¿Alguna vez has entrado a tu casa de noche y no encuentras el interruptor?
Esos segundos de tanteo en la oscuridad, con las manos buscando la pared, tropezando con lo que está justo frente a ti. Sabes que la luz está ahí, a centímetros, pero mientras no la enciendas, todo sigue siendo confuso.
Hay algo peor que caminar a ciegas en una habitación oscura: vivir con el corazón a oscuras. Sin saber realmente qué sientes, qué te mueve, qué te hiere. Confundiendo deseos con necesidades, miedos con prudencia, orgullo con dignidad. Vivir sin luz interior es tropezar constantemente con tu propia vida.
San Francisco de Asís lo entendió. Por eso rezaba: «Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón». Francisco sabía que todos cargamos zonas oscuras que preferimos no mirar: resentimientos que alimentamos en secreto, envidias que disfrazamos de crítica, egoísmos que justificamos con buenas razones.
¿Cuándo fue la última vez que le pediste a Dios que ilumine tu corazón?
No me refiero a pedirle que te ayude con un problema o te guíe en una decisión. Te hablo de algo más profundo: pedirle que encienda la luz en esos rincones donde ni tú mismo quieres mirar.
No puedes limpiar lo que no ves. No puedes sanar lo que niegas. No puedes cambiar lo que no reconoces.
Echar luz al corazón duele. Es como cuando sales de una cueva y el sol te golpea los ojos. Pero es el único camino hacia la libertad verdadera. Cristo mismo lo dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
¿Cómo se hace esto prácticamente?
Empieza con cinco minutos de oración en silencio cada noche. Pregúntate: ¿Qué pasó hoy en mi corazón? ¿Qué me alegró? ¿Qué me irritó? ¿Qué evité sentir? No juzgues, solo observa. Deja que Dios ilumine.
Después, lleva eso a la confesión. No como una lista de infracciones, sino como un encuentro con la Luz. El sacramento es el cuarto donde enciendes el interruptor y Cristo te muestra lo que hay, pero con misericordia.
Y cuando veas la oscuridad –tu impaciencia, tu miedo, tu egoísmo– no te asustes. El primer paso para salir de la oscuridad es admitir que estás en ella.
Francisco pedía luz porque sabía que Dios no ilumina para avergonzar, sino para liberar. La luz no viene a condenarte por el desorden de tu corazón; viene a mostrarte la salida.
¿Te atreves a rezar hoy como Francisco? «Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón».
Y cuando lo hagas, prepárate. Porque Dios responde a esa oración. Y lo que verás tal vez no será agradable, pero será liberador.
La luz está a tu alcance. Solo tienes que pedirla.








