El Evangelio de hoy nos presenta a los apóstoles suplicando a Jesús: “Auméntanos la fe” (Lc 17,5). El Señor les responde que, con una fe pequeña como un grano de mostaza, se puede hacer cosas grandes, incluso mover lo que parece imposible. Después, Jesús nos recuerda que el discípulo es servidor humilde, llamado a cumplir su misión con fidelidad y confianza. La fe no es magia ni fuerza de poder humano, sino confianza radical en Dios, que nos impulsa a vivir como servidores del Reino, poniendo nuestra vida al servicio de la fraternidad y la paz.
Hoy esta Palabra resuena en nuestra historia nacional. El Ecuador vive momentos en los que el conflicto, la desconfianza y la polarización parecen crecer sin control. Pero no es solo un problema de falta de diálogo político o social; en el fondo, es un problema de fe y de fraternidad: no nos sentimos verdaderamente hermanos en una sola nación. Nos hemos olvidado de que somos hijos de un mismo Padre, llamados a la unidad y al respeto mutuo.
Somos un pueblo diverso y hermoso, formado por descendiente de muchas etnias y culturas: indígenas, negros, montubios, cholos, amazónicos no contactados, como también de hijos de migrantes de ayer y hoy de muchos países que han echado raíces en esta tierra y han dado lugar a un maravilloso mestizaje étnico y cultural. Todos, sin excepción, somos parte del Ecuador. Nadie debe sentirse excluido, marginado o señalado como enemigo por pertenecer a un grupo social, cultural o político. Nadie debe ser visto como extraño en la casa común. El país será fuerte y fecundo si todos cabemos, si nadie se siente excluido, si aprendemos a vivir como familia.
La paz no se construye desde la imposición, sino desde el encuentro. El diálogo es el camino. Pero un diálogo verdadero nace cuando nos reconocemos como hermanos, no como rivales. Si seguimos mirándonos como adversarios, el diálogo será solo un trámite vacío. Pero si nos descubrimos como hijos de un mismo Padre, entonces la palabra, el gesto, la escucha y el perdón se convierten en instrumentos de una paz auténtica y duradera.
Jesús nos recuerda también que no estamos en este mundo para que nos sirvan, sino para servir a la vida, a la justicia y a la unidad. Esta es la misión de cada uno: trabajar por la reconciliación, aunque no recibamos aplausos, aunque el fruto tarde en llegar. Para ello necesitamos de hombres y mujeres de paz, dispuestos a tender puentes entre todos los pueblos y culturas, entre pobres y ricos, entre campo y ciudad.
Queridos hermanos, con la fe, pequeña como un grano de mostaza, podemos arrancar de raíz resentimientos antiguos y sembrar reconciliación; y, con la decisión de servir, podemos trabajar por la paz: el padre de familia que enseña a sus hijos a perdonar, el maestro que educa en el respeto, el político que busca el bien común por encima del interés propio, el joven que se organiza para servir a su comunidad. Como Iglesia, igualmente, no tenemos soluciones técnicas, pero sí ofrecemos un mensaje profético: ¡la paz es posible si hay diálogo, si hay justicia, si hay perdón!
Que nuestra oración hoy sea la misma de los apóstoles: “Señor, auméntanos la fe” para que seamos capaces de creer en la paz, para sostener el diálogo y vencer la tentación de la violencia y de la exclusión.
Que María, Reina de la Paz, y san Francisco de Asís, pregonero del diálogo y de la fraternidad, intercedan por nosotros, para que en nuestra patria resuene este clamor: ¡La paz es posible, y empieza por nosotros!
Guayaquil, 5 de octubre de 2025
Card. Luis Cabrera Herrera, OFM
Arzobispo de Guayaquil









