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Todo padre desea que sus hijos alcancen la felicidad; sin embargo, son ellos quienes deben aprender a llegar a ella primero.

Lo primero que debemos preguntarnos si queremos hijos felices es: ¿Qué entendemos nosotros -papás- por felicidad? Si no sabemos qué es, naturalmente, no sabremos hacia dónde orientar nuestra vida, tampoco cómo vivirla… peor aún educar y forjar a nuestros hijos de manera que sean personas y cristianos maduros, que sepan ser felices más allá de las circunstancias difíciles que puedan afrontar.

¿Cómo ser felices?

Normalmente, la pregunta espontánea es: ¿Qué tengo que hacer para ser feliz? No obstante, esa pregunta, de por sí, ya está equivocada. Porque no se trata de algo que yo, solo, lo pueda vivir. La felicidad no es algo que solo con nuestras fuerzas podamos alcanzar. Se trata de una relación entre personas. Relaciones de amistad, de amor y fraternidad. Aún más cuando hablamos de lazos familiares. Tampoco se trata de “hacer algo” para la felicidad. La felicidad no “se hace”, se vive. Este mundo tan pragmático y utilitarista en que vivimos, nos “enseña” que para conseguir lo que deseamos, debemos hacer o cumplir tareas que nos brinden el resultado que queremos. Por lo tanto, la pregunta correcta es: ¿Cómo vivir para darle sentido a nuestra vida, que tiene “luces y sombras”?

Antes de seguir adelante, quisiera decir que soy consciente de la importancia y trascendencia de esta pregunta. Es, sin lugar a duda, una de las inquietudes y aspiraciones más profundas de los padres. Podría convertirse en un curso extenso, debido a la relevancia del asunto. Sin embargo, en estas breves reflexiones, quiero explicar dos puntos esenciales.

La felicidad que merecen

Teniendo un poco más claro el concepto de felicidad, podemos dar el primer paso con relación a nuestros hijos. Lo primero y más importante, si queremos ayudarlos a que sean felices, es mantener con ellos una relación personal de amor, muy íntima y cercana. Somos sus padres, quienes pueden transmitirles el amor y cariño, el respeto y dedicación que se merecen. Si no reciben una adecuada valoración y reconocimiento personal en su casa, mucho menos lo tendrán afuera en la calle. Incluso en el colegio, sabemos bien, pueden ser objeto de burlas, maltratos (el famoso bullying), o simplemente aprender relaciones de amistad que no están basadas en valores y hábitos que sabemos que son relevantes. Hay que dedicarles tiempo, no solo de calidad, sino también en cantidad.

En segundo lugar, además de esa relación personal, de intimidad y recogimiento, los padres deben tener claro que eso no significa que deben comportarse como “sus amigos” del colegio, creyendo que así conseguirán la atención que esperan de los hijos. Los padres y madres deben cumplir con su rol y su lugar importantísimo de padres. Los hijos necesitan esa relación y amor paternal. Los padres son los que forjan a los hijos –cuál oro en el crisol– buscando, con un sano equilibrio, sacar lo mejor de ellos, exigiéndoles y, mostrándoles a la vez, su cariño y ternura. No es un equilibrio tan fácil de alcanzar; sin embargo, fundamental para que luego, cuando estén por su cuenta, sean capaces de afrontar el mundo sin ser “pisoteados” y maltratados por nuestra sociedad actual.

Valores olvidados

Finalmente, hay algunos valores que percibo cada vez más olvidados, por ejemplo: compromiso, responsabilidad, sacrificio, entrega, generosidad, renuncia, coherencia, perseverancia. ¡Cuánto podríamos hablar de cada uno! Las menciono para que sean motivo de diálogo al interior de sus familias. Estoy seguro de que compartir, por ejemplo, la importancia de esos valores para la vida, puede ser un buen tema de diálogo y formación para ellos.

Por Por Pablo Perazzo
Máster en educación

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