¿Bloquear es autocuidado… o aislamiento disfrazado?

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Lo que bloquear al otro provoca en el cerebro, en el corazón y en nuestra manera de relacionarnos en redes sociales

En la actualidad, desaparecer se ha vuelto un acto más sencillo. Con la normalización del mundo digital, es fácil presionar un par de botones para dejar de ver el contenido de otra persona. Y aunque incluso en videos de TikTok e Instagram se presenta como una gran acción de autocuidado, ¿realmente te has detenido a pensar si este es un acto ético? ¿Si estás faltando a la caridad?

Hay distintas razones por las que una persona decide bloquear a otra. En algunas situaciones, cuando se compromete la integridad personal, es válido. Pero existen otras en las que se usa para evitar ciertas personas o círculos, lo que puede llevarnos al aislamiento, o incluso convertirse en una forma de castigo.

Un dolor físico

Bloquear a otra persona puede sentirse como rechazo, uno que duele en mayor o menor medida según la cercanía entre ambas. Que todo ocurra a través de una pantalla no quiere decir que duela menos que si fuera de frente.

De hecho, la psicóloga social Naomi Eisenberger, de la Universidad de California en Los Ángeles, realizó un experimento en el que voluntarios jugaban “Cyberball” dentro de una resonancia magnética funcional. Cuando los demás “jugadores” —en realidad controlados por computadora— dejaban de pasarles la pelota, el cerebro de los excluidos activaba el córtex cingulado anterior (ACC), una zona vinculada al dolor físico. Cuanto mayor era la sensación de rechazo reportada, mayor era la activación. El cerebro, literalmente, registra el rechazo social como dolor.

Este punto nos lleva a cuestionarnos cuánto daño podríamos generar al otro con esta acción, sobre todo cuando existe un vínculo con fuerte carga emocional. No es algo para tomarse a la ligera. Este dato no busca culpabilizar, sino recordar que estamos hechos para la conexión. Nuestra necesidad de pertenecer no es sentimentalismo; es biología. Y si el rechazo duele, la pregunta ética surge casi inevitablemente: ¿qué implica excluir a alguien de nuestras redes sociales?

La relación con el otro

Somos seres sociales. Necesitamos del otro; nos construimos en las relaciones interpersonales. Es parte de nuestra humanidad. Para comprender mejor esto, el filósofo Emmanuel Levinas en su libro De otro modo que ser o más allá de la esencia desarrolla la idea de la “exposición al Otro», en el que explicó que comunicarse no es solo intercambiar datos, sino abrirse a la exposición. Toda relación implica vulnerabilidad. El rostro del otro me interpela, me reclama, me hace responsable.

La comunicación no es únicamente una forma de conocernos; es un acontecimiento ético en el que el otro ya está ahí, y esa presencia me exige una respuesta.

Incluso en redes sociales, esa proximidad existe. El otro está a un mensaje de distancia. Por lo tanto, bloquear no es simplemente usar un botón más: es interrumpir de golpe esa cercanía. Es cerrar la puerta antes de que la presencia del otro pueda convertirse en encuentro.

Muchas veces bloqueamos porque creemos que ya conocemos a la otra persona: “sé lo que va a decir”, “siempre es igual”. Pero, desde esta perspectiva, el problema no es cuánto sabemos, sino cuánto estamos dispuestos a responder. Silenciar al otro puede ser, en ciertos casos, evitar nuestra propia responsabilidad sobre qué tan abierta está esa puerta. 

Como cristiano, ¿qué puedo hacer?

El Dicasterio para la Comunicación publicó hace algunos años el documento Hacia una plena presencia, que invita a reflexionar sobre nuestra interacción en las redes sociales.

Ahí se distingue entre “conexión” y “encuentro”, porque podemos estar hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente aislados. Las relaciones auténticas generan comunidad por medio de la presencia.

“El estilo cristiano debe ser reflexivo, no reactivo, también en las redes sociales”.

En una sociedad cada vez más reactiva, que provoca y vive a la defensiva, estamos llamados a ir contracorriente: a construir puentes de reconciliación, a buscar la fraternidad.

Y aquí es necesario un matiz importante: no todo bloqueo es inmoral. Existen situaciones de violencia, manipulación o acoso en las que establecer límites es un acto de salud y justicia. La caridad no obliga a exponerse al daño. Protegerse no es negar al otro; es reconocer la propia dignidad. Hay silencios que son prudencia, no desprecio.

Sin embargo, fuera de esos casos, conviene preguntarnos: ¿por qué estamos bloqueando? En el espacio digital también hay heridos: a veces son los demás; a veces somos nosotros. El encuentro comienza cuando dejamos de ver perfiles y empezamos a reconocer al otro.

“El herido deja de ser un personaje o una imagen en la pantalla y adquiere la forma del prójimo, de un hermano o hermana, y, de hecho, del Señor, que dijo: ‘Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’” (Mt 25, 40).

Así que, antes de bloquear a una persona —porque seguramente habrá una próxima ocasión de duda— pregúntate por qué, qué te genera, qué estás evitando. De ahí pueden surgir más respuestas sobre ti que sobre la otra persona.

En una cultura que facilita el descarte, la mirada cristiana llama al discernimiento. A no reaccionar por impulso. A no convertir la exclusión en costumbre. A recordar que detrás de cada perfil digital hay un rostro que siente, un cerebro que puede doler, una historia que no conocemos del todo.

Tal vez, antes de bloquear, valga la pena detenerse un instante y preguntarse: ¿estoy protegiendo mi paz o negando un encuentro?

Via Aleteia
Foto www.freepik.es
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