Tus miedos, mis miedos

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En la segunda etapa de la vida, los miedos cambian de forma. Ya no se trata tanto de «llegar» como de sostener: sostener el cuerpo, los vínculos, la lucidez, el sentido. Aparece un temor silencioso a que el tiempo empiece a decidir por nosotros, a que lo que antes era natural —movernos, elegir, improvisar— se vuelva frágil. No siempre se dice en voz alta, pero se siente: el miedo a dejar de ser protagonistas de la propia vida.

Entre todos esos miedos, uno ocupa un lugar central: el miedo a perder la autonomía. No solo la autonomía física, sino también la emocional y la mental. El temor a depender, a pedir ayuda, a no poder sostener la propia cotidianeidad sin otros. En una cultura que valora la autosuficiencia, este miedo se vive muchas veces con vergüenza, como si necesitar fuera sinónimo de fallar.

Otro miedo frecuente es el de volverse invisible: que la experiencia ya no sea escuchada, que la palabra pierda peso, que el mundo siga sin necesitarnos. El miedo a la soledad, a los cambios del cuerpo, a la enfermedad, a no reconocer en el espejo a quien uno fue… Son miedos legítimos, humanos, que no indican debilidad sino conciencia del paso del tiempo.

Vivir mejor no implica negar esos miedos, sino hacerles lugar sin que gobiernen. Nombrarlos, no ocultarlos.  La autonomía no se conserva luchando contra la realidad, sino fortaleciendo lo que sí depende de nosotros: las decisiones, los hábitos, la forma de pedir ayuda, los vínculos que elegimos cuidar. Aceptar apoyo no quita dignidad; al contrario, la sostiene. La verdadera autonomía es poder decir «esto sí» y «esto no», incluso cuando el cuerpo o las circunstancias cambian.

La segunda mitad de la vida puede ser un tiempo de profunda libertad interior si se la habita con honestidad. Menos urgencia por demostrar, más permiso para ser. Menos control, más sabiduría. Cuando los miedos se escuchan y no se reprimen, dejan de paralizar y empiezan a orientar. Y entonces, lejos de achicarse, la vida se vuelve más esencial, más humana y, solamente por el hecho de permitirnos no sostener de más, más plena.

 Diego Bernardini/lasegundamitad.org
Foto www.freepik.es
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