La pregunta era: ¿qué hacer para levantar a Guayaquil? Me la formuló Carlos Vera en su programa de entrevistas. Pero varios cortes de luz no solo interrumpieron el programa: también lo borraron. Y yo me quedé pensando.
Amo a Guayaquil. La ciudad puerto, la ciudad aluvión. La que ha recibido oleadas de migrantes. Gente del agro costeño, de comunidades de la Sierra; pero también palestinos, libaneses, españoles, italianos, chinos. Cada comunidad trajo música, gastronomía, palabras, costumbres y esa fuerza de quien llega a un lugar dispuesto a forjar allí su destino.
Guayaquil es movimiento, comercio, ruido, música. Una ciudad que muchas veces creció sin esperar la planificación: se asentó en manglares, cerros y terrenos casi abandonados. Y sobrevivió. Es también, como recordó María Alejandra Muñoz, una ciudad samaritana. No esperó siempre al Estado para construir hospitales, escuelas, atender a enfermos de cáncer o a personas con discapacidad. Ciudadanos, empresas, clubes y organizaciones se unieron para responder a las necesidades de su gente. Después llegaron las autoridades. Pero antes estuvo la sociedad. Por eso, para levantar a Guayaquil de la postración que la hace parecer en algunos sectores una ciudad de posguerra –viviendas abandonadas, barrios enrejados, calles y parques deteriorados–, no basta con esperar a autoridades, actuales o las que serán elegidas.
El Estado es una pata de la mesa. Pero las otras son sociedad civil, empresas y academia. Y tiene una fuerza que puede ayudar a unirlas: la cooperación internacional y las iglesias. Hay gente extraordinariamente capaz en Guayaquil. No falta talento: faltan recursos y, muchas veces, que el Estado deje de mirar a quienes saben como contratistas o beneficiarios y empiece a reconocerlos como socios, con voz, voto y responsabilidad.
Haría de Guayaquil una ciudad laboratorio. Las universidades podrían pactar, cada una, un compromiso concreto y medible con la ciudad. Hay miles de estudiantes y profesores. ¿Por qué no convertir ese enorme capital de conocimiento en acción? Unos trabajarían en la recuperación de los esteros y los cerros; otros en movilidad y tránsito; otros en recuperar espacios públicos, inventariar edificios y viviendas abandonadas, reconstruir la memoria histórica de los barrios, estudiar sus problemas y proponer soluciones. Y recuperaríamos también la belleza.
¿Por qué no transformar rejas y portones –símbolos de nuestro miedo– en espacios de arte, color y vida? Plantas, murales, fotografías, intervenciones. Eso podría generar trabajo para pintores, herreros, viveros, fotógrafos y artistas.
No necesitamos esperar una gran obra para comenzar. Podemos conquistar una cuadra. Después una manzana. Un parque. Un barrio.
¿Quién convoca? ¿Quién reúne? Hoy quizá no tenemos a esa persona. Pero podemos tener algo más poderoso: un sueño común. Miles de soñadores haciendo pequeñas cosas concretas pueden cambiar una ciudad. Y hay algo que deberíamos recordar: en la historia de este planeta, las hormigas sobrevivieron a los dinosaurios.
Quizás Guayaquil no necesite un salvador. Quizás necesite volver a recordar que sabe sobrevivir, organizarse, crear y levantarse. Y que, cuando miles de pequeñas fuerzas se juntan, pueden hacer cosas que parecían imposibles.








