El propósito como organizador

Durante décadas nos obsesionamos con la expectativa de vida: cómo prevenir enfermedades, cómo retrasar el envejecimiento, cómo llegar a los 80, a los 90 o incluso a los 100 años. Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante aparece después: ¿para qué? Porque la longevidad, por sí sola, no garantiza bienestar, eso ya lo sabemos.

Vivir más no es necesariamente vivir mejor. La verdadera revolución consiste en construir una vida que siga teniendo dirección, curiosidad y propósito cuando ya hemos recorrido buena parte del camino.

Entonces, la segunda mitad nos enfrenta a un escenario inédito.

Muchos de los mandatos que organizaron la primera mitad comienzan a transformarse o dejan de ocupar el centro de la escena. Es entonces cuando aparece un espacio que puede resultar tan desafiante como liberador: el de reinventarse. Tener un proyecto es vital y no es importante  el tamaño del proyecto, sino que vuelva a poner al futuro en el horizonte.

La ciencia confirma que las personas que mantienen un propósito vital no solo reportan mayor bienestar emocional, sino que también presentan mejores indicadores de salud física, cognitiva y social. El propósito funciona como un organizador interno: nos ayuda a levantarnos cada mañana, a sostener hábitos saludables, a relacionarnos con otros y a atravesar con mayor resiliencia las inevitables pérdidas que trae el paso del tiempo. En una sociedad que suele asociar el envejecimiento con el retiro o la resignación, recuperar la idea de propósito es, en realidad, una forma de prevención. Es una estrategia de salud pública tan relevante como promover la actividad física o una buena alimentación.

Quizás la conversación sobre la longevidad deba cambiar de eje. En lugar de preguntarnos únicamente cuántos años vamos a vivir, deberíamos preguntarnos qué clase de persona queremos ser en esos años que tenemos por delante. Porque llegar a los 100 puede ser una extraordinaria oportunidad o un tiempo difícil de sostener si no existe un motivo que nos convoque. La longevidad no es una meta en sí misma: es un espacio de posibilidades. Y cada uno de nosotros tiene la responsabilidad —y también el privilegio— de llenarlo de significado.

Por Diego Bernardini-lasegundamitad
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