Una escena que se repite cada día en cafeterías, aulas, hogares y reuniones es la de ver a dos o más personas que comparten la misma mesa, pero cuya conversación se interrumpe cuando alguien baja la mirada hacia el celular. En Ecuador, esta imagen ocurre en un país cada vez más conectado. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en julio de 2025 el 80,1 % de las personas de 5 años y más utilizaba internet y el 59,3 % tenía un teléfono inteligente. La conectividad abre oportunidades enormes, pero también plantea una pregunta sencilla: ¿qué pasa cuando estar conectados con quienes están lejos comienza a desconectarnos de quienes están cerca?
El término phubbing combina las palabras inglesas phone (teléfono) y snubbing (ignorar o desairar). Describe el acto de prestar atención al celular mientras otra persona está presente, desplazando, incluso por unos segundos, la interacción cara a cara. No se trata de considerar al teléfono como un enemigo ni de asumir que revisar un mensaje ocasional constituye un problema. La dificultad aparece cuando esta conducta se vuelve frecuente y empieza a instalarse como una forma habitual de relacionarnos.
Desde la psicología, el punto central no es solamente cuánto tiempo usamos una pantalla, sino qué ocurre en el vínculo mientras la usamos. Mirar repetidamente el celular durante una conversación puede transmitir mensajes no verbales: “esto requiere más mi atención”, “puedes esperar” o “no estoy completamente aquí”. Una revisión y metaanálisis publicado en 2025, que reunió 52 estudios sobre phubbing en parejas, encontró asociaciones con menor satisfacción y calidad de la relación, menor intimidad y cercanía emocional, además de mayor conflicto. Otra revisión de 2024 halló una relación positiva entre phubbing y el miedo a perderse algo de lo que sucede en línea (FOMO).
El fenómeno merece atención precisamente porque la digitalización ya forma parte de la vida cotidiana ecuatoriana. El acceso a internet en los hogares pasó de 60,4 % en 2022 a 71,3 % en 2025, de acuerdo con el INEC. En una ciudad dinámica como Guayaquil, donde el celular acompaña el estudio, el trabajo, el transporte, las compras, el entretenimiento y la comunicación familiar, aprender a usarlo sin desplazar el encuentro presencial se convierte en una habilidad de convivencia.
La situación trasciende a las familias. Niños y adolescentes aprenden formas de relacionarse observando a los adultos y experimentando cómo estos responden a sus necesidades de atención. Investigaciones recientes han relacionado el phubbing parental con variables como soledad y ansiedad social en adolescentes. Estos resultados no significan que cada interrupción del celular produzca automáticamente un daño; sí recuerdan que la disponibilidad emocional, la escucha y la atención cotidiana son componentes importantes de los vínculos.
No hace falta abandonar la tecnología. El desafío es recuperar cierto control sobre cuándo merece nuestra atención. Acciones sencillas pueden ayudar: acordar momentos sin celulares durante las comidas, evitar revisar notificaciones mientras alguien cuenta algo importante, mantener el teléfono fuera de la vista en conversaciones significativas y preguntarnos, antes de desbloquear la pantalla, si realmente necesitamos hacerlo en ese momento. Son hábitos pequeños, pero protegen algo que ninguna aplicación puede reemplazar: la experiencia de sentirse escuchado.
La hiperconectividad nos permite estar disponibles para muchas personas al mismo tiempo, pero la presencia humana exige algo diferente: elegir a quién prestamos atención aquí y ahora. Tal vez el problema del phubbing no sea simplemente mirar demasiado el celular, sino dejar de mirar suficientemente a las personas. En una sociedad cada vez más digital, cuidar nuestros vínculos también implica aprender cuándo guardar la pantalla y volver a encontrarnos cara a cara.








