Cuando subía al atril para dar la homilía, cerraba los ojos en señal de meditación y, sin darse uno cuenta, sus palabras lo transformaban en un gran predicador al buen estilo de San Bernardo de Claraval, conocido este como el “Doctor Melifluo” que quiere decir “de palabra dulce como la miel”. Así era el padre Alfonso. Sus predicaciones eran miel para el alma. Sus palabras contemplativas se convertían en un canto al Amor que arrastraba la atención hasta al más despistado en la Santa Misa. Mientras proseguía con sus consejos, su tono se sentía que se elevaba a lo alto y, junto a sus ademanes con las manos denotaba una pasión por evangelizar advirtiendo en el ambiente como armonizaban sus palabras con el cielo.
Cuantas almas volvieron a abrazar la esperanza cada vez que escuchaban sus sermones. Como exultaba con tono fuerte que Dios nos ama y nos espera. Nos hacía llorar y, a la vez, nos hacía reír con sus ocurrencias para acercarnos más al Señor y a nuestra Madre. Pero, sobre todo, nos transmitía que el Señor nos ama y que siempre está deseoso de que retornemos a sus brazos.
Siempre alegre, bromista, pocas veces serio, pero nunca enojado. En una ocasión, el padre Alfonso, caminando desde el parqueadero hacia la Iglesia para celebrar la Santa Misa, observó cómo me envolvía la frustración por apresurar a mi esposa e hijos. El padre acercándose a mi esposa con su característico semblante alegre le dijo con un tono humorístico: “téngale paciencia señora…así suelen ser los esposos” logrando de esta forma que ambos apacigüemos nuestros temperamentos para visitar al Señor y, así, continuó con una agradable sonrisa cómica a su trayecto para la Sacristía. Siempre encontrando la forma de transmitir un consejo profundo para los matrimonios.
¡Adelante! ¡ánimo! ¡a seguir luchando! ¡al ataque! eran las palabras del padre Alfonso cuando daba la absolución en el sacramento de la penitencia. Una fila interminable de pecadores, buscando aliviar sus culpas acercándose al Señor a través de la intervención sacerdotal del padre. Sus consejos se convertían en un bálsamo para continuar con nuestra vida terrenal. Jamás permisivo, siempre disciplinado e implacable acorde a las enseñanzas de la Iglesia.
Nunca se detenía. Siempre estaba en acción. No demostraba cansancio, aunque lo estuviera. Era como una esponja que absorbía y atraía todo lo bueno. Seguramente con su proceder, nos estaba mostrando como cargar con nuestra cruz diaria para seguir al Señor. Una más de sus enseñanzas.
Admirable como todos los días a las 4am se enfilaban todos los sacerdotes con el padre Alfonso a la cabeza, con sotanas blancas y zapatos negros pulcros para adorar al Santísimo. Una hora completa arrodillados frente al Señor sin dar signos de pereza o sueño. Un ejemplo para todo cristiano católico.
Luego de casi 30 años de ejercicio sacerdotal nos ha sorprendido su partida al cielo. Su nunca imaginado desenlace final. Sin embargo, al conocer su entrega incondicional al prójimo durante toda su trayectoria sacerdotal no era menos de esperarse que su último respiro terrenal sea dado para dar la vida por uno más de sus hijos espirituales. “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” Jn 15, 13
Tristes por supuesto por perder a un amigo consejero que, hoy más que nunca, el mundo necesita de su modelo de obrero. Pero, convencidos que ahora, se encuentra gozando del premio que tanto anheló: Estar junto al Amado.
“Y el amante ama lo que ama el Amado, puesto que ambos aman con el mismo amor y con el mismo corazón: Mi amado es para mí y yo soy para él.” [1] Ca 2:16
Por Ricardo Valero








