La montaña rusa del desempleo

Detrás de cada hoja de vida hay una historia; detrás de cada entrevista, una ilusión; y detrás de cada silencio, una persona que intenta no perder la esperanza mientras las cuentas siguen llegando.

Hay días en los que te sientes capaz de comerte el mundo y otros en los que no tienes fuerzas ni para levantarte de la cama. Así es el desempleo: hoy haces planes, mañana lloras y pasado mañana vuelves a creer. Te llenas de ideas, piensas en mil negocios, te emocionas con nuevas posibilidades y, cuando algo no sale como esperabas, vuelves a empezar. Es una montaña rusa en la que pasas del optimismo a la angustia en cuestión de horas, intentando mantener la fe incluso cuando hasta creer cuesta.

Porque una cosa es decir “todo va a estar bien” y otra muy distinta es mirar tu cuenta bancaria, escuchar al banco llamarte y preguntarte cómo vas a llegar a fin de mes.

Entonces comienza la carrera: actualizas tu hoja de vida, buscas ofertas, llenas formularios, haces pruebas y tocas puertas. Las de tus amigos, tus conocidos y hasta las de quienes alguna vez te dijeron que contabas con ellos. “Pásame tu hoja de vida, yo te aviso”, te dicen. Y tú esperas, porque necesitas una oportunidad, no una promesa.

A veces te llaman, avanzas en el proceso y llegas a la entrevista final. Te ilusionas. ¡Esta vez puede ser! Pero no quedas. Otras veces ni siquiera recibes una respuesta. Y vuelves a intentarlo, porque las deudas no esperan, los gastos no desaparecen y el tiempo sigue avanzando como si nada estuviera pasando.

Buscar empleo es un trabajo de tiempo completo, solo que nadie te paga por hacerlo y nadie te garantiza que mañana tendrás una nueva oportunidad.

Sin embargo, hay algo de lo que poco se habla: el desgaste emocional. Después de años de experiencia, preparación y trabajo, empiezas a preguntarte qué estás haciendo mal. Hay noches en las que no duermes y mañanas en las que quisieras que el día tardara un poco más en comenzar. No porque hayas dejado de luchar, sino porque estás cansada de tener que ser fuerte todo el tiempo.

Lo digo desde mi propia experiencia. He atravesado el desempleo más de una vez y sé lo que significa recuperar el ánimo, volver a buscar y aprender a convivir con la incertidumbre. También sé lo que se siente cuando, justo comienzas a recuperar la estabilidad, la vida laboral vuelve a dar un giro inesperado.

Hoy estoy trabajando, pero no olvido aquellos días. Soy soltera, tengo deudas, gastos y un hijo perruno que depende de mí. No tener hijos no significa no tener responsabilidades. Cada persona tiene sus propias batallas y no necesitamos compararlas para entender que quedarse sin empleo es duro. No quiero imaginar lo que representa para quienes, además, sostienen económicamente a toda una familia.

Y si algo he aprendido en este proceso es que no tienes que poder con todo tú sola. Apóyate en tus personas de confianza, en esas que se convierten en refugio cuando el mundo pesa demasiado. En mi caso, mis padres y mis hermanos han sido ese lugar seguro al que puedo volver cuando necesito sentir que no todo depende de mí. A veces no hacen falta grandes consejos ni soluciones mágicas; basta con que te escuchen, te hagan reír, te preparen algo rico o simplemente te recuerden que no estás sola. Déjate querer, déjate cuidar, déjate apapachar. No tienes que fingir fortaleza todo el tiempo ni cargar tus preocupaciones en silencio. Buscar empleo ya es suficientemente difícil como para, además, privarte del abrazo y la compañía de quienes te quieren. Hay batallas que debes enfrentar tú, sí, pero no tienes por qué atravesarlas sin compañía.

Por eso, cuando pienso en quienes siguen buscando, no me atrevo a decirles simplemente que tengan paciencia, como si fuera tan sencillo. Sé que hay días de llanto, miedo y desesperanza. Una palabra de aliento puede ayudar, sí, pero una oportunidad laboral puede cambiarlo todo.

Si estás atravesando esta montaña rusa, quiero recordarte algo: no eres menos profesional porque todavía no te contraten. No has perdido tus capacidades porque una empresa haya elegido a otra persona. Tu hoja de vida puede seguir esperando una respuesta, pero tu valor no depende de quién te entrevista.

Y si me permites hablarte desde mi fe, agárrate fuerte de Dios. Incluso en esos días en los que no encuentras palabras para orar, cuando te cuesta creer y la incertidumbre pesa demasiado.

No sé cuándo llegará esa oportunidad que tanto esperas. Pero, mientras llega, no permitas que la falta de empleo te haga olvidar todo lo que eres y todo lo que tienes para aportar.

Porque puedes perder un trabajo, atravesar meses de incertidumbre y tener que empezar de nuevo, pero no confundas lo que estás viviendo con lo que vales. Estás buscando una oportunidad laboral, no demostrando cuánto vales como persona.

Por Cristina Moreno M.
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