se destaca en Saving Mr. Banks— se enfocará más en la figura del papá. En la canción “Feed the birds”, Mary les comenta a los niños que a veces los adultos no pueden ver más allá de su nariz, porque pasan de lado aquellas pequeñas cosas que podrían cambiarles la rutina, o permitirles comunicarse con los demás.

Esta invitación a tener en la vida una mirada contemplativa resulta fundamental en este momento de la trama, que antecede al principal punto de inflexión. Lo que sigue —¡perdón!, no quiero spoilear tanto, por si alguien no la vio— será un conflicto que demandará de parte de los niños una enorme cuota de empatía.

El asombro había constituido el primer paso. Luego, se requerirá principalmente la disposición a contemplar la grandeza de las pequeñas cosas. Y por último, ello nos permitirá abrirnos a los otros, empáticamente, con misericordia, humildad y gratitud.

Asombrada educación, amor fructífero y contemplativa atención a la belleza de las pequeñas cosas: estas tres cosas pueden y deben llevarnos a trascender aún más allá de la cotidianidad. Pueden y deben ser, además de cucharaditas de azúcar que endulcen nuestra vida diaria, alas de hilo y papel que, sostenidas por la Cruz, nos permitan elevarnos, como cometas, hacia el Cielo.

 

 

Escrito por: Maru Di Marco, Licenciada en Letras por la Universidad Católica Argentina, vía amafuerte.com

 

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