“Centinela de la alegría del pueblo”, decía en el frente del ministerio del Interior Sandinista. Era una declaración desafiante, que me sorprendió leer en un edificio sobreviviente al terremoto de Managua. Hoy ese mismo régimen produce miedo. La alegría administrada por el poder, se ha convertido en persecución.
Yuval Harari insiste una y otra vez que la humanidad ha aprendido a acumular poder, pero no necesariamente a transformarlo en felicidad.
Mientras los gobiernos parecen empeñados en resolver conflictos mediante guerras, millones de personas viven pendientes del mundial de futbol.
Las guerras no admiten revanchas, los campeonatos sí. Las guerras acumulan víctimas, los torneos acumulan glorias. Hemos visto equipos capaces de reconstruirse cuando todo parecía perdido, hasta cambiar el destino de un partido.
Y vimos la celebración vikinga de Noruega. La antigua energía tribal seguía allí, intacta, pero había cambiado de destino. Ya no servía para aplastar enemigos, sino para abrazar compañeros: la fuerza seguía siendo la fuerza. Lo que había cambiado era el cauce.
¿Existirá un puente entre la guerra y el juego? ¿Habrá un hilo invisible que una ambos mundos?
Quizás por eso me impresionan tanto los videos que circulan antes de los partidos decisivos. Los capitanes aparecen como antiguos comandantes conduciendo ejércitos hacia la conquista del castillo donde espera la copa. La música es épica. Los rostros desafiantes. Todo evoca una batalla. Pero el partido termina y los mismos guerreros lloran, abrazan a sus compañeros, cambian camisetas.
Entonces comprendí algo que nunca había visto con tanta claridad. Durante milenios no solo las mujeres quedaron atrapadas en estereotipos. También los hombres fueron encerrados en una idea imposible de masculinidad. Siempre fuertes, siempre duros, siempre obligados a vencer, incapaces de mostrar fragilidad. No eran completamente libres, cumplían un papel. Llevaban una máscara que todavía pesa sobre muchos de ellos. Algunos hoy gobiernan naciones y aferrados a esa máscara, resquebrajan democracias.
¿Y si una parte de nuestras violencias pudiera transformarse en juego? no para negar la fuerza, sino para ofrecerle otro destino.
Porque jugar tiene reglas, tiene árbitros, tiene tiempos limitados, tiene revancha, celebración, compañerismo y muchas veces termina en abrazos.
Quizás eso sea precisamente la civilización: el largo aprendizaje de cambiar las armas por reglas.
La humanidad no ha eliminado la violencia. Primero lo hicimos con piedras, luego con lanzas, luego con duelos, después con ejércitos, con bombas, y ahora con drones. Pero al mismo tiempo hemos ido inventando otras maneras de confrontarnos: elecciones, deportes, debates, teatro, concursos.
No siempre funcionan, ni alcanzan. Basta mirar las noticias para comprobarlo. Pero existe una dirección. No intentamos borrar la fuerza, intentamos transformarla.
Porque la fuerza no es el problema: el problema es en que la convertimos: ¿en ejército, en tortura, en muros? ¿O en equipo, en orquesta, en escenario, en competencia limpia?
Es la misma energía solo cambia el cauce.
Tal vez la tarea de la civilización consista en transformar la fuerza en creación: la fuerza siempre seguirá existiendo. La pregunta será hacia donde la dirigimos.
Y comprendí, muchos años después, aquella frase escrita en un ministerio de Managua: ningún poder puede declararse centinela de la alegría del pueblo. La alegría no se administra, nace cuando la fuerza deja de destruir y aprende por fin a crear.
Por Nelsa Curbelo
Doto www.magnific.com








