Qué hacen los que permanecen juntos cuando nada ayuda
Basta abrir una revista o mirar el celular un minuto: separaciones, rupturas, matrimonios que duraron dos años y parejas que se anuncian y se deshacen en la misma temporada. Tanto se repite, que uno termina pensando que ser famoso y tener un matrimonio feliz son cosas incompatibles.
Nuestros hijos crecen escuchando ese mismo relato, y es bastante uniforme: la libertad consiste en no atarse a nadie, y el matrimonio y los hijos parecen ser el momento en que a alguien se le terminó la vida interesante. Un joven que solo ve rupturas espectaculares y solteros célebres acaba concluyendo que el matrimonio es un mal negocio.
Pero hay matrimonios que siguen en pie justo ahí, en el peor ambiente posible. Y lo que enseñan no es que sea fácil, sino que, aunque cueste caro, vale la pena.
Porque ese mundo —con dinero de sobra para cualquier salida, oportunidades todos los días, meses de trabajo lejos de casa, nadie a quien dar cuentas y una industria que premia al que no está «atado» a una familia— se lleva consigo todo lo que encuentra suelto. Pero cuando la corriente pasa y el matrimonio permanece, quedan a la vista los anclajes que le permitieron seguir en pie.
Estos son algunos de ellos. Y ninguno es exclusivo de quien vive delante de una cámara: mientras los vamos viendo, es probable que nos vengan a la cabeza matrimonios conocidos que hacen exactamente lo mismo sin que nadie los fotografíe.
- Decidir antes de que llegue la ocasión
El actor Neal McDonough está casado con Ruvé Robertson desde 2003 y tiene cinco hijos. Desde el principio de su carrera puso una cláusula en sus contratos, antes de empezar a rodar: no besaría en pantalla a ninguna mujer que no fuera la suya. En 2010 eso le costó el despido de la serie Scoundrels, por negarse a rodar escenas de sexo con su compañera de reparto, y él mismo ha contado que aquello lo dejó en una especie de lista negra.
Lo que hizo fue sencillo: evitar la ocasión para no encontrarse con el peligro. Quien decide en frío no necesita una fuerza de voluntad extraordinaria el día que llega el momento. Solo necesita no volver a abrir un asunto que ya estaba cerrado.
Y esto no requiere un contrato de Hollywood. Requiere hablar de ciertas cosas cuando todavía no son un problema, que es la única vez en que se puede hablar con calma: qué se hace en las cenas de trabajo y en los viajes, con quién no se comentan las cosas del propio matrimonio (normalmente, ni con un compañero de trabajo del otro sexo ni con la propia familia), qué se sube a redes y qué no, a qué hora se llega a casa. Lo que se resolvió en un diálogo abierto, con calma y sin estar a la defensiva, no habrá que resolverlo en medio de una discusión con los humos alterados.
- Que ceda el trabajo
Mark Wahlberg y Rhea Durham se casaron por la Iglesia en 2009, después de años juntos y con tres hijos. Cuando le preguntan cómo lo sostienen, él responde que se tomaron ese compromiso muy en serio, y eso se le nota en cosas concretas: rezan juntos, entrenan juntos y, si hace falta, interrumpe un rodaje antes que faltar a misa.
Esa es la clave: las prioridades se demuestran el día en que dos cosas no caben a la vez y hay que dejar caer una.
Cualquiera puede comprobarlo en dos minutos. Miremos el calendario del último mes y busquemos los días en que dos compromisos chocaron. Lo que se movió es la prioridad de verdad, diga uno lo que diga. Y casi siempre cede lo mismo, porque el trabajo tiene testigos y el marido o la mujer perdonan. La corrección es sencilla, aunque cueste: unos cuantos horarios que no se negocian, defendidos con la misma naturalidad con que se defiende una reunión.
- Compartir la obra y el peso
Jim y Jeannie Gaffigan trabajan juntos. Ella escribe y produce, él actúa. Trabajan en lo mismo y hacia lo mismo.
Eso se puso a prueba en abril de 2017, cuando una resonancia mostró que Jeannie tenía un tumor de seis centímetros junto al tronco cerebral. Él paró su carrera y se dedicó a cuidarla. Fue un año durísimo, pero ella escribió después que la promesa de estar juntos en la salud y en la enfermedad dejó de ser un conjunto de palabras, y que vive inspirada por el hombre que sostuvo todo aquello. Él dice que cuidarla fue un privilegio, y añade algo que solemos olvidar: que sus hijos lo vieron hacerlo.
Cuando llega el dolor, y siempre llega, responde lo que se decidió mucho antes. Por eso vale tanto tener algo en común: cuando llega el golpe, el matrimonio que ya trabajaba junto solo tiene que cambiar de tarea.
Y ese algo en común no exige compartir profesión. En casi todas las casas ya existe: la educación de los hijos, unos padres mayores a los que hay que cuidar, un compromiso en la parroquia. Lo que suele faltar es tratarlo como tarea de dos y no como territorio repartido, y hablar de eso y no solo de horarios y pendientes. Lo de cuidar, además, se ensaya en lo pequeño, en la gripe, la semana mala o el embarazo difícil, mucho antes de que llegue lo grande.
- Cuidar la intimidad sin esconderla
Raúl González Blanco se casó con Mamen Sanz en 1999. Tenía veintidós años y ya era una estrella mundial del Real Madrid: se casó en el momento en que más fácil le habría resultado no hacerlo. Su mujer nunca se expuso a las cámaras más allá de acompañarlo y, aun así, nadie lo confundió jamás con un hombre soltero, porque nunca se comportó en público como si estuviera disponible.
Y es que estar casado no es un dato más de la biografía, como el lugar de nacimiento. Es algo que cambia a la persona entera. Por eso se nota aunque no se publique: se ve en lo que uno rechaza, en cómo ocupa su tiempo, en que no deja lugar a dudas.
Tampoco se trata de esconder nada. En julio de 2024 cumplieron veinticinco años de matrimonio y, para la ocasión, abrieron el álbum y publicaron fotos inéditas de la boda. Él ha dicho que su mayor logro, por encima de todos los títulos, es esa familia. El matrimonio no necesita publicar sus intimidades a diario para demostrar que existe; necesita vivirse y celebrarse.
Esta clave es quizá la más aplicable de todas, porque hoy cualquiera tiene público. Consiste en no dejar mal al otro: ni la queja en el grupo de amigas, ni la broma a su costa delante de la gente, ni la familia entera colgada en redes. Y en comportarse, fuera de casa, como quien no está disponible: el anillo puesto, las ambigüedades cortadas a tiempo, ninguna conversación que uno no repetiría delante de su esposo o de su esposa. Eso no lo ve nadie y lo nota todo el mundo.
Es también la razón por la que los matrimonios más sólidos que conocemos suelen ser aquellos de los que menos se habla. No hacen ruido y, sin embargo, están enseñando algo a todo el que los tiene cerca.
Lo que esto significa para nosotros
Al final, lo que se les viene encima a los famosos no es distinto de lo nuestro: es lo mismo, subido de volumen. Cansancio, ausencias, tentaciones, rutina, desgaste, discusiones por la plata y por los hijos. Por eso mismo sus soluciones nos sirven: lo que sostiene un matrimonio a ese volumen, sostiene el nuestro.
Quien vive el matrimonio como un compromiso que se enciende al cruzar la puerta de la casa lo pierde en un ambiente hostil, sencillamente porque pasa demasiadas horas fuera de casa. Quien lo vive como parte de lo que es, lo lleva puesto al estadio, al set de rodaje, a sus conciertos y a la mesa de negociación. No son dos personas turnándose, la profesional y la familiar: es una sola, casada, haciendo su trabajo.
Vale la pena fijarse en cómo hablan los que lo han sostenido. McDonough perdió papeles y millones, y dice que su matrimonio es lo primero de su vida. Gaffigan pasó un año entre hospitales y habla del privilegio de haber podido cuidar. Raúl ganó todo lo que se puede ganar en una cancha y dice que su mayor logro es su familia. Si algo tienen en común estos famosos es que describen su vida familiar como algo que les costó caro y que volverían a pagar.
Y lo mismo diría, si alguien le pusiera un micrófono delante, esa gente que hemos ido reconociendo por el camino: en la banca de atrás de la iglesia, en la puerta del colegio, en la casa de al lado. Bastante menos ruido afuera y bastante más vida adentro. A esos también hay que mirarlos, entre otras cosas porque se parecen mucho más a nosotros.
Y tenemos que entender que a nosotros nos miran igual. Los hijos, los sobrinos, los novios que empiezan, los jóvenes que se preguntan si casarse todavía tiene sentido: todos ellos van sacando conclusiones de lo que ven en nuestra casa, aunque nadie diga una palabra. Conviene entonces preguntarse si la idea del matrimonio que estamos transmitiendo cada día es la que de verdad queremos dejar.
Por Trini de Cabrera

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