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Es momento de reconciliar a la familia, no permitir que las heridas sigan dañando nuestra sociedad.

Un doctor de notable trayectoria estaba junto con el director de una clínica visitando sus instalaciones. Dentro del recorrido llegaron a un lugar limpio y ordenado donde se encontraron con una anciana que llevaba a un bebe cargado entre sus brazos. Para el doctor, la mujer anciana no parecía en absoluto una enfermera de la clínica, fue cuando decidió preguntarle al director del hospital quién era aquella mujer. El director respondió: “Es la vieja Ana. Cuando ya hemos hecho todo por una criatura, desde el punto de vista médico, y esta sigue sin componerse se la damos a la vieja Ana, quien siempre tiene mucho éxito”. El doctor se dio cuenta que lo que la vieja Ana hacía, era mucho más que lo que lo que lo fármacos podían lograr. La anciana cargaba a los bebés cuando lloraban, y los abrazaba dándoles todo el amor maternal que necesitaban.1

 

Esta historia nos demuestra que unos cuantos minutos de gran amor maternal, que también puede ser paternal, para una criatura recién nacida representa notablemente la diferencia entre la vida y la muerte.

Mantener lazos afectivos

Con mucha frecuencia dentro de la dinámica familiar, los padres tienen dificultad para interactuar con sus hijos. El papá tiene poca o ninguna oportunidad de interactuar con su bebé para fomentar un lazo fuerte entre ellos, lo que puede contribuir a establecer un lazo anormal de “relación” en el futuro o desapego del progenitor. Muchos investigadores se dieron cuenta que una de las causales de conductas incestuosas de los progenitores o padrastros2 encuentra sus orígenes en la falta de oportunidad para establecer un lazo de conexión, especialmente con sus hijastros, durante los primeros momentos de la infancia.

En otros casos, la ausencia de los padres es causante de los grandes males sociales que hoy enfrentamos. Estos van desde altas tasas de delincuencia y violencia, embarazos adolescentes y prenupciales3. Además de cierta falta de interés en el desarrollo intelectual, que se evidencia en pruebas de inteligencia aplicadas a adolescentes donde los puntajes están por debajo de los valores normales requeridos.

La familia como pilar fundamental

La familia influye en nuestra relación con Dios y con los demás, pero no la determina de forma drástica. No podemos pensar que nuestras heridas emocionales nos dejan del todo discapacitados para amar. Algunos profesionales de la salud mental determinaron en un estudio que la falta de amor y los cuidados emocionales por parte de los padres sobresalió como la causa principal de problemas emocionales posteriores en los niños. También estos se dieron cuenta que en muchos casos los niños criados de forma inadecuada no estaban destinados a convertirse en adultos con bloqueos emocionales o incapacitados para amar.4

Como humanos erramos

Como hijos es importante no percibirnos atrapados por los patrones de conductas destructivas de nuestros padres. También es constructivo liberarnos del sentimiento de culpa, si sabemos que no pudimos criar a nuestros hijos “correctamente”. En muchas ocasiones, en nuestro rol de padres, lo único que hemos hecho es, inconscientemente, reproducir la misma herida o ejemplo que aprendimos de nuestros padres.

Dentro de nosotros viven todos nuestros recuerdos, no solo lo negativo del pasado, sino también el dolor y el amor unidos a estos. Estos sentimientos están presente y junto a ellos también Jesús está cerca. Nos podemos deshacer de las consecuencias negativas de un recuerdo, convirtiéndolo en oportunidades para amar, llevando el amor de Dios a esos recuerdos destructivos.

Cuando invitamos a Jesús a que nos toque en una herida emocional o experiencia negativa, no le solicitamos que lo borre. Su toque sanador “reconcilia nuestros recuerdos”, así como muchas veces lo hizo en el evangelio donde tocaba a las personas y estas sanaban. Cuando sanamos un recuerdo compartimos nuestro corazón a Jesús y tomamos su corazón, que tanto ama a los hombres. Así, podemos ver el pasado de forma redimida, restaurada y nueva, es como ver con los ojos de Jesús.

Por: Miguel León Astudillo

Director Metanoia

mleon@metanoia-ecuador.org

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