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Del 21 al 28 de julio, jóvenes de todo el mundo asistieron a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Rio de Janeiro. VIVE! tuvo a su enviado especial que nos cuenta cómo se vivió la jornada desde los zapatos de un peregrino.

Fue mi primera vez en una Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). El 21 de julio desperté ansioso para tomar mi vuelo hacia Rio de Janeiro con conexión en Bogotá. Allá me encontré con grupos que viajaban desde Venezuela, México y Colombia.

Previo a la vigilia cada peregrino caminó cerca de 9 kilómetros hasta Copacabana.

Eran las 22:30 y el aeropuerto “El Dorado” de Bogotá resonaba con cánticos y gritos para el Papa. La delegación mexicana se hacía notar por sus grandes sombreros de mariachi. Pese a las horas de vuelo que cada peregrino traía a cuestas, el ánimo no mermaba. “Papa Francisco… te queremos en Jalisco”, gritaban por un lado, mientras en otra esquina cantaban “Cielito lindo” y armaban fiesta con un sonador. El padre Roberto, que vestía sotana negra y cargaba una pequeña maleta nos invitó a todos a unirnos en oración antes del vuelo. ¡La peregrinación había comenzado!

Rio me recibió con su más cálido sol y con uno de los paisajes más lindos que he visto. Con un contraste de montañas y mar. Me hospedé con la delegación del Movimiento de Vida Cristiana (MVC) y mi grupo era el número 4. Llegué a una de las sucursales de la Universidad Cándido Méndes, ubicada en el barrio de Tijuca, al norte de Rio.

Rafael, uno de los encargados, nos recibió con el almuerzo y nos ayudó a organizarnos en aulas de la universidad, hombres y mujeres por separado. Todos dormíamos en sleeping bags y había 42 duchas que fueron implementadas en containers. “El agua es fría pero como hace calor los va a refrescar” aseguró Rafael con buen ánimo.

El martes 23, Rio ya no era el Rio de las películas, los videos musicales y los libros turísticos. Una oleada de frío nubló la ciudad por completo y trajo consigo lluvias y temperaturas de hasta cinco grados centígrados. Pero bueno, no íbamos de turismo, sino de peregrinaje y debíamos acoplarnos a cualquier adversidad. Desde ese momento dejó de existir el “agua fría para refrescar el calor” al bañarnos y fue reemplazada por “cubos de hielo” que nos dejaban bien despiertos para cada jornada.

A las cuatro de la tarde del 23, pisé por primera vez la tan famosa playa de Copacabana, ahora con arenas heladas y mar “antártico”, en donde nos reunimos 600 mil jóvenes para la misa de inauguración de la JMJ a cargo del arzobispo de Rio. Cayó una ligera llovizna, pero no nos detuvo al andar. 

Miles de personas de todas las nacionalidades, con banderas e insignias de cada país, desfilaban por todo Rio. Los peregrinos nos diferenciábamos del resto gracias a nuestras camisetas y mochilas amarilla, azul o verde.

“¡Enumérese grupo cuatro!”

Los peregrinos formaban filas de la mano hacia Copacabana, para no perderse entre la multitud.

Teníamos un cronograma en donde, cada mañana, recibíamos catequesis en nuestra parroquia designada y luego podíamos optar por visitar la feria vocacional, el festival de la juventud y un sinnúmero de eventos que estaban distribuidos por todo Rio.

Mi grupo, integrado por 15 personas, debíamos ponernos de acuerdo para movilizarnos y decidir el lugar al que íbamos a asistir. Optamos en conjunto que el que quisiera, podía tomar otro rumbo. El grupo de 15 se redujo y cada cierto tiempo Hugo, nuestro encargado, gritaba en son de burla: “¡Enumérese grupo 

Grupo 4 enumerado: Christofeer, Rubén, Hugo y Juan Felipe.

cuatro!” y todos esperaban escuchar muchas voces, pero la cuenta llegaba máximo al cinco. La decisión fue acertada, ya que las pocas veces que estuvimos en grupos grandes, terminábamos perdiéndonos, o se nos dificultaba encontrar lugares para comer juntos.

La movilización en Rio no era muy complicada ya que la ciudad cuenta con un buen sistema de buses y trenes interconectados. Con mapa en mano nos aventuramos a la misión. Nos perdimos y nos seguimos perdiendo, pero gracias a eso conocimos mucha gente nueva y lugares diversos. Logré probar, desde la famosa feijoada, típica en Brasil, hasta comida árabe que no supe reconocer.

Cuando ni el mapa ni la memoria nos servían, tocaba preguntar a los cariocas en un “portuñol” que fue mejorando con el pasar de los días. La gente fue muy amable y paciente con nosotros. El oído poco a poco se familiarizaba con el idioma, al punto de que nuestro último día estuvimos en una fila por 45 minutos hablando con un alegre profesor de educación física y acérrimo hincha del Botafogo, quien solo nos habló en portugués.

“Vayan, sin miedo, para servir”

El jueves 25, día en que el Papa Francisco iba a dirigirse a nosotros por primera vez, la movilización fue más difícil, ya que todos los peregrinos nos dirigíamos a un mismo punto de encuentro. Era común observar a grupos caminar en fila agarrados de las manos para no perderse, o gente con banderas guía.

Ese día solo pudimos ver al Papa desde lejos y por medio de las pantallas gigantes. La ceremonia se seguía en simultáneo en más de 20 idiomas por distintas emisoras radiales. Nuestro error: no tener una radio. Sin embargo, el Papa es latino y dio la mayoría de sus discursos en español o portugués, lo cual era un punto a favor.

El viernes 26, llegamos temprano a Copacabana para el Vía Crucis y nos detuvimos a esperar al Santo Padre frente a la V estación que estaba representada por las escalinatas de Selarón o Santa Teresa, un lugar turístico de Rio. El Papa pasó de cerca en el “Papamóvil” y la euforia de la gente nos hacía vibrar. Hubo quienes se alegraron hasta el borde de las lágrimas. Siempre humilde y feliz, nos invitaba a ir “sin miedo y servir”.

“No balconeen la vida”

El sábado 27, era un día poco común. Desde temprano, luego del baño en hielo, todos salimos preparados para peregrinar con sleeping bags hacia la vigilia, que cambiaron de lugar a última hora por condiciones climáticas, a la playa de Copacabana.

Ante esto, el Papa nos cuestionó: “¿No estaría el Señor queriéndonos decir que el verdadero campo de la fe, el verdadero campus fidei, no es un lugar geográfico sino que somos nosotros?”.

Durante la JMJ, cada peregrino contó con seguro médico, y dos tarjetas: una para movilización y otra para alimentación.

Cada peregrino debía recoger un kit de alimentación que suplía la comida del sábado y el desayuno del día siguiente. Nosotros decidimos arriesgarnos a no ir por el kit para poder conocer un poco más de Rio. Fuimos al “Pão de Açúcar”, un teleférico que sube a dos montañas que tienen forma de pan de azúcar y presentan una vista espectacular de Rio. A la bajada, empezó nuestro peregrinar hasta el lugar de vigilia. Nos encontramos con personas que hicieron fila 6 horas por el kit y supimos que habíamos hecho lo correcto.

No sé cuánto caminamos, pero fue bastante, mi espalda podía gritar. Copacabana estuvo atestado de carpas y sleeping bags hasta dos cuadras hacia adentro de la ciudad. Vimos de lejos nuevamente pasar al Papa y luego, al iniciar su discurso, una de las frases que más fuerte caló en muchos de nosotros fue: “Jóvenes: no balconeen la vida. Métanse en ella. Jesús no balconeó la suya”. Luego de la exposición del Santísimo y un momento de oración hubo música y cada quien descansó como pudo en la arena o cemento, con frío y agua de mar. El amanecer fue uno de los más hermosos que he visto, no sé si por el momento, la compañía o mi imaginación, pero tuvo matices de todos los colores.

En la mañana del 28, el clima ya había mejorado, bailamos el flashmob de la JMJ y el Papa celebró la misa de envío frente a casi cuatro millones de jóvenes. Cada quien estaba listo para llegar a su país y ser portador de la Palabra de Dios.

Un peregrino es alguien que se entrega al caminar. Esta experiencia es distinta a lo que muchos se esperan. Mi experiencia fue de sacrificio y entrega, de cansancio, dolores, incomodidades; de conocer nuevas culturas y sentirme reforzado al saber que en el mundo somos muchos los jóvenes que vivimos un mismo ideal.

La JMJ en cifras
La Jornada Mundial de la Juventud superó todas las expectativas y reunió a casi 4 millones de jóvenes en su último día. Te presentamos algunas cifras interesantes:
• El 60% de los peregrinos tenía entre 19 y 35 años.
• Se estima que la media del gasto por peregrino fue de 500 dólares.
• El número total de inscritos fue de 427.000, procedentes de 127 países.
• Del total de inscritos internacionales, el 72% nunca estuvo en Brasil y un 87% asistió por primera vez a una JMJ.
• Se inscribieron 644 obispos, de los cuales 28 son cardenales; 7814 sacerdotes y 632 diáconos.
• Hubo 6400 periodistas acreditados de 57 países. 60000 voluntarios, 264 locales de catequesis y 800 artistas.
• Se elaboraron más de 4 millones de hostias.
• En Copacabana se eliminaron 10% menos residuos que en fin de año.

Por Juan Felipe Torres G.
Editor
Enviado especial

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