Gratitud como actitud

Compartir:

Permíteme contarte algo que explica muy bien por qué la gratitud puede cambiar la forma en la que vivimos.

Era temprano. Iba conduciendo, pero su atención no estaba del todo en la carretera.

Como nos ocurre a tantos, su mente estaba en otra parte: en lo que faltaba, en lo que no terminaba de llegar, en todo aquello que, según él, todavía necesitaba para sentirse en paz.

Pensaba en metas no alcanzadas, en reconocimiento, en asuntos pendientes. Sin darse cuenta, había entrado en ese estado interior en el que uno deja de mirar la vida que tiene para quedarse atrapado en la que cree que le falta.

Y entonces ocurrió algo. Tuvo que frenar de golpe. Fue solo un instante, pero bastó. El cuerpo reaccionó antes que la mente, el corazón se aceleró, la respiración cambió y todo su organismo se puso en marcha para protegerle. Y cuando el coche se detuvo y volvió el silencio, comprendió algo que hasta entonces no había visto con claridad.

Su cuerpo estaba ahí, sosteniéndole.

Su corazón seguía latiendo.

El aire seguía entrando y saliendo.

La vida, en medio de todo, seguía ocurriendo.

Y de pronto, aquello que unos segundos antes ocupaba toda su atención perdió fuerza.

No porque sus problemas hubieran desaparecido, sino porque, durante un momento, dejó de mirar desde la carencia y empezó a mirar desde la presencia.

Eso, en el fondo, es la gratitud.

No una obligación moral, no una frase bonita, tampoco una manera ingenua de negar las dificultades. La gratitud es una manera de mirar.

Una forma de entrenar la atención para reconocer que, incluso en medio de la preocupación, sigue habiendo mucho que sostiene, mucho que acompaña, mucho que está. A veces pensamos que la abundancia consiste en añadir y, sin embargo, muchas veces tiene más que ver con aprender a ver.

Ver que ese cuerpo al que apenas prestamos atención trabaja sin descanso por nosotros.

Ver que una conversación, un rayo de sol o un instante de calma no son cosas pequeñas.

Son parte de esa riqueza cotidiana que solemos pasar por alto.

La plenitud no siempre aparece cuando por fin conseguimos aquello que deseábamos.

A veces empieza antes:

En el momento en que dejamos de vivir pendientes de lo que falta y empezamos a reconocer lo que ya está presente. Por eso no hace falta esperar a que la vida nos sacuda para despertar.

A veces basta con detenerse un momento, respirar y mirar de nuevo.

Por Dr. Mario Alonso Puig
Foto www.freepik.es
Compartir:

arte-ipac-navidad