La parte de la maternidad que ningún libro puede enseñarte

Hace mucho tiempo escucho una frase que seguramente tú también has oído: “Nadie nace sabiendo ser madre.”

Y cada vez que la escuchaba, algo dentro de mí hacía ruido. No porque creyera que fuera completamente falsa, sino porque sentía que le faltaba una parte muy importante.

Desde muy pequeña sentí un amor profundo por la infancia, especialmente por los bebés. Ese amor me llevó a estudiar Educación Inicial, luego Puericultora y a seguir formándome durante años. Aprendí muchísimo de libros, de investigaciones, de profesionales y de personas con mucha más experiencia que yo. Todo ese conocimiento tiene un valor inmenso y agradezco profundamente haberlo recorrido.

Pero hubo un saber que nunca encontré en ninguna página.

No me lo enseñó la universidad. No me lo enseñó un experto. Tampoco las redes sociales, que hoy ocupan un lugar tan importante en las decisiones que muchas mujeres toman durante su maternidad. Ese saber apareció cuando aprendí a detenerme. A observar. A hacer silencio. A confiar en que no todo lo verdaderamente importante puede explicarse con palabras.

Vivimos en una época donde pareciera que siempre nos falta aprender algo más. Apenas terminamos un curso aparece otro. Leemos un libro y ya hay una nueva teoría. Descubrimos un método y enseguida surge uno diferente. Sin darnos cuenta, comenzamos a creer que para ser una buena madre primero debemos sentirnos suficientemente preparadas.

Y sí, hay muchas cosas que se aprenden. Nadie nace sabiendo cambiar un pañal, reconocer algunos signos de enfermedad, acompañar el sueño de un bebé o atravesar cada etapa de la crianza. Esas son habilidades que pueden enseñarse y son valiosas.

Pero existe otro conocimiento del que casi no hablamos.

Un saber que no vive en la mente, sino en el cuerpo. Que no nace del esfuerzo por controlar, sino de la capacidad de sentir. Una sabiduría que aparece cuando una madre mira a su bebé y, aunque nadie pueda explicarle por qué, siente lo que necesita. Esa misma sabiduría que también nos susurra cuándo necesitamos descansar, pedir ayuda, llorar o abrazarnos con más ternura.

A ese saber yo lo llamo intuición.

La intuición no reemplaza el conocimiento. Lo acompaña. Lo humaniza. Nos recuerda que hay cosas que ningún libro podrá enseñarnos porque pertenecen a la experiencia de estar vivas. Nadie puede enseñarte exactamente cómo amar a tu hijo, porque ese vínculo es único. Nadie puede decirte cómo se siente tu corazón cuando tu bebé necesita solo un abrazo. Nadie puede escribir un manual sobre la forma en que tu alma reconoce aquello que ama.

Y quizás aquí también haya un regalo para quienes hoy no tienen un bebé en brazos.

Porque estas palabras no hablan únicamente de la maternidad hacia un hijo. También hablan de la capacidad de automaternarnos. De aprender a cuidar a esa niña que todavía vive dentro de nosotros, la que muchas veces sigue esperando una mirada amorosa, una pausa, un abrazo o alguien que le diga: “Estoy aquí para ti”. Tal vez crecer también sea convertirnos en ese adulto que nuestra niña interior siempre necesitó.

Por eso, cuando vuelvo a escuchar la frase “nadie nace sabiendo ser madre”, siento que hoy respondería de otra manera.

Creo que nadie nace sabiendo todas las técnicas. Nadie nace conociendo todos los métodos. Eso se aprende, y siempre podremos seguir aprendiendo.

Pero también creo que nacemos con una sabiduría que ningún libro puede entregarnos, porque ya vive dentro de nosotros. Una sabiduría que se despierta cuando dejamos de buscar todas las respuestas afuera y comenzamos a escuchar la voz que siempre estuvo adentro.

Al final, los hijos —y también nuestra propia alma— difícilmente recordarán si elegimos el método perfecto. Recordarán cómo los hicimos sentir. Si encontraron una mirada que los veía de verdad, una presencia que los sostenía, un abrazo donde podían descansar.

Si pudiera dejarte un solo recordatorio después de leer estas líneas sería este: antes de escuchar el ruido del mundo, escucha el susurro de tu corazón. Allí vive una sabiduría antigua, silenciosa y profundamente amorosa que no necesita demostrarse porque siempre ha estado en ti.

Quizás el mayor regalo de la maternidad no sea aprender a ser madre, sino recordar que, desde el primer latido de la vida, ya habitaba en nosotros la capacidad de amar, cuidar y sostener.

Porque el amor más profundo no se estudia,

Se habita, y se recuerda.

Camila Soriano Rodríguez Acompañante de procesos de regreso al corazón.
Crea espacios donde sentir es seguro, inspirados en la infancia, la maternidad y la ternura como camino de transformación.
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