La familia es la guardiana y responsable de la vida, León XIV

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El 9 de enero en su Discurso de felicitaciones por el nuevo año ante el cuerpo Diplomático acreditado en la Santa Sede el papa León XIV resaltó que el 2025 fue un año intenso para la Iglesia Católica tanto por el Jubileo como el regreso a la casa del Señor de su predecesor Francisco.

Nota destacada fue el agradecimiento al pueblo de Italia, en especial a Roma que con paciencia y hospitalidad acogieron a todos los peregrinos que acudieron al Vaticano de las diferentes partes del mundo.

Entre lo más destacado de su discurso a los embajadores les dejamos algunos fragmentos del discurso, que nos deben llevar a meditar sobre como desearíamos que sea nuestra vida en el mundo.

La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende. Se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas. La paz ya no se busca como un regalo y como un bien deseable en sí mismo, o como una búsqueda de «la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres». [4]   En cambio, se busca mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio. Esto compromete gravemente el estado de derecho, que es la base de toda convivencia civil pacífica.

La Santa Sede reitera firmemente su condena de involucrar a los civiles en operaciones militares, de cualquier manera. Asimismo, espera que la comunidad internacional recuerde que la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y la santidad de la vida siempre cuenta más que cualquier mero interés nacional. 

El lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos para conocerse y relacionarse entre sí… También debemos señalar la paradoja de que este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, si lo analizamos más detenidamente, ocurre lo contrario, ya que la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad. Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan. 

La libertad religiosa corre el riesgo de verse restringida. Como recordó Benedicto XVI, este es «el primero de todos los derechos humanos, porque expresa la realidad más fundamental de la persona». [7] Los datos más recientes muestran que las violaciones de la libertad religiosa están aumentando y que el 64% de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho.

No debemos olvidar una forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está extendiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América. Allí, a veces se les restringe su capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia. 

Espero que el espíritu del Jubileo inspire de manera permanente y estructural la administración de justicia, de modo que las penas sean proporcionales a los delitos cometidos, se garanticen condiciones dignas a los presos y, sobre todo, se hagan esfuerzos para abolir la pena de muerte, una medida que destruye toda esperanza de perdón y renovación. [9] Tampoco podemos olvidar el sufrimiento de tantos presos por motivos políticos en muchos países. 

A pesar de su importancia, la institución de la familia se enfrenta hoy en día a dos retos cruciales. Por un lado, existe una preocupante tendencia en el sistema internacional a descuidar y subestimar su papel social fundamental, lo que conduce a su progresiva marginación institucional. Por otro lado, no podemos ignorar la creciente y dolorosa realidad de las familias frágiles, rotas y que sufren, afectadas por dificultades internas y fenómenos inquietantes, como la violencia doméstica.

La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer. Esto es cada vez más una prioridad, especialmente en aquellos países que están experimentando un dramático descenso de la natalidad. La vida, de hecho, es un don inestimable que se desarrolla dentro de una relación comprometida basada en la entrega mutua y el servicio. 

A la luz de esta profunda visión de la vida como un don que hay que apreciar, y de la familia como su guardiana responsable, rechazamos categóricamente cualquier práctica que niegue o explote el origen de la vida y su desarrollo. Entre ellas se encuentra el aborto, que interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida. En este sentido, la Santa Sede expresa su profunda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado “derecho al aborto seguro”.  

De manera similar, existe la práctica de la subrogación. Al convertir la gestación en un servicio negociable, se viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un “producto”, como de la madre, al explotar su cuerpo y el proceso generativo y alterar la vocación relacional original de la familia. 

Una reflexión análoga puede aplicarse a tantos jóvenes que se enfrentan a numerosas dificultades, entre ellas la adicción a las drogas. Se necesita un esfuerzo conjunto de todos para erradicar esta lacra de la humanidad y el narcotráfico que la alimenta, con el fin de evitar que millones de jóvenes en todo el mundo sean víctimas del consumo de drogas. Junto con este esfuerzo, no deben faltar políticas adecuadas de recuperación de las adicciones y mayores inversiones en la promoción humana, la educación y la creación de oportunidades de trabajo. 

A pesar de la trágica situación que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible. Como nos recuerda Agustín, «nuestros supremos bienes consisten en la paz» [15] porque es el objetivo mismo de la ciudad de Dios, a la que aspiramos, incluso inconscientemente, y de la que podemos disfrutar un anticipo incluso en la ciudad terrenal. Durante nuestra peregrinación en esta tierra, la construcción de la paz requiere humildad y valentía. La humildad de la verdad y la valentía del perdón. 

Un corazón humilde y artesano de paz es lo que deseo para cada uno de nosotros y para todos los habitantes de nuestros países al comienzo de este nuevo año.

Discurso completo en: https://www.youtube.com/watch?v=8MttM7fifFE

Nota de la redacción 
Foto Vatican News

 

 

 

 

Discurso completo en: https://www.youtube.com/watch?v=8MttM7fifFE

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