Cuando el cántaro se rompe…

Estuve en un velorio donde reinaba la presencia serena de la muerte. En aquella casa había sosiego, paz, sonrisas y ojos empañados, iluminados por recuerdos amables. No era ausencia de tristeza. Era otra cosa, la certeza compartida de una vida que había llegado a su término natural y de una despedida vivida sin sobresaltos ni negaciones, con amor, cerrando círculos para abrir otros, donde quien parte queda integrado en su ausencia-presencia.

Pensé entonces en los nacimientos que se preparan y se celebran. Se espera durante meses la llegada de una nueva vida. Hay dolor. Pero el sufrimiento queda envuelto por el deslumbramiento de una existencia que comienza. Alumbrar viene de luz, de lumbre. Nacer es entrar en la claridad.

¿Por qué nos cuesta imaginar que también la muerte pueda estar rodeada de cierta luz? Hay dolor porque no volveremos a ver a quien parte. Ese dolor es real. Pero cuando la muerte llega de la manera natural en que debe llegar, también puede convertirse en un acontecimiento sereno, para compartir la plenitud de una vida.

Pienso en Dios como una entrañable fogata de amor y de luz. Nosotros somos chispas de ese fuego, encendidas por un instante en el tiempo. La chispa que parte deja fuegos encendidos y esos fuegos, juntos, forman una fogata inmensa. Lo asombroso es que esas luces se convierten en luces de otros. La muerte quizás sea una manera de compartir la luz propia. Por eso solemos decir que quienes parten se convierten en estrellas. Tal vez intuimos que la luz no desaparece. Algo suyo permanece alimentando nuestra vida. Y algo nuestro viaja con ella.

Cuando el cántaro se rompe, su espacio se hace infinito. La luz desborda sus límites y, en el dolor de la ausencia, la gratitud por lo vivido se instala como certeza y camino.

Poder vivir la muerte de esa manera se ha convertido casi en una excepción. En el Ecuador actual, y particularmente en Guayaquil, muchas personas salen de sus casas con cálculos que hace pocos años eran impensables. Se evitan ciertas calles, reuniones al aire libre, deportes en parques, velorios y aeropuertos. La muerte, muchas veces temida, ya no aparece solamente como parte inevitable de la existencia, sino como signo de violencia, de terror y de miedo.

Muchas personas aceptan la muerte como parte de la vida, pero viven rodeadas por el temor a una muerte arbitraria, violenta o accidental. El problema es que la violencia nos ha arrebatado la posibilidad de encontrarnos con ella cuando corresponda.

La serenidad ante la propia muerte es una conquista interior. Pero esa conquista necesita de una sociedad que proteja la vida. No basta con aceptar que somos mortales; necesitamos vivir en un lugar donde la muerte no sea una amenaza cotidiana.

Francisco la llamaba hermana, como el agua y el sol, como todo aquello que forma parte de nuestra existencia. Transición que no conocemos, pero que los cristianos creemos que no tendrá la última palabra, ni en nuestra vida ni en la humanidad en general.

En un país que nos ha robado tantos derechos, aspirar a una muerte digna es un desafío. Recuperar una vida vivida sin miedo es, quizás, el primer paso para volver a encontrar esa serenidad. (O)

Por Nelsa Curbelo-vía El Universo
Foto www.magnific.com Gemini AI

arte-ipac-navidad