Definitivamente estamos criando en una etapa muy distinta de aquella en que fuimos criados. De la Generación Z nos dicen que viene con otros dispositivos instalados, dispositivos que nosotros no tenemos. Y esa afirmación se enfrenta a nuestra propia crianza, tan distinta en contexto, relaciones y actividades, que ha dejado su marca en nuestro modo de criar. A eso se suma un país distinto: un Ecuador marcado por la violencia y una Guayaquil enorme y extendida, con graves problemas de tráfico. Nuestros niños rara vez pueden jugar en la calle o formar grupos de vecinos, y eso termina sustituyéndose con un exceso de juegos de pantalla.
Y aquí está la buena noticia, la que sostiene todo lo que sigue: el mundo cambió, pero lo que un cerebro necesita para construirse no cambió nada. Responder al balbuceo de un bebé hace hoy exactamente lo mismo que hacía hace cincuenta años. No hace falta ningún aparato que no tuviéramos entonces.
Pues bien, padres y madres: esta es la generación en la que hemos decidido tener hijos, y para criarlos necesitamos algunos conocimientos y la capacidad de fortalecer nuestras competencias parentales. Con esa idea presentamos una serie que tendremos entre septiembre y noviembre, sobre cómo los aportes de las neurociencias nos dan elementos para acompañar mejor el neurodesarrollo de nuestros hijos.
¿Por qué ahora todo empieza con «neuro»?
Quizás hay una pregunta que nos circula a todos. Si siempre hemos sabido que el cerebro es el centro de nuestra vida, ¿qué ha pasado para que ahora a todo se le ponga el prefijo neuro? Neuroeducación, neuroarquitectura, neuromarketing, y seguramente ustedes habrán visto más. Y cuando ese prefijo aparece en temas de educación y desarrollo, nos imaginamos laboratorios y gorritos que miden ondas cerebrales.
Conviene separar dos cosas que pareciera que van en la misma bolsa. Hay campos que estudian de verdad el sistema nervioso, y el neurodesarrollo es uno de ellos: nombra algo real, el proceso por el cual un cerebro se va construyendo. Y hay usos donde el prefijo solo sirve para que una afirmación suene más seria de lo que es. Poner neuro delante no vuelve más cierto lo que viene detrás. Que aprender, emocionarse o comprar pasen por el cerebro es verdad, y no aporta nada: no hay dónde más podrían pasar.
Empecemos entonces con dos ideas centrales, comprobadas y útiles para la crianza, que serán la base de este y de nuestros próximos artículos.
Primera idea: el cerebro llega esperando
El cerebro de un bebé llega al mundo trayendo ya experiencias del vientre, y llega de una manera muy particular: está expectante de la experiencia y es dependiente de la experiencia (1). Espera que algo le ocurra, y se construye con lo que le ocurre.
El bebé nace llorando, se enfrenta a un mundo nuevo y se calma al ponerse al pecho de la madre o del padre y volver a escuchar el latido que ya conocía. Llora para buscar atención, y atenderlo con palabras, haciéndole caritas o imitando sus gorjeos es el inicio de brindarle experiencias: saberse amado y saberse respondido.
Experiencia, para un bebé, no es que le pasemos unas tarjetas con la Torre Eiffel o con las letras del abecedario a los pocos días de nacido. Es que le hablemos, le cantemos, le vayamos nombrando lo que tiene alrededor. Después será dejarlo explorar gateando, sacarlo al parque, y más adelante que pueda caerse y volver a levantarse, jugar, dibujar.
Y esas experiencias no las da una pantalla, por más fascinados que los veamos. Uno no aprende a hablar escuchando conversaciones, sino participando en ellas. Una pantalla emite, pero no responde. Y sí, ya vienen juguetes y aplicaciones que responden, y vendrán más: pero responder no es lo mismo que vincularse. Lo que un cerebro espera no es una reacción, es alguien que lo conoce. Esto vale para toda la vida: nuestros adultos mayores también necesitan interacción humana y un otro amoroso. Es un requisito de la vida entera.
¿Y si esas experiencias no llegan?
¿Qué pasa si el bebé pasa largas horas mirando al techo o al televisor, si es atendido solo por horarios, si crece entre peleas familiares continuas o junto a una madre que atraviesa una depresión posparto sin ningún apoyo?
Todo lo que ocurre a su alrededor afecta su desarrollo. Y aquí quiero ser precisa, porque es importante: no hablamos de un mal día ni de una tarde en que no pudimos responder. Ninguna madre, ningún padre responde siempre, y no hace falta. Lo que construye no es la perfección, es volver: reparar, retomar, buscar de nuevo al hijo después del momento difícil. Lo que sí deja huella es la ausencia sostenida en el tiempo, y aun ahí el cerebro sigue siendo capaz de cambiar cuando aparece un adulto disponible. Por eso, cuando una familia está pasando por algo así, pedir ayuda no es un lujo: es parte del cuidado (2).
Un dato ayuda a entender la urgencia. El cerebro de un recién nacido pesa entre 350 y 400 gramos y llegará a pesar entre 1.300 y 1.400 en un adulto: alcanza cerca del 80 % del volumen adulto a los dos años y cerca del 90 % a los cinco. En esos primeros años crece a una velocidad que no volverá a tener, y va afinando sus conexiones: las que se usan se fortalecen y las que no se usan se pierden. Es lo que el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard llama la arquitectura cerebral (3).
Segunda idea: la pelota que va y viene
«Servir y devolver». El concepto viene del tenis: lanzamos una pelota y nos la devuelven, y mientras sostenemos la volea va tomando fuerza, sobre todo si nos anticipamos a dónde va a caer. Los científicos del mismo centro de Harvard (4) lo usan para nombrar una acción clave en esa arquitectura, central para el desarrollo cognitivo, social y emocional de un bebé, de un niño y de un adolescente.
Empezamos con un agú, y si seguimos sirviendo bien a lo largo de la crianza, extendiendo la conversación y demostrando un interés genuino, tendremos un adolescente que nos devuelve la pelota con fuerza. Sirve también para jugar: siguiendo los intereses del niño ampliamos su vocabulario y sus actividades, metiéndonos con suavidad dentro de su juego. No sustituimos su interés, lo extendemos.
Y esto, ¿cómo se hace en casa?
Nada de lo anterior necesita comprarse. Cinco cosas que podemos empezar esta semana:
Construyamos rutinas que nos gusten a los dos. No la rutina perfecta: la que ustedes pueden hacer. Un baño largo, una canción antes de dormir, un desayuno del sábado en que todos participamos.
Juguemos con las palabras. Las adivinanzas, las rimas, los veo-veo funcionan de los dos años hasta los diez. En casa, cuando veíamos un Volkswagen escarabajo, gritábamos «¡pichirilo!». Ganaba quien más pichirilos veía. Esas horas de tráfico de Guayaquil son tiempo muerto o son conversación, según lo que hagamos con ellas.
Leamos con ellos, no solo a ellos. El cuento sirve más si nos detenemos a preguntar qué creen que va a pasar. Un libro es una excusa para el ida y vuelta. Y no siempre tiene que traer una moraleja ni ser de Disney. Según la edad convendrá el tamaño de las figuras, una historia simple o un texto un poco más largo; en las librerías suelen dar buenas recomendaciones.
Preguntemos por algo concreto. A un adolescente, «¿qué tal el colegio?» lo va a responder con «todo bien». Preguntar por una persona, una clase o una escena abre la conversación que la pregunta general cierra.
Serenarnos también es enseñar. Si venimos abrumados, tenemos derecho a respirar y a tomarnos un momento. Y podemos decirlo en voz alta: «estoy cansada, necesito calmarme un rato». Ver a un adulto que se regula es de las mejores experiencias que un hijo puede tener.
Lo que de verdad nos llevamos
Cerramos con las dos ideas que cruzan toda la vida:
- El cerebro llega esperando. Es expectante y dependiente de la experiencia: espera que algo le ocurra, y se construye con lo que le ocurre.
- Y eso que le ocurre es un ida y vuelta. Servir y devolver. Él sirve, nosotros devolvemos, y la pelota va tomando fuerza durante años.
Y algo que suele olvidarse: nuestro propio cerebro está preparado para responderle. No hay que aprender a hacerlo. Hay que estar disponible para hacerlo.
Yo siempre destaco que el sentido de unas competencias parentales bien desarrolladas no es únicamente criar bien a un hijo, sino hacerlo guardando momentos inolvidables en el corazón. Los criamos para que sean independientes y sepan sortear la vida, y lo hacemos también para ser nosotros felices con ellos y por ellos, a lo largo de toda la vida.
En octubre veremos dónde se construye ese cerebro, y por qué el estrés del entorno llega hasta él. En noviembre, qué pasa cuando ese hijo se vuelve adolescente y creemos que ya no influimos en él.
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Marcela Frugone J., PhD Docente e investigadora, Universidad Casa Grande mfrugone@casagrande.edu.ec
Foto www.magnific.com
Referencias
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Barbeito, L. (2019). La «construcción» del cerebro durante la primera infancia y su adaptación a la adversidad. En UNICEF Uruguay, Infancia, adolescencia y juventud: oportunidades claves para el desarrollo (pp. 25-40). UNICEF Uruguay.
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American Academy of Pediatrics. (2015). Las experiencias infantiles adversas y las consecuencias del trauma para toda la vida.
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Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard. (enero de 2016). Las experiencias construyen la arquitectura cerebral. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=5eclpm9tbks
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Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard. (enero de 2016). Las interacciones «servir y devolver» dan forma a la estructura cerebral. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=NQqnRi0y5OA








