Niños: Espejos del alma y maestros del corazón

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“Porque solo siendo niño entrarás al Reino de los Cielos” (Mt 18,3).

El otro día, caminando por el parque cerca de mi casa, esta frase volvió a resonar en mí. La había escuchado muchas veces, pero fue en una sesión de acompañamiento, de la voz de una mujer sabia, que me llegó como un susurro nuevo.

Cada hijo, cada hija, y aun aquellos niños que no son nuestros pero cruzan nuestro camino, nos recuerdan el propósito más grande de esta vida: amar. Amar de manera pura, sin máscaras, sin cálculos, sin esperar nada a cambio.

Los niños nos muestran el arte de disfrutar lo simple, de asombrarse ante lo pequeño, de decir la verdad con transparencia. Nos recuerdan que la vida es juego, que todo puede vivirse como una danza ligera si nos atrevemos a mirarla con sus ojos.

Los hijos son igual a un espejo…

Pero no solo nos enseñan a vivir con ligereza. Los hijos son, al mismo tiempo, nuestros más grandes espejos. En sus gestos, en sus risas y hasta en sus enojos se reflejan nuestras luces y nuestras sombras.

¿No te ha pasado que el hijo o la hija con quien más roces tienes es, justamente, el más parecido a ti? A veces duele reconocerlo, porque lo que nos molesta de ellos suele ser lo mismo que negamos o no aceptamos en nosotros mismos. Sin embargo, cuando logramos verlos como maestros, comprendemos que están allí para ayudarnos a crecer.

Santa Teresa de Calcuta decía: “Los niños son como las flores: hay que inclinarnos hacia ellos para poder reconocer su belleza.” Y es cierto: al mirarlos con humildad, descubrimos que nos devuelven una verdad sobre nosotros mismos que habíamos olvidado.

Una historia para recordar

Cuentan que un hombre acudió a un sabio maestro buscando respuestas sobre su vida. El sabio lo miró y, en lugar de hablar, lo llevó a un río. Allí, en la orilla, le pidió que se asomara y viera su reflejo en el agua. —¿Qué ves? —preguntó el maestro.

—Me veo a mí mismo —respondió el hombre. El sabio sonrió y le dijo: —Así son tus hijos: espejos de tu alma. Lo que más amas de ellos es lo que ya habita en ti. Lo que más te incomoda, también. Si aprendes a mirarlos con amor, aprenderás a mirarte a ti mismo con compasión.

Los niños son ese río. Nos reflejan sin filtros. Y si tenemos el valor de observar, nos devuelven no solo nuestra imagen, sino la oportunidad de sanar, de crecer, de reconciliarnos con lo que somos.

Una invitación al corazón

Hoy quiero invitarte a un pequeño gesto: si tienes un hijo o hija cerca, acércate a él en silencio y dile: “Gracias, maestro. Gracias, maestra. A través de ti me encuentro de nuevo conmigo.”

Y si no tienes hijos, acércate a un parque. Siéntate a observar cómo los niños juegan, cómo ríen, cómo se sumergen en el presente. Permítete ser testigo de su sabiduría sencilla. Te aseguro que volverás a casa con el corazón más ligero, como si hubieras bebido un sorbo de agua fresca para tu alma.

Porque los niños no vienen a este mundo a aprender de nosotros. Vienen, sobre todo, a recordarnos aquello que hemos olvidado: que la vida es amor, juego y presencia.

Camila Soriano Rodríguez/Puericultora,acompañante en maternidad y primera infancia

IG: @amor_naciente

Correo: amornaciente6@gmail.com

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