Autenticidad, coherencia y el espejo de una sociedad enferma
Nuestro país vivió un momento de tensión extrema que terminó en un desahogo colectivo: nuestra selección clasificó a la siguiente etapa del mundial. Pero más allá del resultado en la cancha, hubo una imagen que se me quedó grabada y que, como madre y coach, no puedo dejar pasar.
No me refiero al gol de la clasificación. Hablo del director técnico. Verlo correr hacia la tribuna y escalar la pared como Spiderman, buscando desesperadamente a su esposa e hijos para fundirse en un abrazo. Lo que vimos ahí no fue un estratega celebrando un tablero táctico; vimos a un ser humano festejando el fruto de su esfuerzo junto a las personas que más ama.
Sin embargo, la belleza de esa imagen contrasta con la crudeza de los días anteriores. Tras dos partidos fallidos, fuimos testigos de cómo gran parte de la sociedad se consumió en el odio, el coraje y la frustración.
El negocio del ataque vs. la dignidad humana
Es alarmante ver cómo funcionamos a veces como sociedad: destruimos mientras las cosas van mal, celebramos cuando conviene y no nos detenemos a pensar en el daño causado. Antes del triunfo, el técnico era el único culpable de los males del equipo. Se insultó a los jugadores, se los denigró y, en el punto más bajo de esta crisis, vimos publicaciones deplorables y memes en redes sociales que cruzaron cualquier límite de respeto hacia ellos. Algunos como chiste, otros realmente crueles. Y todos compartiendo esto masivamente.
¿En qué momento normalizamos que la frustración nos dé derecho a despojar a alguien de su valor humano?
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Detrás de cada uniforme hay un nombre: Una persona real, con miedos y virtudes.
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Detrás de cada nombre hay una historia: Años de trabajo que nadie ve en los 90 minutos de juego.
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Detrás de cada historia hay una familia: Hijos que leen cómo amenazan a sus padres, esposas o madres que sostienen las noches de insomnio y dudas.
Como profesionales, a menudo hablamos en entornos corporativos sobre «liderazgo consciente», «empatía» y «cultura del respeto». Pero la verdadera marca personal, la que no se construye con un post políticamente correcto, sino con las acciones diarias, exige coherencia. El mercado, el entorno y nuestros propios hijos nos exigen que el mensaje que predicamos coincida con nuestra forma de reaccionar cuando las cosas no salen como queremos.
¿Qué estamos modelando para la siguiente generación?
Mis hijos me observan todo el tiempo. Miran cómo reacciono cuando un proyecto se cae, cuando las circunstancias no acompañan o cuando la presión aumenta. De la misma manera, los hijos de cada uno de nosotros están aprendiendo de nosotros cómo consumir el error ajeno.
Si les enseñamos que el éxito justifica el aplauso, pero el fallo valida la crueldad, estamos criando personas vacías de empatía. Les estamos diciendo que su valor depende únicamente de un resultado externo, atando su identidad a un marcador o a un cargo temporal que mañana puede cambiar.
La coherencia no es negociable: No podemos exigirle a nuestros hijos que sean compasivos y auténticos si nos ven participar activamente (o con nuestro silencio) en el linchamiento digital de los últimos días.
Tres lecciones de vida y marca profesional que debemos rescatar
Para rediseñar nuestra comunicación y el legado que dejamos a los que vienen atrás, es urgente rescatar tres pilares:
1. La crítica y el respeto pueden coexistir
Se puede exigir un mejor desempeño, se puede analizar de manera quirúrgica un mal resultado (sea deportivo o corporativo), pero sin pisotear la dignidad del otro. La autoridad real no nace del grito ni de la humillación; nace de la solidez y la templanza.
2. Tu valor no se extingue por un mal resultado
Este director técnico pasó noches enteras sin dormir, enfrentó cuestionamientos brutales y dudó de sí mismo. Sin embargo, su capacidad no desapareció por perder un partido, de la misma forma que tu valor profesional no se borra si una reestructuración te saca de una empresa. Tu experiencia y tu esencia te pertenecen, nadie te las puede quitar.
3. Tu centro te sostiene en la tormenta
Al final del día, cuando las luces del estadio se apagan y el ruido de la masa se silencia, lo único que queda es tu verdad. El técnico corrió hacia su familia porque ahí reside su espacio seguro. Construyamos marcas personales y vidas tan sólidas que su estabilidad no dependa del humor de la masa, de un jefe o de un organigrama.
Es hora de encender nuestras propias luces
Necesitamos dejar de justificar la hostilidad disfrazándola de pasión. Si realmente queremos dejar un impacto duradero, empecemos por ser el filtro de cordura y humanidad que este entorno digital necesita.
Aprendamos a afrontar las caídas con entereza y a recibir los triunfos con la humildad de recordar que el proceso siempre vale más que el resultado inmediato. Nuestros hijos nos están mirando. Asegurémonos de darles un ejemplo que valga la pena seguir.
POR: SUSANA CALERO COACH DE MARCA PERSONAL & LINKEDIN
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