Después de cierta edad, la muerte de las personas cercanas empieza a ocupar un lugar diferente en nuestra experiencia. Ya no es solamente una noticia triste, una ausencia que nos conmueve o un dolor que acompaña a otros. De pronto, la muerte tiene nombres propios, historias compartidas, voces que reconocemos y lugares que alguien ya no volverá a ocupar. Perdemos padres, amigos, hermanos y, a veces, personas que fueron testigos de quienes éramos antes de convertirnos en quienes somos hoy.
Hay algo profundamente transformador en atravesar estas pérdidas. Porque cuando alguien cercano muere, no solo perdemos a esa persona: también perdemos una parte del mundo que construimos con ella. El duelo nos enfrenta, entonces, con una doble ausencia: la de quien se fue y la de una parte de nuestra propia historia.
En la segunda mitad, estas experiencias suelen acercarnos a una conciencia más concreta de nuestra propia finitud. La muerte deja de ser una idea lejana para convertirse en una posibilidad que nos atraviesa. Empezamos a preguntarnos cuánto tiempo tenemos, qué estamos haciendo con él y cuáles de nuestras preocupaciones merecen realmente la energía que les dedicamos. No necesariamente nos volvemos más sabios por envejecer, pero podemos volvernos más conscientes de que la vida no es ilimitada y de que postergar indefinidamente lo importante también tiene un costo.
A veces, lo más humano que podemos hacer es aceptar que extrañamos, permitirnos estar tristes y descubrir, poco a poco, cómo seguir viviendo con esa ausencia. El duelo no consiste en olvidar ni en dejar atrás a quien murió, sino en encontrar una manera de llevar su presencia con nosotros sin que el dolor ocupe todo el espacio disponible.
Quizás una de las preguntas más importantes que nos trae la segunda mitad de la vida sea esta: ¿qué queremos hacer con el tiempo que todavía tenemos? Se trata de revisar nuestras prioridades con honestidad. De cuidar los vínculos que nos hacen bien, de dejar de invertir tanta energía en aquello que nos desgasta, de animarnos a cambiar lo que ya no nos representa y de concedernos el permiso de vivir de una manera más cercana a nuestros deseos.
Con los años, comprendamos que vivir no consiste en evitar las pérdidas, sino en aprender a seguir abiertos al mundo a pesar de ellas y así, encontremos una forma más profunda de estar presentes: lo más importante es, quizá, empezar a reconocer el valor del tiempo que nos queda.
Abrazo de día de todos los santos, Diego Bernardini








