Hemos escuchado que la salvación es personal, entonces, ¿por qué seríamos corresponsables de que los demás se salven? ¿No le toca a cada uno trabajar por ello?
Porque es verdad que nadie puede salvarse por los demás. Dios ha dado a cada persona la libertad de elegirlo o rechazarlo. Entonces, bien cabe la pregunta, ¿qué tengo que ver en la decisión de alguien más? ¿Somos o no corresponsables de su salvación?
La elección personal
Una verdad contundente es que la salvación es personal. Eso quiere decir que cada persona elige su destino final, así como la manera en la que toma decisiones y lleva a cabo su vida: con Dios o sin Él.
La Sagrada Escritura está llena de ejemplos de personajes que tomaron malas decisiones y se alejaron de Dios: Adán y Eva, Saúl, David, Salomón, Jonás, Judas Iscariote, Ananías y Safira, por mencionar algunos. Sus acciones les acarrearon dificultades y no escucharon a nadie cuando eligieron.
Pero también es cierto que unos a otros debemos apoyarnos en el camino, como san Pablo lo expresó en su carta a los Efesios:
Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor (Ef 4, 1)
Entonces, ¿qué debemos hacer?
Compañeros de camino
Sabemos que Dios nos ha permitido elegir porque quiere que lo amemos libremente y que experimentemos su amor en nuestra vida sin que nada nos obligue. Pero también tenemos muchas advertencias de lo que nos puede ocurrir si insistimos en escoger el mal camino y despreciamos a quienes desean ayudarnos:
Si dejas, hijo mío, de aceptar consejos, acabarás perdido por falta de principios (Pr 19, 27) .
Puede ser que seamos molestos, pero si vemos a alguien en peligro, ¿acaso no lo auxiliaríamos? Seguro que sí. Entonces, ¿por qué dudaríamos si el peligro es espiritual? Ver a alguien jugarse la salvación y no decir nada es pecar de omisión.
La enseñanza de Jesús
Para salir de dudas, el mismo Señor Jesús nos enseña cómo actuar:
Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano (Mt 18, 15-17).
Conclusión: sí somos corresponsables de la salvación de nuestros hermanos, en todo lo que podamos debemos ayudarlos para que recapaciten y vuelvan a Dios, pero al final, la decisión es personal y, por más que nos esforcemos, quien quiera perderse se condenará por elección propia.
Ayudemos a nuestros hermanos a tomar la mejor decisión con nuestra oración constante y nuestro ejemplo edificador.








