De la table a la tablette
Fabrice Hadjadj es un filósofo, escritor y dramaturgo francés, de origen judío y convertido al catolicismo. Es conocido por su estilo brillante, provocador y muy concreto, capaz de unir filosofía, teología, familia, cuerpo, humor y vida cotidiana. Y con estos intereses tan sugerentes habla de la mesa familiar con un juego de palabras que se entiende muy bien en el idioma francés: la table y la tablette. La mesa familiar comparada con la tableta electrónica. Ambas son objetos técnicos, ambas están hechas por el hombre, ambas organizan nuestra postura, nuestra mirada y nuestro modo de relacionarnos. Pero no producen el mismo tipo de humanidad. La tableta concentra la atención en una superficie individual; la mesa abre la atención hacia los rostros. La tableta se toca con un dedo y responde de inmediato; la mesa pide esperar, escuchar, servirse unos a otros, hablar, callar, agradecer y permanecer.
Por eso Hadjadj llega a afirmar que la mesa familiar es un objeto técnico superior a la tableta electrónica. No porque sea más sofisticada, sino porque es más humana. La tableta puede conectar con muchas cosas, pero a menudo desconecta de quienes están al lado. La mesa, en cambio, no tiene pantalla, ni brillo, ni notificaciones, pero consigue algo mucho más difícil: reunir a una familia real alrededor de un alimento común.
Una familia no se fabrica
En su reflexión sobre la familia, Hadjadj recuerda algo elemental y a la vez muy olvidado: no se puede “fundar” una familia como se funda una asociación, una empresa o un club. La familia nos precede. Nadie elige nacer de esos padres, tener esos hermanos, recibir esa historia concreta. La familia no empieza como un proyecto diseñado por individuos soberanos, sino como una realidad recibida.
Esto tiene mucho que ver con la mesa. Alrededor de ella no se sientan personas que se han elegido por afinidad perfecta. Se sientan padres cansados, hijos pequeños, adolescentes distraídos, hermanos que discuten, abuelos que repiten historias, invitados que llegan, silencios que pesan y alegrías que se celebran. La mesa no reúne a una familia ideal, sino a una familia real. Y precisamente por eso educa.
La mesa enseña a recibir
Comer en familia parece un gesto sencillo, casi ordinario. Pero ahí sucede algo decisivo: el niño aprende que la vida empieza recibiendo. Alguien ha comprado, alguien ha cocinado, alguien ha puesto los platos, alguien ha esperado a los demás. La comida no aparece mágicamente como una mercancía disponible (un ejemplo es el servicio delivery se refiere al servicio de entrega a domicilio de comida casi siempre preparada) sino como algo preparado y ofrecido.
En una cultura marcada por el consumo inmediato, esta experiencia es muy importante. El hiperconsumo acostumbra a pedir, elegir, cambiar y sustituir. Si algo no gusta, se descarta. Si algo aburre, se busca otro estímulo. Si aparece una espera, se llena con una pantalla. La mesa familiar introduce otra lógica: recibir, agradecer, compartir y cuidar. No con grandes discursos, sino con gestos pequeños: bendecir, esperar a que todos estén servidos, probar lo que hay, decir gracias, pasar el agua, ayudar a recoger.
La mesa enseña a estar juntos
La tableta tiende a individualizar. Cada uno mira su pantalla, recibe su estímulo, controla su ritmo y vive dentro de su pequeño mundo digital. La mesa hace lo contrario: nos obliga suavemente a salir de nosotros mismos. Allí hay que mirar, escuchar, responder, dejar hablar, aceptar que la conversación no siempre gira en torno a uno.
Por eso la mesa familiar ayuda a habitar la realidad. No de una manera abstracta, sino muy concreta. Habitar es aprender a estar en un lugar con otros. Es descubrir que el hogar no es solo un espacio donde cada uno pasa, come y consume, sino un mundo común. Cuando una familia se sienta a la mesa sin televisión de fondo y sin móviles ocupando el centro, el hogar vuelve a tener densidad. Se convierte en un lugar donde la vida se comparte.
Enseña lenguaje
La primera infancia necesita palabras vivas. No solo palabras emitidas por una pantalla, sino palabras dirigidas al niño, palabras que responden, que preguntan, que esperan, que nombran lo ocurrido. En la mesa se aprende muchísimo lenguaje unido a la tertulia: “¿qué has hecho hoy?”, “pásame el pan”, “da las gracias”, “mañana iremos a ver a los abuelos”, “eso no se dice así”, “cuéntanos qué ha pasado”.
La televisión de fondo es especialmente dañina porque parece inofensiva. Nadie la está mirando del todo, pero ocupa el ambiente. Interrumpe la conversación, fragmenta la atención y llena la casa de voces que no responden al niño. La mesa, en cambio, necesita un fondo humano: voces familiares, silencios, pequeñas bromas, relatos, preguntas y miradas.
Pone límites
La mesa también educa el deseo. No todo puede ser inmediato. No siempre se come lo que uno quiere. No se puede hablar siempre primero. No se debe servirse todo para uno. Hay que esperar, repartir, probar, agradecer. Todo esto puede parecer mínimo, pero es una gran escuela de vida.
Frente a la tableta, que responde al dedo con rapidez, la mesa enseña que la realidad tiene ritmo. Frente al consumo, que promete satisfacción inmediata, la mesa enseña paciencia. Frente al capricho individual, la mesa enseña pertenencia. En torno a una comida sencilla, el niño aprende que hay otros y que esos otros importan.
Transmite una historia
En la mesa se transmite mucho más que alimento. Se transmiten costumbres, recetas, relatos familiares, fiestas, formas de hablar, modos de acoger a un invitado, recuerdos de los abuelos, pequeñas normas de cortesía y también una cierta manera de mirar la vida. No se transmite todo de golpe, sino por repetición. Día tras día, comida tras comida, el niño va entendiendo que pertenece a una historia. Existe un marco de estudios muy jugoso para entender estos temas que se llama narrativa familiar y que habla de la trasmisión de la memoria familiar que nos define y constituye. Será otro día.
Hadjadj insiste en que la familia no es un proyecto artificial construido desde cero. Es una realidad que nos precede y nos introduce en vínculos que no dominamos del todo. La mesa hace visible esa verdad: uno se sienta con quienes le han sido dados, aprende a quererlos en su imperfección y recibe de ellos una memoria que podrá llevar más allá.
Desconectar para volver a conectar
Recuperar la mesa familiar no significa idealizar familias perfectas ni organizar comidas impecables. Significa cuidar un lugar sencillo donde la vida pueda volver a reunirse. A veces habrá cansancio, discusiones, prisas y niños inquietos. Pero incluso así, la mesa sigue siendo una de las grandes escuelas de humanidad.
Quizá por eso la intuición de Hadjadj es tan necesaria hoy. La tableta brilla más, entretiene más y responde más rápido. Pero la mesa forma mejor. Si la tableta captura la atención, la mesa la educa. Cuando tableta individualiza, la mesa reúne. Si tableta ofrece estímulos, la mesa ofrece presencia. La tableta conecta con pantallas lejanas al azar, la mesa conecta con los rostros cercanos y reconocible que son carne de nuestra carne.
Por Ignasi de Bofarull/Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña








