En este Domingo de Pascua, la Iglesia estalla en alegría proclamando que Cristo ha resucitado. El Evangelio que hemos escuchado, tomado de San Juan, nos muestra que la fe no nace de manera automática, sino a través de un camino profundamente humano, lleno de búsqueda, preguntas y, a veces, oscuridad.

“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro” (Jn 20,1). No es solo una referencia al momento del día; es también una imagen del corazón de María. Ella busca en medio de la oscuridad, busca sin entender, busca con dolor. Va al sepulcro porque ama, y cuando uno ama, no puede quedarse quieto.

María Magdalena es figura de todos nosotros. También nosotros buscamos a Jesús en medio de nuestras noches: en la incertidumbre, en el sufrimiento, en las dudas. Como dice el Salmo: “En la noche busqué al amor de mi alma” (Ct 3,1).

El Evangelio continúa narrando que los discípulos corren hacia el sepulcro: “Corrían los dos juntos… entró, vio y creyó” (Jn 20,4.8). Pero añade algo importante: “Pues hasta entonces no habían comprendido la Escritura: que Él debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Esto nos muestra que la fe es un proceso. Ver no es solo mirar con los ojos; ver es abrir el corazón. Creer es dejarse transformar. “Ver y creer”. Ver los lienzos y el sudario; y creer que Cristo vive; y no solo en la historia, sino también en nosotros. Como dirá más tarde San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, por lo tanto, es necesario ir a donde su Espíritu está vivo: en el amor concreto, en la fe sincera, en la responsabilidad por los demás. Siguiendo sus indicaciones, a Cristo lo encontramos cuando escuchamos su Palabra, comemos su cuerpo y bebemos su sangre; lo encontramos en la comunidad (Iglesia) cuando vivimos lo que Él nos enseñó: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13,34); lo encontramos cuando compartimos la vida de los pequeños y cuando acogemos a sus enviados, los profetas y pastores. A Jesús, por lo mismo, no lo encontraremos en divisiones ni en enfrentamientos estériles. San Pablo nos exhorta: “Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4,3).

El sepulcro está vacío… pero no porque todo terminó, sino porque todo ha comenzado. Como dice San Lucas: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,5-6). El Misterio Pascual es eterno y, al mismo tiempo, se hace presente hoy. Cada gesto de amor participa de esa vida nueva: “El amor no pasa nunca” (1 Co 13,8).

La resurrección, de este modo, no es solo un hecho del pasado. Es una realidad que estamos llamados a vivir hoy. Es permitir que Cristo resucite en nosotros, que transforme nuestras tinieblas en luz. Por eso, hoy la pregunta es clara: ¿Dónde estamos buscando a Cristo? ¿En el sepulcro… o en la vida?

Pidámosle al Señor que nos conceda una fe viva, capaz de buscar, de esperar y de creer en él en todo signo de vida, como lo hizo María.

+ Luis Cabrera Herrera, ofm

   Arzobispo de Guayaquil

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